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Muerte accidental de un nepotista: Tribunal de cuentas, universidad y la falta de consecuencias

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El año en que Darío Fo ganó el Nobel todo el mundo pensaba que lo iba a ganar un portugues. Aunque fuera Sá de Miranda. Se cuenta que hubo más de un periodista que en el revuelo del momento (se pueden imaginar como eran las redacciones de entonces sin wikipedias ni google maps) situó Sangiano en la región del Baixo Alentejo. Pero nada de eso: al final, como la Dinamarca del 92, fue el viejo bufón italiano es que se llevó la copa a casa.

De mis coqueteos libertarios en la juventud (trasformados hoy en un liberalismo irónico, desapasionado y progresista) me quedan muchas cosas que a modo de souvenirs ideológicos guardo a buen recaudo en el zurrón de las filias y las fobias: una nostálgica simpatía por Fo es una de ellas. Y me es inevitable acordarme de él ahora que la realidad ha adquirido ese persistente tono a misterio bufo.

Entre otras cosas, Darío Fo escribió «Muerte accidental de un anarquista» inspirado por una moda extraña (la defenestración en los 60 era casi tan popular como en la Praga del siglo XV) y, en concreto, por la muerte del ferroviario anarquista Giuseppe Pinelli. En esa obra de teatro, muy al final, se escucha algo que se me quedó marcado para siempre: la idea de que el escándalo no desestabiliza al sistema, sino que lo apuntala porque prueba que funciona. Idea cuyo corolario se expone muy crudamente en aquella película llamada «la vida de David Gale«.

Por eso, las revelaciones del diario El País, y más concretamente el escándalo que han desatado, me ha venido a confirmar la certidumbre de que en esta España nuestra está todo atado y bien atado. ¿En serio pretenden que creamos que esto es un enorme y gigantesco «upss»? ¿Que no saben lo infectado que está todo? ¿Que no conocen lo que pasa en las diputaciones, en las empresas públicas, en los ayuntamientos, en las universidades? ¿En serio no queda un sólo ápice de vergüenza en el país? ¿Aunque sea de bote?

Ayer comentaba medio en broma, medio en serio que iba a titular el post de hoy «El escándalo del Tribunal de Cuentas es un resfriado comparado con lo de las Universidades», pero a la hora de la verdad me ha entrado pereza. No hay nada en esta historia que exija un titular a 5 columnas. 

La historia es vieja y conocida. Aunque la versión más popular es la «disonancia cognitiva» de Leon Festinguer, yo estoy más de acuerdo con la tradición de la autopercepción de Bem: que la gente elabora sus opiniones y actitudes para ‘explicar’ lo que hace del mismo modo que lo hace para explicar lo que hacen otras personas. En román paladino, si hay corrupción habrá justifcación.

En la democracia representativa la aceptación de que es imposible diseñar un entorno que selecciones inequívocamente las conductas que queremos, se resuelve con el papel de la opinión pública exigiendo coherencia entre el discurso democrático y las acciones de los servidores públicos. ¿A qué vendría sino conceptos tan naïfs y sonrojantes como Pueblo, Soberanía o Bien Común?

Pero allá donde no llega la opinión pública, donde no hay contrapesos, donde las consecuencias negativas a la corrupción son improbables… allá hay poco que hacer. Me da pena que seguramente el caso que me pilla más cercano (la universidad y sus facultades de psicología) sea uno de esos sitios. Pero no voy a dejar que la pena me amargue el día: ya estoy curado de espanto.

Cuando hace nada hablaban Guido y Roberto sobre cómo mejorar la formación en psicología, yo me decía a mi mismo que el problema de fondo no es que falten ideas, es que sobran incentivos e inercias institucionales. Cabría esperar que a estas alturas hubiéramos aprendido las consecuencias de poner al zorro a cuidar de las gallinas pero no, eso nunca. No deja de ser de una deliciosa ironía que en una ciencia que puede mover el mundo con el punto de apoyo del aprendizaje, aprenda tan poco y tan mal.

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