«How I, then a young girl, came to think of,
and to dilate upon, so very hideous an idea?»
– Mary Shelley

«Nací en Ginebra. Mi familia es una de las más ricas de la ciudad». Hace justo 200 años, el 1 de enero de 1818, la pequeña Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones llevó a imprenta una gran historia de amor.

1. Un año sin verano

Una todavía niña de 18 años, Mary Shelley, y su amante (y luego marido) Percy Shelley visitaron a Lord Byron en su villa del Lago Lemán en Suiza. Como era un verano de mentira, meramente terminológico, la meteorología no ayudaba en absoluto y el grupo de invitados se veía obligado matar el tiempo en actividades de interior. Una noche, sentados frente al fuego, comenzaron a leer viejas historias alemanas de fantasmas. Al final de la noche, Byron cerró el libro y propuso que “cada uno escribiera una historia de fantasmas”.

Putas ocurrencias. Mary intentó escribir su historia, de verdad que lo intentó pero cuanto más lo intentaba, menos capaz era de conseguirlo. En su diario escribió «’¿Has pensando en una historia?’ Me preguntaban cada mañana y cada mañana me veía forzada a responder la misma mortificante negativa». Llegó a estar tan angustiada que pensó varias veces en volver a casa y si no lo hizo fue con la esperanza de que, poco a poco, la idea de Byron se fuera diluyendo, de que apareciera otro pasatiempo.

Otra noche, comenzaron a hablar del origen de la vida. “Quizás pueda reanimarse un cuerpo” comentó Mary, “el galvanismo había dado muestras de este tipo de cosas”. Mary había tenido una infacia extraña, rodeada de grandes poetas, científicos y pensadores. No era una idea absurda. En absoluto. Tanto que aquella noche, no pudo dormir.

Daba vueltas en la cama cuando, de repente, le sobrevino una visión, algo que poseyó su imaginación y la sumió en un estado a mitad de la vigilia y el sueño. Lo que hoy llamaríamos una alucinación hipnagógica, pero entonces todavía era indistinguible a la magia.

«Vi al pálido estudiante de artes impías arrodillado junto a la cosa que había reunido. Vi el horrible fantasma del hombre extendido y, luego, sobre el funcionamiento de un poderoso ingenio, mostrando signos de vida y agitándose con un movimiento incómodo»

En ese mismo momento, en plena alucinación, comenzó a escribir una historia, la historia que luego diría que supuso ‘el primer paso de la infancia a la madurez’, la historia que hoy conocemos como Frankenstein.

2. La señal de una añoranza

Si hiciéramos una lista de las obras literarias peor entendidas del mundo, habría muchas otras, pero sin lugar a dudas estaría Frankenstein. Porque, en realidad, no es una historia de miedo, no es una historia de ciencia ficción, no es fantasía.  Frankenstein es esencialmente una reflexión sobre el amor.

Nuestra tradición filosófica, desde Platón, habla de la fuerza de la mirada amorosa (erotikón ómma) porque «hace a los hombres perspicaces» y solo a través de ella (sólo en la intimidad) se puede conocer cómo es realmente una persona y cómo es uno mismo. «El amante se ve a sí mismo en el enamorado como si se reflejase en un espejo», dice Sócrates en Fedro.

Aristófanes, en El Banquete, explicaba que el amor era «la señal de una añoranza». Según ese pasaje, hace muchos años los hombres eran completamente redondos, como pelotas, y se movían girando. Se creían tan poderosos que intentaron escalar al cielo y atacar a los dioses. Y Zeus como castigo por su insolencia, decidió partir a cada uno en dos partes. Desde entonces, hemos añorado nuestra mitad original y buscado el complemento que nos faltaba.

Esta es una idea potentísima y, posiblemente, El Banquete ha sido uno de los libros que más han contribuido a educar la sensibilidad de occidente a lo largo de los siglos. Sustituyendo las dos mitades de Aristófanes por Dios, el cristianismo recoge la idea y nos dice que «sólo a través del amor a Dios podemos conocernos a nosotros mismos». Y se puede ver, por ejemplo, en la obra de Nietzsche, «que amar al hombre sin ninguna oculta intención santificadora es una estupidez y una brutalidad más».

Y aunque la idea se encuentra en los cimientos de nuestra cultura, ha tendido a olvidarse en los últimos años. Muchas veces, rechazar el cristianismo ha sido como ir a cambiar el agua de la bañera y tirar al niño con ella. En lugar de recuperar la mirada amorosa que palpitaba bajo la teología y pegarla al aquí y al ahora: simplemente la desechamos.

Nos abonamos a una lectura naïve de aquello que decía Spinoza, que «el deseo es la verdadera naturaleza del hombre»; sin darnos cuenta de que sin la mirada amorosa (que el mismo Spinoza experimentó mientras miraba a Clara María, primero, de van den Ende, y luego, de Kerckrinck) la verdadera naturaleza del hombre es un misterio dentro de un enigma dentro de un sudoku.

Es más, y aquí está lo realmente, lo que hace que la creación del doctor Frankenstein sea un monstruo no es que esté hecho de trozos y remiendos, ni que su corazón lata por una suerte de azar, galvanismo e ingenuidad científica; lo que lo hace un monstruo es precisamente que no haya nadie que quiera verse a sí mismo en su mirada.

No es una metáfora. Ni mía, ni de Shelley. Era una preocupación. Su marido, Percy, el que, según contaba ella en sus diarios, la animó a pasar del relato al libro y con el que tanto tiempo discutió los detalles de la obra, fue sin ir más lejos el traductor de El Banquete de Platón. Las mimbres estaban ahí porque, como diría Bloom, la literatura es un puro ejercicio de ansiedad donde no caben las casualidades.

Los Shelley temían que ese mundo que empezaba a cambiar acabara convirtiendo al amor en algo con «la única función de […] hacernos soportables las tardes del domingo, crueles e inconmensurables, que nos dejan heridas que nos duelen durante el resto de la semana -e incluso durante la eternidad» (como describió Ciorán en Historia de la decadencia); temían que ese mundo que empezaba a cambiar acabara por convertirnos a todos en monstruos de Frankenstein.

3. La densidad de la niebla

No se equivocaban del todo, pero sí que se equivocaban mucho. Hoy, para seguir con mi tendencia a no alargarme demasiado, te hablaré sólo de dos de sus equivocaciones: por un lado, subestimaron la capacidad de las personas para encontrarse incluso en la más densa de las nieblas.

Por el otro, presos de las figuras de la melancolía, olvidaron que las transformaciones de la historia podían traernos mundos nuevos. O, dicho de otra forma, el otro día discutía si, en esta época tecnológica de mil redes, asincronía y deslocalización, no era posible que la vieja definición de amistad de Homero (¿Recuerdas aquel «dos caminando juntos»?) esté perdiendo vigencia poco a poco y esté pasando a ser una gran definición de las nuevas formas del amor que se están creando. Borges, que estuvo equivocado en casi todo, así lo creía: “la amistad no necesita frecuencia, el amor sí, pero la amistad no”.

También defendía que, si ese fuera el caso, tampoco pasaría nada. Es más que posible que el amor cambie precisamente por la presión de mantener los bienes (la mirada amorosa) que el amor tradicional provee. Un cambiar todo para que nada cambie. Y que, en el fondo, es razonable pensar que los cuatro tipos de amor (storge, philia, eros y ágape – los cinco que si metemos la caridad) generen cada uno su propia mirada amorosa con lógicas, colores y texturas distintas.

¿Acaso solo el amor romántico nos da esa mirada? ¿No se puede conocer a alguien en las intermitencias de la amistad? ¿En la familia, pese a las mentiras y los conflictos, no se transparenta también quienes somos, aunque tratemos de fingir todo el rato otra cosa? ¿No es este el argumento central (aunque normalmente olvidado) del verdadero cristiano?

Yo, al menos, quiero pensar que sí. Y por eso vuelvo a reivindicar la mirada. La mirada, los amores y las historias escritas frente a la lumbre las noches de los años sin verano.