Arate cavate #1

Pato tiene 18 meses, Blau tiene casi tres. Los dos están dormidos en la cama de matrimonio separados por un elefante de peluche. Yo, sentado en la mecedora del dormitorio (lo compramos como «sillón  de lactancia», pero ha acabado siendo un sitio donde poner la ropa), los miro. Los miro, busco un escondite para los nachos y las patatas fritas (para que Pato no se emperre en que eso es lo que quiere desayunar) y, mientras los miro, pienso en qué será de sus vidas. También pienso en esta frase, claro. Pero, sobre todo, en ellos, en su vidas.

Es como estar a dos segundos del caos. En cualquier momento, Pato puede abrir los ojos; Blau, ponerse a llorar o el vecino, el hijo de puta del vecino porque no tiene otro nombre, podría subir la persiana de su habitación (que en este edificio van con maniqueta y lían una escandalera que ni en la noche de St. Joan). De repente, el perro del solar de enfrente podría decidir que esa sombra que lleva viendo desde las cinco y media de la mañana es una amenaza inaplazable o, en pleno brote psicótico, algún coche podría creerse que está compitiendo en las 24 de Le Mans.

Y bastaría con eso para que este silencio lleno de «aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de rumbos marinos, de lugares vividos y soñados»: de lo que pueden ser y no ser sus vidas se haga astillas; en sólo dos segundos. Caben tantas cosas en solo dos segundos.


«Como en los sueños, las cosas me resultaban parecidas pero diferentes. Eran pero no eran» [‘La uruguaya’, Pedro Mairal]


Ni Pato, ni Blau, ni el perro, ni el vecino. La he liado yo tropezando con la pata de la cama y formando la de Dios es Cristo. Buenos días, muchas gracias.


Ayer quité todas las aplicaciones de redes sociales del móvil. La idea es «hacer hueco mental», aprovechar estos meses de parón para desconectar. En un primer momento he escrito «reconectar conmigo mismo» en la frase anterior, pero casi me ahogo con todo el humo que llevaba. Qué mal rato.

El  caso es que, sin Twitter ni el resto de malas hierbas de su mismo familia,  espero tener menos ruido en la cabeza y, como bonus track, la verdad es que no creo que me cueste demasiado. El año pasado ya me desconecté unas semanas y ni tan mal. Como tantas cosas en la vida, es cuestión de fibra moral, de fortaleza personal, de decir «hasta aquí hemos llegado».


Son las 11:22 de la mañana y ya he intentado entrar en Twitter catorce veces.


«Quedé atrapado en ese diálogo que, como suele pasar en las conversaciones casuales entre desconocidos, se volvió inmediatamente trascendental» [‘La uruguaya’, Pedro Mairal]


Quince.


«Ustedes tienen una postura con respecto a los milagros, que… bueno… Porque milagros hay. En mi iglesia mucha gente se ha curado con la oración. He visto a gente curarse del pie plano con oración. Mi nieto mismo se curó del pie plano con oración. Y a una mujer se le emparejaron las piernas, tenía una más corta» [‘La uruguaya’, Pedro Mairal]


El karma es llevar semanas esperando a que dimita el Alcalde de Granada, haber pensado decenas de chistes sobre el tema (por ej. «el único hombre capaz de poner a toda la ciudad mirando a Cuenca») y que el tipo se vaya justo el día en que te vas de redes sociales.


«Me fascinó el diálogo, la idea de una mujer a la que se le emparejan las piernas. Quizás se le emparejan al revés, la pierna larga se le retracta y se empareja con la más corta, queda más petisa y se va a quejar al pastor porque perdió casi diez centímetros de altura y no está  conforme con el milagro, va con la madre a quejarse, mi nena era alta, renga sí,  pero alta, y ahora quedó  retacona y el caso termina en un tribunal brasilero de la Iglesia Universal del Reino de Dios» [‘La uruguaya’, Pedro Mairal]


Creo que fue por John Tones y hace cuatro o cinco años, pero no estoy seguro ni de una cosa ni de la otra. El caso es que me enteré de que Warren Ellis arrancaba cada día con un par de reflexiones extemporáneas. Se llamaba «Morning, Computer» si mal no recuerdo.

En cierta forma, esta es la filosofía que subyace a todo esto: movidas extemporáneas para calentar los dedos antes de encarrilar el día (y corregidas por la noche, antes de cerrar). No prometo nada porque no esta la vida para prometer cosas, pero también porque tampoco me creeríais.


«¿Es uno el que está atento sólo a las cosas que le competen y entonces recorta del infinito caos cotidiano justo lo que lo interpela?» [‘La uruguaya’, Pedro Mairal]


Por cierto, he escondido las patatas fritas y los nachos en la secadora. No se lo digáis a Pato.

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