Así son las cosas. Ya no podréis decir que nadie os ha avisado. Un día amaneces y la alhacena de la cocina se ha llenado de cereales, bollos y patatas fritas. Otro en cambio, estás contando calorías con la precisión de un detector de ondas gravitacionales. En un momento colgarías a noséquién en la verga mayor del mástil de mesana y, al siguiente, estás mirando en wikipedia qué es eso de vergas y mesanas porque, reconozcámoslo, no eres ni Melville, ni Jack London. Tampoco, gracias a Dios, eres Pérez Reverte.

Así, y oculto en el ir y venir de las cosas, me he dado cuenta de que un día dejé de opinar. Y de discutir, que es peor. Sobre todo, porque os juro por lo más sagrado que me encanta discutir. Me chifla, me vuelve loco.

Sin embargo, aquí me tenéis: callado. Como encerrado en los cuarteles de invierno, como en un Cartuja (de esas que tienen jamón serrano en el frigo), como si fuera siempre el día de los difuntos.

Ahora caigo en la cuenta por que Iria lo ha dicho en voz alta, pero no es algo nuevo. Llevo tiempo dándole vueltas sin apenas saberlo y he llegado a la conclusión de no sé por qué estoy callado. Lo que sí sé es que no me gusta.  Arrugo la nariz. Ay.  Tampoco me gusta arrugar la nariz.