La civilización y los pimientos

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Toda la Historia de la Humanidad no es más que una lucha permanente contra nuestros sesgos.

Por mucho que nos empeñemos no dejamos de ser un amasijo de bichos tremendamente inteligentes, hirientemente bellos y irremediablemente gilipollas. Por eso, poco a poco y con innumerables sacrificios hemos ido construyendo instituciones que nos mantienen a raya y evitan nuestra tendencia natural al progromo.

Los artículos de Ricardo Galli sobre el voto electrónico (y 2) muestran la distancia abismal que existe entre lo que necesita un sistema de votación para ser seguro y lo que necesita un sistema de votación para que nos sintamos seguros. Un huevo y una castaña que diría a aquel.

Hoy en The Guardian nos hablaban sobre la privacidad online. Léanlo si tienen un rato, pero por si acaso se lo resumo: nuestra privacidad nos importa un pimiento. Si Ricardo III cambiaba a gritos su reino por un caballo, nosotros venderíamos el nuestro por cuatro perras en el CashConverter.

Y eso es así porque nos vale con la apariencia de control: como los adolescentes que esconden su mundo entre las tapas de un diario «bien escondido» de sus padres, ese candado de plástico es toda la garantía necesitamos. Los mayores secretos del mundo (los de cada uno) estarían escondidos detrás de un candado de plástico si, y perdonandme el exceso retórico, el proceso civilizatorio no hubiera tenido algo de éxito (el poco éxito que ha tenido). Pero la civilización es una elección, nuestra elección. Y no, esta vez no les estoy contando ninguna historia de miedo.