No quiero escribir en una lengua que puedas entender, quiero escribir en una en la que podamos conversar

“¡Más de cuarenta años llevo hablando en prosa sin saberlo!”, escribía Molière en ‘El burgués Gentilhombre’. Y es que la confusión entre habla y prosa es algo con una larga historia.

En cambio, esa idea intuitiva de unidad entre la lengua y la mano no resiste un asalto si nos ponemos a pensar seriamente sobre ella: la construcción de una lengua escrita es una tarea muy diferente a la simple expresión verbal y espontánea. Vallejo decía que “el genio de Cervantes descubrió que la literatura, más que en la vida, se inspira en la literatura” y donde dice ‘literatura’ se puede leer ‘prosa’. Porque es esta, a diferencia del habla, la que se inspira en ella misma iluminando mundos como si de dos espejos enfrentados se tratara

La prosa surge así como un proyecto de lengua común, compartida. El proyecto de construcción de una comunidad verbal que pueda encontrarse transcendiendo los contextos localistas, de género, de raza o de clase. También es, por tanto, una empresa moral porque en la articulación de esa comunidad ninguna decisión es inocua.

El dónde trazamos la línea (la frontera de la comunidad) define quien queda fuera y quien queda dentro. La pregunta es, pues, desde donde escribir si lo que queremos es construir una comunidad, un debate abierto, una conversación compartida. Si, a la vez, no queremos dejar nadie fuera, pero no queremos renunciar a cambiar las cosas.

Es lo que se llama “el problema de la prosa” y no es un problema que tenga fácil solución.

Si nos acercamos demasiado al habla, malo. Me viene a la cabeza ahora un texto de Hernán Casciari en el que reflexiona sobre la escritura de Nick Hornby. En un párrafo dice: “Hornby parece rezar cada noche en voz baja y lo que repite es, me parece a mi, un mantra de cuatro palabras: ojalá lo entiendan todos”.

Es un camino, pero no es neutral. El ‘ojalá se entienda todos’ (tal y como se suele presentar) es la decisión de aceptar la realidad de los ojos, las orejas y las bocas como si fueran verdad revelada, como si fueran mandamientos cincelados en piedra. Y, además, es también una renuncia: negar el poder transformador de la palabra escrita; la idea (sea falsa o no) de que fue la imprenta la que creó las naciones y la que configuró, con su ejército de tipos y tintas, el mundo que nos rodea.

Si nos alejamos demasiado de los hablares, malo también. Los distintos avatares del elitismo tampoco son neutrales por mucha urgencia ética, por muchos niños muriendo o por mucha celebración grupal que lo justifiquen. La prosa si la concebimos como un lujo cultural, se convierte en un arma de opresión, de dominación y de barbarie (por muy refinada y cultureta que esta sea).

Y entre ambas posturas (como entre la escila y la caribdis) está el problema de la prosa: estamos nosotros. Si se trata de a qué distancia situarnos del fuego, no hay miles de respuestas posibles. Si optamos por estar demasiado cerca, nos quemaremos; si optamos por la lejanía, no quedaremos congelados. Y creedme, algo de esa lejanía hay en la chanza de que “el arte es morirte de frío”.

Hacer prosa es hacer comunidad (una conversación genuina de iguales). No se trata de hacer tribus, comandos o rebaños. Se trata de escapar de ellas, trascenderlas, sublimarlas: si no, todo son fuegos de artificio e imposturas. Mentiras (aunque sean piadosas).

Voy a repetirme: no es un problema que tenga fácil solución. Y aún así, me parece uno especialmente interesante por cómo los prosistas de la historia buscaron una respuesta. Sostiene Ignacio Echeverría que si rastreamos la historia del nacimiento de la prosa y su emancipación de la poesía, tendremos que convenir inevitablemente en que se construyó a partir de las prosas científicas.

Hay dos motivos para ello. El primero era que aquellos filósofos naturales estaban describiendo un mundo completamente nuevo y luchaban contra la lengua heredada para encontrar una forma de contarlo. Quizá sea una reminiscencia del mundo antiguo (ese en el que el pasado estaba al frente y el futuro, a nuestra espalda), pero buscaban un lenguaje que consiguiera hacer de esa caótica y salvaje y anárquica realidad un mundo: del latín mundus, limpio, elegante y ordenado. Es decir, ordenar la realdiad sin renunciar a la belleza de la que hablan siempre los matemáticos.

Y eso tenía exigencias. Para empezar, una renuncia de las normas externas como la versificación y el ritmo; para seguir, un compromiso con la mirada compartida por encima de todas las cosas. Exigencias que alejaban mucho al arte nuevo de hacer prosa de cosas como “De Rerum Natura” cuyo lenguaje, con toda su fuerza poética y naturalista, era un vestigio de una época donde el mundo no requería de un lenguaje que lo ordenase, donde el orden estaba ya dado. O eso creíamos.

El segundo motivo tiene que ver con algo que señalaba Habermas, que la prosa moderna no es una evolución de la épica tradicional, sino una extensión de la intimidad. Es decir, que la prosa depende menos de los cantares y las gestas que de los epistolarios. Y, durante siglos, nadie se escribió cartas como los científicos.

Un hambre de ordenar el mundo y unas ganas locas de compartirlo son, según la versión (sin duda sesgada) que traigo hoy, los dos aceros del damasquinado. Ya solo quedaba templarlo. Y eso tampoco er una cuestión de estilo.

Es la tarea continua de crear una lengua común desde donde hablar; de negociar cada norma, cada significado, cada uso y costumbre. De enfrentarnos a esa lengua sabiendo que es un conjunto de decisiones éticas de difícil solución, pero sobre las que hemos de tomar partido.

En el fondo cuando discutimos sobre cómo comunicar ciencia, estamos discutiendo sobre los límites y las normas de esa lengua común. Y aunque la historia de divulgación científica en español es larga (Odón de Buen, es buen ejemplo de ello). La sombra de la historia – la que nos pinta las rejas de la jaula – también lo es.

No voy a adherirme a la leyenda negra, porque no es una cuestión de evidencias sino de recepción. Decía Benet que España es un país de moralistas y legalistas, pero, en cambio, nunca fue un país de filósofos naturales. No es cierto. Las Crónicas de Indias, pese al poso y la mirada providencialista, están llenas de filósofos naturales.

Sí, es verdad, han sido muy olvidadas: esas crónicas nunca han tenido a un Sánchez Ferlosio que las leyera como él leyó la prosa burocrática que se escribía en Sevilla y los Virreinatos. Y eso es lo que ha supuesto, ahora ya coincido con Benet, un reto no solo para elaborar una prosa científica, sino para toda la prosa literaria en español.

Eso y que, salvo muy contadas excepciones, los escritores hemos renunciado a construir un español que ordene el mundo, que cambie la sociedad y que no deje a nadie fuera. El problema de la prosa una y otra vez como lo recibieron los niños del 98 y los del 50, como nos ha llegado – intacto – a nosotros. Quizá porque es un problema que nunca se resuelve del todo, pero que dará nuestra talla moral a los que vienen. No por lo que consigamos, sino por el simple hecho de si emprendimos la tarea.