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Mientrastantos

En lo importante

No me gusta estar de acuerdo con la gente en lo importante. Es decir, me gusta coincidir en las cosas menudas, en lo trivial, en lo decorativo. En sacar la basura cuando toca, en no cantar canciones de Mecano a voz en grito en mitad de la noche o, mira, no cantarlas en absoluto; en dar los buenos días en el descansillo. En ese tipo de cosas, en lo superficial, soy capaz de llevar (y muy bien) el estar de acuerdo.

Como he dejado el podcast en el frigorífico mientras se me templan las ideas y los micrófonos, me he decidido a escribir por las mañanas unos mientrastantos con los que dar los buenos días. Los buenos días y supongo que algo más porque estas cosas siempre tienen gato encerrado. Espero.

En lo importante, no. Como sospecho que en las cuestiones fundamentales no es posible que todos estemos de acuerdo, esos consensos tan firmes me ponen nervioso, me saben a mentira, a consenso de bolsa, a surimi de pescado.

Cada día estoy más convencido de que hemos idealizado el consenso. Que sí, que, por h o por b, el consenso en ciertos temas es algo buenísimo; más que bueno, necesario. Pero en lo importante, no. En sociedades abiertas, diversas y democráticas, el consenso sobre cuestiones morales básicas es, como sostiene Talisse, «una señal de irracionalidad, falta de sinceridad o incluso (…) de opresión«. O, al menos, puede serlo si no lo vigilamos.

Suena fuerte, soy consciente. Quizás no sea para tanto, qué sé yo. Pero lo que sí tengo claro es que esa es una de las lecciones fundamentales de nuestra época: que existen muchas «doctrinas morales racionalmente defendibles»; o lo que es lo mismo, que lo razonable en una sociedad como la nuestra es que haya desacuerdos básicos sobre cuestiones fundamentales.

Pero fingimos que no existen para, acto seguido, pelearnos por los detalles. Quizás lo más cansando sea eso, que tanta bronca política no es más que una elaboradísima representación para ocultar que hemos construido nuestra casa en un erial triste, monótono y vacío. O no, lo más cansado es que la mayor parte de los días nos basta con eso y me da la sensación, llamadme suspicaz, de que nos seguirá valiendo mientras sea posible, aunque todo apunte a que se trate de un error.

Esto, por resumirlo y dejar de dar vueltas, me tiene preocupado. Tanto que de eso va estos mientrastantos, de contar (más allá de los consensos falsos) cómo es el mundo desde la ventana de alguien como yo, «a man too broadminded to take his own side in a quarrel» que diría Robert Frost.

No es, por tanto, que me haya hecho columnista ahora que se ha muerto Manuel Alcántara; es que me he comprado un dietario que garabatear unos días y olvidar en un anaquel de la librería. Eso ya sería suficiente.

Para el camino…

La recomendación de hoy se la robo a Antonio Ortiz y a su más que recomendable Causas y Azares: Al Cantar a Manuel, un disco precioso de Mayte Martín. Como muestra os dejo una canción, ‘No sabe el mar que es domingo‘.