¿Por qué mentimos? La psicología de la mentira

4332841692_a1dec28656_b

Seguro que conoces la historia. El 22 de enero de 1817 recién llegado a la ciudad de Florencia, Marie-Henri Beyle más conocido hoy como Stendhal visitó la basílica de Santa Croce. Según él mismo escribió en Rome, Naples et Florence:

Absorto en la contemplación de la belleza sublime, veíala de cerca, la tocaba, por decirlo así. Había llegado a ese punto de emoción en el que se concentran las sensaciones celestiales producidas por las bellas artes y los sentimientos apasionados.

Al salir de Santa Croce, me palpitaba fuertemente el corazón – lo que en Berlín llaman nervios -; se me había agotado la vida, y andaba temeroso de caerme.

Esto se conoce desde el 89 como ‘el síndrome de Stendhal‘; cuando Graziella Magherini llamó así a «una enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, especialmente cuando éstas son particularmente bellas o están expuestas en grandes cantidades en un mismo lugar».

Siempre me ha resultado curioso que nadie haya caído en que Stendhal nos engañó. Todas las páginas de referencia (y muchos libros y textos eruditos), como podrás confirmar, dan por supuesto que de hecho eso ocurrió en 1817. Pero no fue así.

Stendhal sufrió una crisis de su síndrome, sí; pero en octubre de 1811. ¿Qué más dará?, te preguntarás. Pues da, al menos un poco.

El escritor francés viajó mucho a Italia. En los primeros meses de 1800 estuvo en Milán y allí conoció la música (visitó por primera vez la Scala) y se enamoró perdidamente de una joven de 23 o 24 años (él tenía unos 17 de timidez casi patológica) morena, inteligente y guapa como debieron de serlo Beatrice Portinari, Aura Llorente o la Ava Gardner de Mario Cabré. Fue un amor platónico.

Y por eso durante la siguiente década, la quiso como se quieren a los amores platónicos que te llenan la cabeza de ‘y sis’ y de ‘quizáses’ hasta hacértela explotar. Por eso, cuando volvió a Italia, cuando volvió a Milán, visitó la Scala y el 8 de septiembre de 1811 fue a ver a Angriola Pietragrua, que así se llamaba la joven. Stendhal escribía diarios, por eso sabemos que estuvo mucho tiempo en la puerta decidiendo si entrar o no; también sabemos que su mayor temor era que al verla, no pudiera contener tantos años de extraña idolatría y se desmoronara. Por eso le vinieron tan bien los 15 minutos que esperó a Angriola.

Escribió que si diez años antes ella tenía la fuerza hipnótica de la belleza, ahora se le sumaba la fuerza de la fisionomía (y si te digo la verdad, no tengo ni idea de qué quería decir con eso). Pero hay un adjetivo que él usa y que me parece revelador: Angriola tiene una belleza sublime.

Angriola al principio no lo reconoció y él le explicó quien era y más tarde, ya dueño de si, bromeó sobre su antiguo amor. Ella repitió dos veces (¡dos!) un ‘¿Por qué no me lo dijiste entonces?’

Entre el 8 y el 21 de septiembre, aunque ella estaba casada, vivieron todos juntos cada uno de los días que la década anterior no les había dejado. El 22, Stendhal parte a ver Italia: en el fondo, el ‘Grand Tour’ de aquella época era la Erasmus de nuestros días.

Y fue en ese octubre cuando visita por primera vez Florencia y Santa Croce, y cuando sufre una crisis de su Síndrome.

Aquí acabarían los románticos, los hagiógrafos y los escritores de folletines. Pero en realidad lo que nos interesa pasó a continuación. Fue casi un cliché: Angriola, que era una cougar consumada, tenía un número casi ilimitado amantes. Y cuando el tierno Stendhal lo supo, claro: chof. De ahí surgen su teoría del amor como cristalización, el pequeño embuste del que hoy hablamos y no se sabe cuantas cosas más.

Mentiras, grandes mentiras y… psicología

Hoy no hablaremos del amor (lo cuál hubiera sido un buen punto, teniendo en cuenta que el post se llama «¿Por qué mentimos?»). Lo primero que llama la atención a un psicólogo geek en pijama y zapatillas de andar por casa como yo, es que el joven Stendhal nos engañó.

El engaño. ¡Ay, el engaño!

Cabría esperar que más de 125 años después de que Wundt pusiera la primera piedra de su laboratorio (es una forma de hablar, claro, porque el edificio de la Universidad de Leipzig donde Wundt fundó el primer laboratorio de psicología fue construido por reclusos y por lo que sabemos a Wundt no le gustaba la ropa de rayas); cabría esperar, digo, que supiéramos por qué la gente miente. ¿Por qué mintió Viola? ¿Por qué mintió Emma? ¿Por qué todo el mundo miente?, como diría Gregory House.

House---No-Lies-house-md-561420_1680_1050

Cabría esperar que pudiéramos dar alguna respuesta, digo, y la verdad es que alguna tenemos.

Pero antes de pasar a lo jugoso, aclaremos un par de cosas. Lo que la psicología, en su nivel de desarrollo actual, no puede hacer es dar respuestas tipo «Deberíamos cambiar de pareja cada cinco años». Si buscas eso, ya sabes donde está google. Si en cambio quieres algo mucho más discreto, cuco y familiar: welcome to the jungle.

¿Qué clase de comportamiento es una mentira?

Verás, en todos sitios (además de cocer habas) ciertas acciones van seguidas de ciertas consecuencias. Llamar a una puerta, va seguido de que la abran; responder bien a un examen, una nota alta; y ‘Se sienten, Coño’, del Rey hablando por televisión vestido de militar.

Esta obviedad hace que dichas acciones sean más probables en unas circunstancias que en otras. Pedir un vaso de agua es más probable después de recorrer a pie y bajo un sol de justicia los 22.600 metros que separan Villamanrique de la Condesa de la aldea del Rocío que después de haberse bebido 4 litros de agua. O decir ‘manzana’ es más probable cuando alguien pregunta ‘¿qué es eso?’ y señala una manzana que cuando señala una naranja.

Como ves, la lógica psicológica nos dice que toda conducta está controlada sus consecuencias. O, quizá mejor dicho, nos comportamos según creemos (hemos aprendido) que serán las consecuencias de dichos comportamientos. Por eso, la pregunta pertinente cuando pensamos en un comportamiento concreto es qué lo está reforzando – algo así como la estructura de incentivos que buscan los economistas los economistas.

Hay dos grandes tipos de comportamientos verbales (en realidad hay más, pero los que nos interesan ahora mismo son solo dos – en este enlace podrás saber más sobre el tema): unos, los tactos, son algo así como ‘conductas indicativas’ (por ejemplo, decir ‘estoy comiendo’ cuando estás comiendo). Los otros, los mandos, son ‘conductas imperativas’ (como las órdenes, las súplicas o las peticiones).

Tactos y mandos. Indicativos e imperativos. Hmmmm. ¿Pero qué clase de comportamiento es una mentira?

Hay quien afirma que las mentiras son un tipo de tactos (indicaciones) ‘despistados’: como cuando exageramos alguna cosa o le quitamos importancia a algo. Pero yo no estoy de acuerdo del todo. Puede que aprendamos a mentir así, pero está claro que una mentira, lo que se dice una mentira en el sentido clásico de ‘expresión contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa’, es casi un ejemplo perfecto de mando (imperativo).

Aunque no cualquier mando. Un mando de incógnito. Un imperativo que se hace pasar por un indicativo, el típico modosito con cara de no-haber-roto-un-plato que en realidad esconde un Barney Stinson (o un Lord Voldemort) en su interior.

En honor a la verdad, estamos acostumbrados a plantear imperativos como si fueran indicativos. Cuando llegamos a casa de alguien y decimos «Dios mío, qué calor más grande; estoy seco» estamos pidiendo un vaso de agua aunque no lo estemos pidiendo directamente.  La mentira es sólo un paso más allá, cuando ese imperativo de incógnito usa un traje totalmente distinto a lo que ‘se sabe, se cree o se piensa‘; está, digamos, fuera de control.

Dejamos para otro día hablar sobre microexpresiones, ondas P300 y otras formas de ‘detectar una mentira’. Por hoy baste con decir que la mejor forma de luchar contra la mentira (si es que eso es deseable) no es detectarlas al vuelo, sino crear contextos en los que éstas no tengan ninguna función.

¿Por qué mentimos?

Mentiras

Así que la respuesta más sencilla al título de este post es porque queremos conseguir algo o porque queremos evitar alguna cosa. Esa es la esencia misma de la mentira. Pero, lamentablemente, no podemos concretar más la respuesta sin conocer a detalle cada caso.

Es fácil ponerse a fantasear con qué era lo que buscaba el joven Stendhal: ¿el dolor de una herida que no acaba de cicatrizar? ¿el viejo-pero-aún-vivo amor acaso? ¿una pura y simple cuestión literaria? Pero ahí, donde no llega la psicología, solo cabe la fantasía… o el periodismo.

2 responses for ¿Por qué mentimos? La psicología de la mentira

  1. Yo soy un mentiroso (ver el título de mi blog). Y he tenido graves consecuencias por ello. ¿Que tipo de tratamiento psicológico debería buscar?

    La única vez que intenté tratarme me pusieron a escuchar música new age y a supuestamente convertir mis sentimientos en objetos físicos dentro de mi cuerpo para activarlos/desctivarlos a voluntad. Suena a magufería por que así lo sentí y dejé de ir. Así que, ¿que recomienda?

    • Javi Jiménez dice:

      Bueno, en eso estoy de acuerdo con Roberto Colom: mentir es necesario, bueno y saludable. Otra cosa es que perdamos el control y se vuelva desadaptativo y patológico.

      De todas formas y como es posible que, haciendo honor a lo que me cuenta, me esté mintiendo, le diré que la recomendación es siempre la misma: a) buscar terapias basadas en la evidencia, b) hacerse una idea realista de la capacidad de la psicoterapia para cambiar el mundo y c) no hacer demasiado caso a la gente que recomienda terapias basándose en un comentario en internet.

      Gracias por pasarse, 😀