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El grito del Águila

220px-EaglepubEl 12 de febrero de 2012, hace justo un año, era domingo. Y aquel día decidimos cambiar nuestra vida.

Durante la semana el eterno otoño inglés había hecho una concesión al invierno y la nieve se amontonaba en las aceras de todo el este de Inglaterra. En aquella época yo trabajaba en los laboratorios Cavendish donde Watson y Crick (sobre los trabajos de Franklin) descubrieron «el secreto de la vida», la estructura de doble hélice del ADN. En el Eagle, un pub que se alza con esfuerzo a unos 80 metros, Crick anunció el descubrimiento.

Que un pub abierto en 1667 formara parte de uno de los descubrimientos más importantes de la ciencia moderna le da al lugar un aire especial. Y supongo que por eso, por el frío nórdico y por el olor delicioso a roast-beef entramos en el Eagle.

Irene pidió DNA, la cerveza artesana del lugar, y yo sidra de Suffolk. De comer, una ración de pan de ajo y ese vestigio pre-victoriano de la celebración comunitaria llamado Sunday Lunch.

La sobremesa se alargó como queriendo no volver al mundo, donde todas las conversaciones son tristes y cada día parece más oscuro que el anterior. Las pintas se iban agotando sorbo a sorbo. Y entonces ocurrió.

Hay una inmensa diferencia entre saber algo y darse cuenta de algo. Lo habíamos leído y dicho mil veces, habíamos citado en incontables ocasiones aquel trozo de la Declaración de Montevideo,

Una persona solamente es libre si es dueña de las bases de su propia subsistencia, cuando no tiene obligación alguna de rendir pleitesía a nadie y puede abandonar su red de un modo efectivo si entiende que ya no atiende a las necesidades de su propia felicidad, felicidad que sólo ella misma puede juzgar.

Lo habíamos repetido hasta la saciedad, pero hasta aquel domingo no nos dimos cuenta de que había que quemar los barcos y comenzar a andar en compañía. Ahí, entonces, se fundó Storge.

A ese momento le llamamos «el grito del Águila». Más que ironía postmoderna, es una forma de contarnos como un guiño a las declaraciones de independencia americanas (el ecuatoriano o el de Dolores), al lugar donde estábamos y al Águila como símbolo del poder del comercio.

Hace un año ya que decidimos ser libres, salir de los circuitos académicos en plena descomposición y aspirar algo tan sencillo y simple como la felicidad. Aún no lo hemos conseguido, tras el ‘grito’ estamos en medio de nuestra particular guerra por la independencia; pero algo sí sé, no estamos solos y ya parece que empieza a despuntar el alba.

5 respuestas a «El grito del Águila»

No solo no estáis solos, estáis haciéndonos a todos más ricos en ideas, en miradas. Más felices, más fuertes también.
Virtud y Honor!! Y gracias! Gracias por el grito del Aguila y por haber decidido compartirlo con nosotros! Vamos a ganar esa «guerra de independencia» y vamos a disfrutar de la «serenidad» como victoria.

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