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Ropa Vieja (Febrero de 2013)

Volvemos con ‘Ropa Vieja’, el Reader’s Digest mensual de lo que no pudimos, quisimos o nos atrevimos a contar (¡qué me gusta un eslogan!). Febrero es el mes más corto, pero con el esfuerzo que he ido haciendo para publicar más regularmente, seguro que no se os habrá hecho corto. Presiento que aparecer tan a menudo (32 entradas a lo largo del mes) habré resultado algo pesado. Pero bueno, acabamos el mes y les dejo con su ropa vieja.

 

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Todo por la pasta

No he podido resistirme a hincarle el diente a Conversaciones con David Foster Wallace (el primer libro de la muy prometedora ‘Pálido Fuego‘) y la verdad es que no decepciona. Tengo ganas de hablar con más detalle de DFW (1962-2008); sobre todo, porque es uno de los autores más interesantes (y fuertes) que tenemos y hoy por hoy corre riesgo de que la recepción hispana se la apropie un grupo de ‘moernos’. Pero eso será otro día.

Hoy, día de todos los santos, traigo solo una cita y un comentario:

Y una de las consecuencias es que si el artista depende en exceso de ese mero gustar, de tal modo que su verdadero objetivo no resida en la obra sino en la buena opinión de un público determinado, va a desarrollar una hostilidad terrible hacia ese público, sencillamente por haber renunciado a todo su poder en favor de ellos. Se trata del consabido síndrome de amor-odio de la seducción: «en realidad no me importa lo que digo, únicamente me interesa gustarte. Pero dado que tu opinión positiva es el único árbitro de mi éxito y mi valía, tienes un poder tremendo sobre mí, y te temo y te odio por ello». Esta dinámica no es exclusiva del arte. Sin embargo, muy a menudo pienso que puedo apreciarlo en mí mismo y en otros escritores jóvenes, ese deseo desesperado de agradar junto una especie de hostilidad hacia el lector.

Cuando leí ese párrafo pensé ‘¡qué cabrón!’ y sonreí, pero un rato después me volvió esta frase: Esta dinámica no es exclusiva del arte. En un primer momento pensé en la política, con esas tristes y grises élites y su patológica ambivalencia con respecto al ‘pueblo’ y al ciudadano.

Pero casi en seguida me doy cuenta de que la misma dinámica afecta también a las empresas. Cuando olvidamos que una empresa es mucho más que una cuenta de resultados, que debe tener un ‘proyecto moral’ que la anime, que el lema yuppie de «en realidad no me importa lo que hago, sólo quiero que lo compres» es parte del problema más que la solución; entonces, empezamos a odiar al cliente y es el principio del fin.

No es «todo por la pasta», sino «todo por el mundo que tratamos de construir».