La razón no está en nuestras cabezas

En los últimos años, en plena batalla contra la pseudociencia hemos hablado mucho sobre que, para ganar esa guerra, “no basta con tener razón“. Sin embargo, normalmente hablamos de ello como si fuera un problema, un defecto de fábrica.

No estoy de acuerdo. Esos sesgos, esa racionalidad motivada y ecológica, ese “solo te creeré si me dices lo que quiero oir” son la base también de la ciencia y la democracia.

La razón, tal como la hemos entendido tradicionalmente, es un pequeño pueblo en armas contra la superstición, la ideología, el escepticismo y el fanatismo. Un pueblo que está siempre en peligro de caer preso de una de esas fuerzas cuando nos enfrentamos a las otras y que solo asegura su autonomía en el equilibrio de todos ellas.

La metáfora de ‘pueblo’ no es inocente: la razón era algo que vivía en las sociedades, no en las cabezas. De la misma forma que la ciencia es algo que vive en la comunidad científica y no en los laboratorios o las líneas de investigación.

Si ese pueblo no fuera diverso, difícil, rebelde: la racionalidad sería imposible, la ciencia (como esperanza de que la verdad siempre prevalece) no tendría sentido. Eso que tachamos de problemas no son “defectos de fábrica”, son las bases de la razón.