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La última en nuestra casa

whiskeyNos ha caído un proyecto en las manos y la verdad es que parece una aventura muy divertida. Ya saben que en el último lustro los productos alimenticios artesanos se han puesto de moda, hay ejemplos a miles (incluso, tenemos ejemplos indianos). Pues bien, siéntense un segundo: ¡Vamos a montar una micro-destilería! Bueno, a ‘ayudar a montar’ con un equipo experimentado y entusiasmado con el proyecto.

Como siempre, «ya daré más detalles». La idea original era hacer whisky, pero el proceso de elaboración es sensiblemente más largo y más caro. Por eso, el equipo destilero ha decidido empezar con la ginebra (y, a medio plazo, el vodka y el kirsch). Slàinte!

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Así son las cosas…

Comentaba David en el post del viernes algo con lo que pienso hacer imanes de nevera y repartírselos a todos nuestros clientes: «Las empresas que no forman parte del proyecto vital de los que las componen, son empresas que están «descuidadas»«. Ese es el mundo que portamos, nuestro proyecto social, nuestra visión de las cosas. Y esto es parte de él.

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Así son las cosas…

Comentaba David en el post del viernes algo con lo que pienso hacer imanes de nevera y repartírselos a todos nuestros clientes: «Las empresas que no forman parte del proyecto vital de los que las componen, son empresas que están «descuidadas»«. Ese es el mundo que portamos, nuestro proyecto social, nuestra visión de las cosas. Y esto es parte de él.

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Recursos humanos, nuevos enfoques y «staff curation»

Tengo pendiente una entrada para explicar cómo conceptos que vengo usando, como ‘valores’ o ‘compromiso’, lejos de lo que pudiera parecer, entroncan directamente con la tradición de la psicología científica. Pero lo dejaremos para otro día.

Hoy, coincidiendo con nuevos servicios de reclutamiento que voy conociendo, quería poner un poco en orden mis ideas sobre los cambios que se están dado en el estudio de la relación entre las personas y sus entornos de trabajo.

Una perspectiva de los recursos humanos

La Psicología Industrial y de las Organizaciones nació bajo el impulso del fordismo para extraer toda la fuerza productiva de los trabajadores. Desde la perspectiva del «gran capitalista del XIX», un trabajador no era algo cualitativamente distinto a una máquina y, en consonancia, los primeros psicólogos del trabajo tenían por encargo poner a funcionar a los operarios a pleno rendimiento.

Pronto se dieron cuenta de que en todo caso, los seres humanos somos un tipo de máquina muy especial y requería unos cuidados especiales. La psicología industrial, nacida para explotar más eficientemente a los trabajadores, se dio cuenta de que explotándolos estaba de hecho infrautilizándolos.

Las cosas han cambiado mucho desde entonces aunque no todo lo que debería.

Los gestores actuales están tan cómodos siendo tan sólo responsables ante las cuentas de resultados que están perdiendo la histórica oportunidad de implantar políticas identitarias en el seno de sus corporaciones. Porque esto último conllevaría ser responsables de su gente.

No me entiendan mal, el lenguaje ha cambiado, es cierto. A la actividad de seleccionar, contratar, formar, emplear y retener a los colaboradores de la organización la llamamos recursos humanos pero la práctica habitual sigue siendo indistinguible de el encargado que se acerca cada mañana a recoger jornaleros en muchas partes del mundo. Miren infojobs o cualquier plataforma al uso.

Pero necesitamos otra cosa.

Mi forma de enfocar el problema es algo distinto. En Storge no tenemos ‘consultores de recursos humanos’, tenemos ‘staff curators’ (perdonen el palabro). Alguno pensará «ya estamos con las modernuras…»

¿Somos unos modernikis?

Aunque me hace mucha gracia la palabra, creo que no. Es cierto que reivindicar el oficio del comisariado artístico se ha puesto de moda con ocupaciones como content curator o biocurator. Pero en nuestro caso, tenemos motivos teóricos y prácticos propios para usar esta palabra.

Hay un trabajo de Marino Pérez y García Montes (Personality as work of art, 2004) que defiende que la personalidad es «una obra de arte»; esto es, un estilo ético y estético que cada persona da a su vida de acuerdo con sus circunstancias y sus valores sociales. Ese estilo ético y estético es un proyecto de vida en el que cada persona va progresivamente construyendo su propia personalidad, pero de manera que el aspecto ético (lo que la persona es o siente que es) se retroalimenta con el estético (los modos de presentarse frente al resto de personas).

Ninguno de esos autores es un autor pajaru, por usar el término indiano, Marino Pérez, por ejemplo, catedrático de la Universidad de Oviedo, abrió hace unas semanas el Congreso de la Sociedad para el Avance del Estudio Científico del Comportamiento en Sevilla.

Pues bien, pensar la personalidad como una obra de arte nos ayuda a comprender el equipo de trabajo no como una-máquina-en-la-que-cada-trabajador-es-una-pieza sino como algo más orgánico.

Nuevos enfoques

Los nuevos recursos humanos requieren entender la empresa, interpretarla; conocer a los trabajadores, cuidarlos, ayudarlos a crecer: tanto a los que se están buscando, como a los que están dentro; darles la formación necesaria para que hagan su trabajo, pero también para que lo entiendan, para que lo aprecien.

El enfoque que (medio en serio, medio en broma) llamo ‘staff curation’ requiere desde luego desbrozar el campo con todas las herramientas de la psicometría, la psicología del trabajo y la asesoría vocacional; y los datos que nos dan. Pero también hay que atender a las narrativas de la empresa, a su misión, a visión, a su propia way of life y sus dinámicas internas.

No hay modelos de prêt-a-porter, ni salsas de espaghetti: como nos lleva diciendo la psicología experimental desde hace 60 años, que cada persona y cada organización son una historia que escuchar. Y escuchar de verdad no se puede hacer de contextos de Business School o equivalentes, sino desde un contexto propio que siempre está por construir.

Bola extra

Hoy David marcaba este vídeo y, en general, explica muy bien parte de este cambio de enfoque.

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p2p Sin categoría Storge

Todo por la pasta

No he podido resistirme a hincarle el diente a Conversaciones con David Foster Wallace (el primer libro de la muy prometedora ‘Pálido Fuego‘) y la verdad es que no decepciona. Tengo ganas de hablar con más detalle de DFW (1962-2008); sobre todo, porque es uno de los autores más interesantes (y fuertes) que tenemos y hoy por hoy corre riesgo de que la recepción hispana se la apropie un grupo de ‘moernos’. Pero eso será otro día.

Hoy, día de todos los santos, traigo solo una cita y un comentario:

Y una de las consecuencias es que si el artista depende en exceso de ese mero gustar, de tal modo que su verdadero objetivo no resida en la obra sino en la buena opinión de un público determinado, va a desarrollar una hostilidad terrible hacia ese público, sencillamente por haber renunciado a todo su poder en favor de ellos. Se trata del consabido síndrome de amor-odio de la seducción: «en realidad no me importa lo que digo, únicamente me interesa gustarte. Pero dado que tu opinión positiva es el único árbitro de mi éxito y mi valía, tienes un poder tremendo sobre mí, y te temo y te odio por ello». Esta dinámica no es exclusiva del arte. Sin embargo, muy a menudo pienso que puedo apreciarlo en mí mismo y en otros escritores jóvenes, ese deseo desesperado de agradar junto una especie de hostilidad hacia el lector.

Cuando leí ese párrafo pensé ‘¡qué cabrón!’ y sonreí, pero un rato después me volvió esta frase: Esta dinámica no es exclusiva del arte. En un primer momento pensé en la política, con esas tristes y grises élites y su patológica ambivalencia con respecto al ‘pueblo’ y al ciudadano.

Pero casi en seguida me doy cuenta de que la misma dinámica afecta también a las empresas. Cuando olvidamos que una empresa es mucho más que una cuenta de resultados, que debe tener un ‘proyecto moral’ que la anime, que el lema yuppie de «en realidad no me importa lo que hago, sólo quiero que lo compres» es parte del problema más que la solución; entonces, empezamos a odiar al cliente y es el principio del fin.

No es «todo por la pasta», sino «todo por el mundo que tratamos de construir».