Relato: Cortar por lo sano

de A Cuadros:

«Estando contigo se me endureció el carácter; a ti, la polla.»

Sara Toro

–        Hola, soy Juan Carlos ¿Qué tal? ¿Cómo te llamas?

Él la saludó en la parada del autobús, rompiendo todos los protocolos, con una fórmula que ya andaba en desuso incluso en las discotecas (al fin y al cabo cuando tan solo se busca ‘mambo’, la ‘intimidad’ es un trasto incómodo). Este es el comienzo de esta historia (porque toda historia tiene introducción, nudo y desenlace). Casi todo el resto del affaire la verdad es que es una sucesión frases cortas con verbos de acción (hacer, conducir, lamer, etc…), normalmente en presente para así dar una mayor sensación de velocidad.

Junto al único adjetivo que hay en todo el desarrollo de la historia se lee la descripción del traje de novia de Eva (blanco roto, quizá – con esfuerzo – marfil; corpiño, sin velo) y, frase seguida, se sugiere una boda americana en el muelle de un lago de algún estado de Nueva Inglaterra.

Continúan las frases cortas que sin acabar desembocan en ‘dos puntos’: como recreando el efecto de una cascada: emulando los artículos que Haro Tecglen siempre pensó que su hijo hubiera escrito si la heroína no le hubiera abierto las venas: sucesiones de ideas con cierto aire lógico (y la lógica es hoy lo que en su día fue la teología) de causalidad.

Y de repente, dos hijos, jornadas de doce horas, pelo (mucho pelo) en la ducha. Y de repente, Eva llega a casa antes: tiene el cuerpo roto y aprovecha la excursión de los pequeños para pasar un rato sola y darse quizá – depende de cómo tenga el día, depende de lo que pongan en la tele – una ducha con las perlas que Enrique y Marga les trajeron de La Toja.

Pero Juan Carlos está comiéndole el coño a una chavalita que a duras penas llega a los dieciocho años sobre la colcha de patchwork de su madre (de la madre de ella, la de Juan Carlos murió cuando él tenía pocos años). Ya no hay frases cortas, rápidas, sucesivas. Ahora la historia está escrita en castellano: en frases eternas que si acaban lo hacen en cola de pescado.

Eva está, y créanme que una evaluación psicológica lo corroboraría, en estado de shock. Juan Carlos con la cara perdida de jugos vaginales y los ojos de cachorro inocente, trata de racionalizar la escena: que como los dos saben, aunque no lo digan, la relación lleva tiempo estancada y que él, inocente bienintencionado, trataba de encontrar alguna forma de revitalizar su matrimonio (con disfraces, swinging, tríos, etc…) y, a más largo plazo, salvarlo.

Y para sorpresa de todos (de Juan Carlos, de la púber e incluso de él que esto escribe con, reconózcanlo, un estilo impecable), Eva responde, con aquella sonrisa de niña mala que llevaba demasiados años en el desván, que le parece una idea buenísima y, sin mediar más palabra, ocupa el lugar que antes de su llegada ocupaba Juan Carlos, lamiendo el sexo de la chica con pasmosa devoción cristiana (bueno, quizá ‘cristiana’ no es el mejor adjetivo en este contexto, pero se hacen una idea, ¿no?).

Varios minutos después, Eva tiene el pene de su marido en la boca: lo está volviendo loco. En ese momento justo, con la boca a rebosar, arquea levemente los labios y muerde hasta juntar los dientes.

Mientras un hilo de sangre asoma por la comisura de los labios, se sienta en el suelo pensando que lo que algunos llamarán “violencia de género” o “ablación cerebral” o incluso “regresión a la media” es simplemente un acto de “justicia dietética”.