El 16 de noviembre de 1989 un pelotón del batallón Atlácatl bajo las órdenes del General René Emilio Ponce entró en la Universidad Centroamericana. No se puede decir que fuera una sorpresa, la noche del 11 de noviembre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), aprovechando que buena parte del estado mayor de la defensa salvadoreña estaba en una reunión latinoamericana en Guatemala, había lanzado la que sería la mayor ofensiva urbana de toda la guerra civil. Ya desde esa misma noche, se ordenó a todas las emisoras de radio conectar con la radio Cuscatlán que, controlada por la Fuerza Aérea, llenó su escaleta de acusaciones y amenazas. Cosas como «Ellacuría es un guerrillero. ¡Que le corten la cabeza!» o «Deberían sacar a Ellacuría para matarlo a escupidas» se repitieron durante toda la noche y los días sucesivos hasta que el Mayor Cháves Cáceres tomó el control el 14. Ese era el clima.

Y la tensión fue en aumento.

Hacia las seis y cuarto de la tarde del lunes 13, Martín-Baró consiguió hablar por teléfono con un jesuita americano y confirmó lo que ya se sospechaba, que un grupo de militares impedía “entrar o salir de la universidad”.

Pese a todo, no está claro si los miembros de la universidad temían realmente por su vida. Por un lado, el Avui barcelonés publicó el día 15 una entrevista con el rector Ellacuría en la que se le preguntaba si tenía miedo por las amenazas

“Nunca. No tengo miedo. No es un sentimiento que normalmente me invada. ¡Sería tan irracional que me matasen! No he hecho nada malo.”

Por el otro, cuando esa misma noche, la del 15, sonó el teléfono en la casa de Valladolid de Alicia Martín-Baró, ésta pudo escuchar como su hermano («distante, sereno y asustado») le explicaba que estaban virtualmente rodeados por el ejército: «Espera, escucha, escucha, ¿oyes como suenan las bombas?». Le dijo casi al final de la conversación. Entonces, Alicia acertó a preguntar: «Nacho, ¿cuándo se va a arreglar eso?». Y él respondió: «Tiene que haber muchas muertes, muchas muertes todavía».

Sea como sea, un poco más tarde, ese 15 de noviembre pasadas las once de la noche un destacamento se reunió en el aparcamiento. Hay pocos testimonios fiables de esa madrugada, pero el resultado es el mismo: murieron fusiladas ocho personas.  Ellacuría, MontesLópez, Moreno, López y López, las dos (madre e hija) Ramos y Martín-Baró.

De éste último, son las últimas palabras que nos han llegado de aquella noche. Al ver que los soldados apuntaban con sus fusiles a Elba Ramos y a su hija Celina, dijo “Ustedes son carroña”. “Ustedes son carroña”. Y esa sola frase bien vale la primera entrada del año.

¿Y si hacer psicología fuera un acto de barbarie?

Hace un par de días, entré en una farmacia de San Miguel de Cabo de Gata. En la fila, justo delante de mí, había un muchacho de piel negra y expresión cansada. Pidió un par de cosas en mal español y, cuando ya había pagado, le dijo a la farmacéutica que le dolía la garganta y tenía fiebre: «¿Tiene algo para esto?». Ella lo miró y dijo que no podía venderle antibióticos sin receta médica. Cuando el muchacho dudó, ella le preguntó si es que no podía ir al médico. Él cogió la bolsa de medicinas y salió corriendo, sin más.

Dejé la cola y traté de detenerlo (por razones que no vienen al caso, teníamos una receta de amoxicilina que no íbamos a utilizar), pero el muchacho había cogido su bicicleta y estaba ya demasiado lejos. Me encontré a oscuras, solo en una calle vacía mientras veía difuminarse la silueta con su cara invadida por el miedo grabada en la cabeza y una impotencia amarga palpitando en el pecho.

No he podido dormir bien estos días. He convivido con injusticias a lo largo de mi vida, pero, en este mes moribundo de diciembre lleno de balances y planificaciones, esta injusticia particular me ha traído de regalo todos los demonios: los psicólogos que alimentaron ese monstruo llamado Guantánamo, los abusos, los peligros, los fraudes, el miedo, la mirada altiva y desinteresada, la vergüenza. Me he preguntado insistentemente si, parafraseando a Adorno, «¿Hacer psicología después de Auschwitz es un acto de barbarie?». Le he dado vueltas a la cama sin poder podía dejar de ver una psicología que rendida al adocenamiento,  la tristeza y la cómplicidad. Y, entonces, recordé a Martín-Baró.

Un psicólogo olvidado

Martín-Baró ingresó como novicio en la Compañía de Jesús con 18 años. Desde entonces vivió, por orden consecutivo, en Orduña, Villagarcía, San Salvador, Quito, Bogotá, San Salvador, Frankfurt, Lovania, Eegenhoven y de nuevo en San Salvador donde comenzó a estudiar psicología mientras enseñaba teología en la UCA.

En 1977 obtuvo la maestría en ciencias sociales en la Universidad de Chicago y dos años más tarde, en 1979, el doctorado en psicología social y organizativa con una tesis sobre la densidad poblacional en la clases bajas salvadoreñas. Terminados sus estudios regresó a San Salvador y a la UCA, donde reanudó sus clases de psicología. Desde 1981 fue vicerrector de distintas áreas y desde 1982 director del departamento de psicología.

Nacho, como le conocían en la UCA, tenía, digámoslo ya, la pluma fácil. Publicó once libros y una larga lista de artículos. Tenemos textos escritos por él que hablan sobre el último Premio Nóbel de literatura o sobre James Bond, sobre el machismo o la marihuana.  De todas formas, tanto para lo que a nosotros nos interesa (la psicología) como para su obra en general, los años que van desde el 79 al 89 fueron la década más fructífera de Martín-Baró. Y aunque coincidieron todos ellos con la guerra civil salvadoreña, otra reposición del conflicto tipo de esa partida de Risk que fue la Guerra Fría; eso no impidió que su obra tuviera una amplia repercusión en la psicología iberoamericana.

En cambio, pese a ser español, su influencia no ha llegado nunca a cruzar el charco. No sé si su doble condición de cura católico e intelectual liberacionista fue lo que invisibilizó su obra en España (donde los grises no combinan con casi nada). Pero la realidad es que Martín-Baró es una de las grandes referencias internacionales en la psicología social y comunitaria.

La respuesta de Martín-Baró

Porque Martín-Baró, más que cura o revolucionario, fue un psicólogo. Un psicólogo que se preguntó obsesivamente qué hacer en un país que, poco a poco, se desangraba por las costuras. Un psicólogo que encontró una psicología desde Centroamérica, una psicología construída

en el calor de los acontecimientos, en medio de un cateo policial al propio hogar, tras el asesinado de algún colega o bajo el impacto físico y moral de la bomba que ha destruido la oficina donde se trabaja. Estas vivencias […] permiten adentrarse en el mundo de los oprimidos, sentir un poco más de cerca la experiencia de quienes cargan sobre sus espaldas de clase siglos de opresión y hoy intentan emerger a una historia nueva. Hay verdades que sólo desde el sufrimiento o desde la atalaya crítica de las situaciones es posible descubrir

Si me permiten la referencia, aunque no sea bien comprendida, su respuesta fue netamente católica al seguir la idea de que las tensiones entre la verdad (la ciencia) y el amor (el compromiso social) se tienen que resolver pragmáticamente, porque la resolución última y unívoca reside únicamente en Dios. En este sentido, de las tres grandes críticas que, como nos cuenta Luis de la Corte, el jesuita realizó a la psicología social («la falta de proyección social de la psicología social», «la escasa solidez teórico-epistemológica del conocimiento psicosocial y sus problemas de validez externa» y «la carencia de proyecto ético-normativo en el corazón de la psicología comunitaria») solo la tercera me parece hoy fundamental.

Una psicología que quiera cambiar el mundo

Entre tantos malos enfoques, sesgos interesados e aislamientos académicos, la tercera crítica es la parte más interesante e innovadora del pensamiento de Martín-Baró. Y, tristemente, la que ha quedado oculta por la delirante ideologización de los que han recogido su testigo. En palabra del mismo Martín-Baró se trataba, «ante todo, de un esfuerzo por elaborar una psicología social que junte el rigor científico con el compromiso social, que saque provecho de todo el acervo de conocimientos elaborados en otros lugares y desde otras inquietudes, pero los replantee críticamente a la luz de los problemas propios de los pueblos centroamericanos en estas décadas finales del siglo XX».

Hace pocos días discutíamos sobre la relación entre la ideología y la ciencia, entre los valores y los hechos, entre el amor y la verdad. No es una relación sencilla. Pero mi opción personal es martín-bariana: el compromiso de la ciencia no es sólo cognitivo, sino ético.

Si esto suena atrevido, problemático o posmoderno, «baste recordar (como decían Aguiar, Francisco y Noguera) que la ciencia social más madura y refinada, la economía, posee una rama de saber económico fundamental para la disciplina, que es la llamada economía del bienestar». Dentro del ámbito de la economía, se llama ‘economía normativa’ a la subdisciplina que estudia la eficiencia (sí, la de Pareto y las demás). «Por otro lado, también la filosofía analítica contemporánea ha desarrollado un saber práctico, a saber, la ética social normativa. [Y] en particular, la ética social de raíz rawlsiana que ha sabido aislar una teoría (la justicia como equidad) que trabaja sobre los conceptos de libertad, igualdad y reciprocidad. Con ella, ciertamente, [la ética] no ha influido tanto como los economistas; pero cuenta con esos conceptos, están bien definidos y articulados teóricamente y son políticamente muy poderosos».

Ese es el gran legado del padre Ignacio: la búsqueda de una psicología normativa, un proyecto ético. Una psicología que en lugar de diseñar programas de torturas, tenga por bandera la valentía y el compromiso del Martín Baró que la madrugada de aquel 16 de noviembre, y olvidando los cañones que le apuntaban, pronunció aquellas palabras, aquellas escalofriantes palabras, “Ustedes son carroña”.

Esa es la psicología a la que debemos aspirar: una psicología que quiera cambiar el mundo. Éste es mi propósito de año nuevo: intentarlo. Feliz 2015.