We few, we happy few, we band of brothers.

«Hay algunas cosas en nuestra sociedad, algunas cosas en nuestro mundo, a las que no podemos adaptarnos si queremos ser personas de buena voluntad. No podemos adaptarnos a la discriminación racial ni a la segregación racial. No podemos adaptarnos a la intolerancia religiosa. No podemos adaptarnos a condiciones económicas que quitan lo más básico a muchos para dar lujos a unos pocos. No podemos adaptarnos a la locura del militarismo ni a los efectos contraproducentes de la violencia física. Llega un momento en que uno debe tomar una posición que no es ni segura, ni educada, ni popular. Pero debe tomarla porque es lo correcto».

Esas frases debieron de decirse en los primeros días de septiembre de 1967. Aquella tarde, el reverendo Martin Luther King dio un discurso titulado «El papel del científico de la conducta en el movimiento de derechos civiles» ante más de cinco mil psicólogos en un hotel de Washington DC.

Ha pasado casi medio siglo pero esas palabras me siguen poniendo la carne de gallina. Hoy, como en 1967, el mundo está lleno de situaciones a las que no podemos adaptarnos. Lo he sabido desde hace mucho tiempo, desde la infancia, cuando se nos confundían las agonías de la gente con la agonía triste de las tardes invernales. Pero, ¿sabes qué? A lo largo de todos estos años siempre he encontrado la forma de adaptarme, siempre he acabado dando con una razón para conformarme, siempre he sido capaz de hacer algo simbólico e inútil y acabar por dejarlo todo para mañana.

«Las cosas son así» me digo muy callandito y para adentro. Y me lo digo porque quiero creerlo. Porque es sencillo, porque es fácil, porque las historias de mundos justos, predestinados e inevitables me ayudan a conciliar el sueño como la leche caliente, la miel o la melatonina.

Pero, sobre todo, me lo digo porque soy cobarde. Es fácil decir que quiero cambiar el mundo, sobre todo en discotecas llenas de humo y alcohol de garrafón. Pero me muero de miedo por dentro. Miedo a terminar con las tripas fuera, miedo a no ser suficiente, miedo a joder una vida buena por algo que quizá no merezca la pena.

Miedo. Porque aunque me gusta pensar que de tener la oportunidad de cambiar las cosas, lo haría; he vivido muchos años con ese miedo a que, llegado el momento, decidiera que vivir es fácil con los ojos cerrados.

Es fácil. Pero no es la vida que quiero.

Hace un año exacto, me planté aquí, frente a ti, y te dije que quería cambiar el mundo. Es más, me planté aquí, frente a ti, y te dije que necesitábamos una psicología que ‘combinara rigor científico y compromiso social’, que la necesitábamos ya, que era inaplazable.

Y no sabes lo que me gustaría que esto no fuera un post, lo que me gustaría que estuviéramos sentados en una terraza, tomando café y charlando hasta que se hiciera de noche. Porque entonces verías que me tiembla la voz, que se me humedecen los ojos y que, hace un año exacto, cuando me planté aquí, frente a ti, no iba de farol.

«Llega un momento en que uno debe tomar una posición que no es ni segura, ni educada, ni popular». Y el momento es ahora. Porque nosotros (We few, we happy few, we band of brothers) podemos cambiar el mundo. Y lo vamos a cambiar. Bienvenidos a 2016.