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En busca de la felicidad

burroHace algunos años trabajé como orientador universitario. Básicamente, trataba de ayudar a jóvenes bachilleres sobre todo el mundillo de la universidad. Había un grupo bastante numeroso al que yo llamaba los burros. No por su nivel intelectual, no piensen mal, sino por aquello del asno de Buridán. Eran chavales que pudiendo escoger casi cualquier cosa lo pasaban realmente mal porque no sabían qué.

¿Puede la abundancia hacernos menos felices? ¿Cuántas más opciones tienes eres más infeliz? Chris Dillow publica hoy un post muy bueno sobre el tema. Yo por mi parte estoy por pensar que es bien posible que en un contexto de abundancia, la felicidad dependa de un estilo ético-estético personal sólido; o lo que es lo mismo una personalidadbien construida (aquella personalidad como obra de arte de la que hablábamos).

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Breve nota matutina sobre las cosas de la personalidad

Anoche hablábamos del reto que suponen los trastornos de la personalidad (trastornos psicológicos propios de la descomposición) para la teoría y la práctica psicoterapéuticas. No sólo es que los tratamientos actuales tengan nula o poca eficacia, es que son cosas nuevas que nos están pillando con el paso cambiado.

Pongamos el ejemplo que ponía anoche, pensad en los criterios diagnósticos del trastorno límite de la personalidad:  inestabilidad afectiva, ira inapropiada e incontrolada, sentimientos crónicos de vacío e inutilidad, tendencia a la automutilación y al suicidio, patrón de relaciones interpersonales inestables, impulsividad en ámbitos potencialmente dañinos y autodestructivos, alteración de la identidad, paranoia, etc… Y ahora pensad que tampoco se puede abordar con medicación.

Este es uno de esos grandes frentes de batalla ante una descomposición que amenaza con llevarnos por delante, no sólo económicamente, sino literalmente psicológica y físicamente.

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Ciencia de la Conducta

«Comunidad, personalidad y patología»: La crítica socio-histórica

Este post forma parte de una serie de entradas en torno a los Trastornos de Personalidad.

Para Juan Bautista Fuentes Ortega y Ernesto Quiroga, como decíamos, la cosa no está tan clara. Ellos sostienen que el concepto de ‘trastorno de personalidad’ forma parte de la idea más general de ‘campo antropológico’; los TTPP son, por así decirlo, ‘formas de vida social’ o como ellos dicen ‘conductas constitutivamente culturales o sociohistóricas que se caracterizarían por la desfiguración de la figura ético-moral de la persona‘.

Pero vayamos por partes.

1. ¿Qué es la personalidad?

Una de las cuestiones que más han preocupado a Fuentes Ortega durante mucho tiempo es cómo se produjo el paso de la zoología a la antropología; es decir, cómo se originó el hombre y cómo ‘evolucionó‘ hasta las sociedades actuales.

La idea general (y perdonen el trazo grueso) es que el salto de las sociedades prehistóricas a las históricas (o lo que es los mismo, la aparición de sociedades históricas producto de la confluencia en los mismos territorios de sociedades neolíticas – prehistóricas – previamente aisladas entre sí) conllevó un nuevo tipo de relaciones. La diversidad social y normativa tuvo un efecto corrosivo sobre las anteriores relaciones de ‘apoyo mutuo solidario’ obligando (en cuanto que el retorno a la ‘arcadia feliz’ es imposible) a la re-ordenación de éstas a través del nacimiento de las nuevas relaciones ético-políticas de la ‘ciudad’. Estas nuevas relaciones tienen como objetivo estabilizar las tensiones entre las partes sociales a través de una progresiva ‘igualación’ (Fuentes Ortega habla de ‘equivalencia’ en cuanto que las relaciones son simétricas, transitivas y reflexivas) de los individuos que forman las partes.

Claro que del dicho al hecho hay un trecho. La característica fundamental de las sociedades históricas es que están en continuo proceso de ‘estabilización’. Y es justo aquí donde nace la persona (sujeto de la personalidad) como ‘resultado-en-progreso de la resolución por un individuo en particular de los conflictos que se dan en la sociedad histórica’. En este sentido, y dado que como hemos dicho existen en las sociedades históricas numerosas formas de vida moral (más de las que detectara Maquiavelo en El Príncipe, de hecho), la identidad personal o personalidad sería la apropiación personal (ética) de dichas formas morales; o lo que es lo mismo, la opción por unas a costa de otras.

2. Los trastornos como disfunción apreciativa

Fuentes y Quiroga hablan constantemente de ‘valores objetivos’. Para ellos un ‘valor objetivo’, en su original lectura de Scheler, Spranger y Simmell, es un ‘sentimiento o afecto que se percibe de forma personal y dinámica en la realidad’, por un lado, y que se materializa en los ‘bienes’ que son valiosos en virtud de esa materialización, por otro. Estos valores están mutuamente engarzados entre sí y por lo tanto una vida valiosa conlleva ‘un entretejido dialéctico complejo de construcción y disfrute de bienes’ (por poner un ejemplo aunque sea algo burdo, para comer es necesario dormir y viceversa: son bienes u operaciones mutuamente engarzadas y se requieren las dos para una vida valiosa; o, ya puestos, una vida a secas).

La hipótesis de Fuentes y Quiroga es que los trastornos de personalidad ‘consisten, al menos en parte, en una disfunción apreciativa’. He de apuntar que como su trabajo está aún inconcluso no queda claro cómo es esa ‘disfunción’ pero parece que tiene algo que ver con las relaciones afectivas que se hayan tenido durante la infancia.

3. La fuerza semántica de los ejes de Millon

Para Fuentes y Ortega la originalidad y potencia del análisis psicológico de Millon es obvia, donde falla es en su meta-psicología, en cómo entiende los TTPP.

Por ello, tras reconocer la fuerza semántica de los ejes millonianos los reconceptualizan a la luz de su ‘teoría de la personalidad’:

  • El eje actividad-pasividad tendría que ver «con la «enajenación» o «alienación» de los bienes, o, lo que es lo mismo, la vulneración de los derechos morales, o con la privación ilegítima de determinados valores en una relación social». (‘Activación’ con vulneración o privación de los derechos de los otros; y ‘pasividad’ con dificultades para la defensa de los propios derechos frente a otros)
  • El eje placer-dolor tendría que ver «con la búsqueda de «valores objetivos» y la evitación de su pérdida».
  • El eje sí mismo-otros tendría que ver «con la tendencia predominante hacia la toma de decisiones éticas por uno mismo o a dejarse llevar por las decisiones que toman los demás.

4. La disolución de la psicología

En la contraportada de un libro de James Hillman, creo que era Re-imaginar la psicología, se decía que «quizás la rama más interesante del psicoanálisis es la que anuncia su disolución». Algo similar, salvando las distancias, le pasa a las propuestas de Fuentes y Quiroga: que anuncian la disolución de la psicología.

Para ellos la figura específica de la psicología es el ‘conflicto de normas personalmente irresuelto’. Me explico: cuando una persona se encuentra ante un problema ético-moral que no puede resolver se origina un problema psicológico que conlleva el oscurecimiento del problema original (que se convierta en un trastorno depende de la ‘flexibilidad adaptativa’, la ‘tendencia a producir círculos viciosos’ y ‘la estabilidad ante las dificultades’ como ya hablamos).

Entonces, como consecuencia lógica, si nos quedamos sólo en digamos una ‘terapia psicológica’ estaremos sustituyendo un problema psicológico por otro menos grave, esperando a que sea el cliente el que vea la luz bajo el Árbol de Bodhi y resuelva el problema ético-moral él solito. Por eso, lo que plantean Fuentes y Quiroga es que la relación terapéutica debe ser de un nuevo tipo; esto es, ético-moral.

En el próximo capítulo…

Acabo aquí la exposición resumida de la crítica socio-histórica de los trastornos de personalidad.  En las próximas entradas vamos a proponer una re-elaboración de las crítica socio-histórica para extraer todo lo que podamos de ella desde las nuevas categorías que nos ha traído el siglo XXI.

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«Comunidad, personalidad y patología»: Los trastornos de personalidad en Millon

Este post forma parte de una serie de entradas que trata en torno a los Trastornos de Personalidad.
2. Los trastornos de personalidad en Millon
En 1954, Theodore Millon fue contratado como profesor de psicología social y psicólogo clínico en el Hospital psiquiátrico de Allentown de Pennsylvania (EEUU). Ese mismo año hubo elecciones estatales.
Las elecciones estatales en Pennsylvania habían sido un pequeño infierno para los demócratas, que no conseguían ganar desde 1934 (aunque, si quitamos el único mandato de George Howard Earle III, no ganaban desde 1895). Quizá buscando cierto efecto «de profecía autocumplida» escogieron como candidato a George M. Leader, un joven ambicioso que recién había perdido las elecciones a lo que aquí llamaríamos ‘Consejero de Economía y Hacienda’. Ya saben que en Estados Unidos tienen la estrambótica costumbre de votar cualquier cosa.
En una intervención pública, Leader criticó el fracaso de las sucesivas administraciones republicanas en afrontar la salud mental. Millon pensó que Leader se quedaba corto y le mandó una carta de cinco folios describiendo las malas condiciones de Allentown e invitándolo a visitarlo él mismo. Para su sorpresa, Leader fue al hospital con una legión de periodistas, sacó a la luz el desbarajuste de los hospitales psiquiátricos estatales y unos meses después, en parte montado en la ola de indignación de aquella historia, se proclamó Gobernador de la Commonwealth de Pennsylvania.
Como consecuencia, Millon fue nombrado miembro de la Junta de Gobierno de Allentown y, de rebote, al ser el único profesional sanitario miembro de la Junta fue designado, con 26 años, director del Hospital.
Aquella era una tarea gigantesca: Allentown había sido valorado el 22º de los 22 psiquiátricos de Pennsylvania; y Pennsylvania el antepenúltimo estado sólo por delante de Mississippi en cuanto a la calidad de sus sistema de salud mental. Y reconozcámoslo ya, estar mejor que Mississippi no nos reconfortaría a ninguno de nosotros.
Era común que Millon, durante los 10 años que pasó dirigiendo el hospital, pasara fines de semana enteros disfrazado de paciente examinando cada detalle de la vida del centro. Aquellas experiencias le hicieron darse cuenta del K.O. técnico en que estaba la psicopatología clásica.
La idea ya estaba clara en su mente, no necesitaban reordenar las categorías psiquiátricas tradicionales como algunos había ya hecho; se trataba de diseñar un esquema de clasificación nueva.
a. Los dos modelos de Millon

La primera respuesta psicológica efectiva a este reto la dio en su Modern Psychopathology: A Biosocial Approach to Maladaptive Learning and Functioning (1969).

Según Millon, la personalidad es el conjunto de estrategias consistentes y distintivas que caracterizan las percepciones y el modus operandi frente al entorno para cada persona. En este sentido, las psicopatologías no son ‘enfermedades mentales’, sino que se consideran en términos de la capacidad total del paciente para hacer frente al stress ambiental.

Los patrones de personalidad (sobre los que se pueden caracterizar dichas psicopatías) tienen su base en la manera con la que el paciente se inter-relaciona con otras personas. Esto es es interesante, porque aunque los individuos con ‘trastorno de personalidad’ no suelen necesitar un internamiento psiquiátrico, presentan una serie de insatisfacciones crecientes en su actividad cotidiana; o en otras palabras, su psicopatología es una falla en su capacidad para hacer frente a su entorno social.

Es importante notar que la diferencia entre normalidad y anormalidad no es en ningún momento cualitativa, sino tan sólo una cuestión de grado. Millon propone tres criterios de esta escala de grado: la flexibilidad adaptativa (un patrón de personalidad es patológico cuando se reacciona ante el entorno de forma poco flexible o defectuosa), la tendencia a producir círculos viciosos (un patrón de personalidad es patológico cuando existen experiencias recurrentes que conducen a percepciones, necesidades y comportamientos que perpetúan e intensifican las dificultades del individuo) y la estabilidad ante dificultades (la personalidad patológica se caracteriza por su fragilidad o falta de resistencia ante condiciones estresantes o conflictivas).

La propuesta inicial de Millon usaba cuatro atributos (que son extraídos de las principales corrientes psicológicas de los años 60):

  1. la conducta observable – expresión efectiva y conductas interpersonales -;
  2. los informes fenomenológicos – autoimagen y actitud interpersonal -;
  3. los procesos intrapsíquicos – mecanismos de defensa -;
  4. y los factores biofísicos – actividad/temperamento -.

Junto a estos atributos, y para elaborar una clasificación teórica que fuera más allá de la mera taxonomía clínica, Millon propuso organizar los trastornos en torno a tres ejes relacionados con la historia de aprendizaje y de refuerzo: el primer eje se articulaba sobre el par placer-dolor; el segundo, sobre el par actividad-pasividad; y el tercero, sobre el par uno mismo-otros. Del cruce de estos ejes surgen los patrones trastornados de afrontamiento interpersonal (esquizoide, evitativo, dependiente, etc…). Según la propuesta milloniana lo que caracterizaría a la personalidad trastornada es el desequilibrio de estos ejes; en este sentido, y al sostener que existía cierta continuidad entre la normalidad y la anormalidad, se habría la puerta a que en situaciones concretas de elevado estrés surgieran conductas inusuales (por ‘patológicas’) dentro del mismo patrón de personalidad de la persona.

El éxito de la tipología de Millon fue tremendo hasta el punto de que se consagró institucionalmente con los cambios del DSM-III que introdujo una nueva estructura multiaxial que insistía en que los trastornos del Eje I (los trastornos psiquiátricos tradicionales) tienen un significado psicológico muy distinto según el contexto de la personalidad trastornada (los trastornos del Eje II) en que se den.

En medio de este éxito profesional, Millon se descubrió como heredero involuntario de Freud en muchos aspectos (Quiroga, 2000); y no sólo eso, se reconoció como culminador del proyecto freudiano de «Ciencia Clínica Completa» que éste no había sido capaz de desarrollar. Este auto-descubrimiento se encuentra en la base del nuevo modelo de trastornos de personalidad: el evolutivo.

Lo curioso es que el nuevo modelo no aportó ninguna novedad psicopatológica relevante. No se suprimió ninguna de las ideas de la propuesta del 69; de hecho, se mantuvieron todos los patrones interpersonales y su sistema de clasificación. El único cambio sustancial es el paso de cuatro atributos a ocho (denominados ahora “ámbitos funcionales y estructurales del sistema de personalidad”): los funcionales fueron el comportamiento expresivo, el interpersonal, el estilo cognitivo y los mecanismos de defensa. Los estructurales, en cambio: las relaciones objetales, la autoimagen, la organización morfológica y el estado ánimo/temperamento.

Las principales novedades son el estilo cognitivo (proveniente de la Psicología Cognitiva) y las relaciones objetales y la organización morfológica (extraídas de las corrientes neopsicodinámicas)

b. Los TTPP en el conjunto del saber: una metapsicología.

Pero lo más interesante del modelo Evolutivo para nosotros es su metapsicología.

Desarrollar una teoría metapsicológica (esto es, una teoría que conecta la conducta humana con otras campos definidos científicamente y, a la postre, con el resto del Universo) es uno de los elementos de la «ciencia clínica completa» de Freud; de hecho, el término lo acuñó él mismo en 1896 (Roudinesco, 2008).

La metapsicología milloniana intenta coordinar la Psicología con otras ciencias como la Dinámica de Sistemas, la Física, la Biología Evolucionista, la Sociobiología o la Ciencia Cognitiva. Su núcleo está en la idea de que los seres vivos son “sistemas capaces de mantener estable su energía interna a pesar de la tendencia entrópica que caracteriza a todo sistema físico”.

La conducta, en esta lógica, sería un logro evolutivo ‘antientrópico’ destinado a conservar la energía en relación al medio. Y la conducta humana, una evolución del comportamiento animal (con lo que la relación es cuantitativa) que cristaliza en un sistema de atributos estructurales y funcionales en adaptación con el medio ecológico. No obstante, los trastornos de personalidad no son exclusivos del ser humano

Los ejes psicológicos se mantienen pero se reconceptualizan en un sentido evolucionista-‘biosocial’: el par placer-dolor se re-convierte en el par potenciación-preservación de la vida; el par actividad-pasividad pasa a ser acomodación-asimilación; y el par uno mismo-otros, en estrategias de replicación y mayor o menor compromiso con ella.

Quiroga y Fuentes (2005) hace una lectura muy original de esta metapsicología definiéndola como re-actualización de la metapsicología freudiana. Y no sólo eso, sino que apuntan que el resultado último de ambas teorías el ocultamiento (ya sea biologicista o evolucionista) de las verdaderas causas de éstos trastornos: el carácter conflictivo de la realidad socio-cultural. Pero esto lo veremos en la próxima entrega de la serie.