Categoría: Uno cortito

Por no ver solos el telediario

Era agosto del 51 y Heidegger paseaba por el jardín de la casa del arquitecto municipal de una pequeña ciudad alemana. Allí, en mitad de una fiesta, se encontró con Ortega sentado en el jardín. Estaba solo, con su sombrero y una copa de vino.

Parecía hallarse deprimido. Me hizo una seña y me senté junto a él, no sólo por cortesía, sino porque me cautivaba también la gran tristeza que emanaba de su figura espiritual. Pronto se hizo patente el motivo de su tristeza. Ortega estaba desesperado por la impotencia del pensar frente a los poderes del mundo contemporáneo.

Eso, y no otra cosa, es la melancolía. La impotencia del pensamiento y las palabras y las ideas para cambiar el mundo. O, peor, la aceptación de esa impotencia y, de seguido, la “retirada del interés por el mundo exterior” de la que había escrito Freud en el 17.  Sigmund siempre fue mejor ensayista que psicólogo.

Sentarse en el jardín, solo, con el sombrero y la copa de vino o tumbarse en el sofá viendo reposiciones de Jane the Virgin y comiendo palomitas: las tardes melancólicas son una de esas grandes tentaciones cuando vemos que el mundo se cae a trozos. Y, al final, esas tardes acaban por colonizar la vida porque nos cautivan con la gran tristeza que emana de ellas.

El problema es que, aunque no sea algo evidente, para que la melancolía exige que estemos solos. No se pueden compartir las tarde melancólicas porque compartir es, en si mismo, un acto perfomativo: un acto en el que el pensamiento y las palabras y las ideas cambian el mundo, nos cambian a nosotros.

Como recuerda Heidegger, al poco de empezar a hablar los “rasgos de Ortega se iluminaron súbitamente”.  No se puede compartir la melancolía, ni aunque veamos que el mundo se cae a trozos. Por eso, toda revolución verdadera empieza por no ver solos el telediario.

 

Y un día, de repente, dejé de opinar

Así son las cosas. Ya no podréis decir que nadie os ha avisado. Un día amaneces y la alhacena de la cocina se ha llenado de cereales, bollos y patatas fritas. Otro en cambio, estás contando calorías con la precisión de un detector de ondas gravitacionales. En un momento colgarías a noséquién en la verga mayor del mástil de mesana y, al siguiente, estás mirando en wikipedia qué es eso de vergas y mesanas porque, reconozcámoslo, no eres ni Melville, ni Jack London. Tampoco, gracias a Dios, eres Pérez Reverte.

Así, y oculto en el ir y venir de las cosas, me he dado cuenta de que un día dejé de opinar. Y de discutir, que es peor. Sobre todo, porque os juro por lo más sagrado que me encanta discutir. Me chifla, me vuelve loco.

Sin embargo, aquí me tenéis: callado. Como encerrado en los cuarteles de invierno, como en un Cartuja (de esas que tienen jamón serrano en el frigo), como si fuera siempre el día de los difuntos.

Ahora caigo en la cuenta por que Iria lo ha dicho en voz alta, pero no es algo nuevo. Llevo tiempo dándole vueltas sin apenas saberlo y he llegado a la conclusión de no sé por qué estoy callado. Lo que sí sé es que no me gusta.  Arrugo la nariz. Ay.  Tampoco me gusta arrugar la nariz.

¡Felicidades, Carlitos!

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Ayer el capo dei tutti capi de los divulgadores, don Carl Sagan hubiera cumplido ayer 80 años. Y yo con estos pelos. Sirva este post como felicitaciones retrasadas, Carlitos.

Este post es épico

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(Vía Javier Cañada en Medium)

Nunca viene mal tener un manual para no dejarnos llevar por ese sesgo tan común de pensar que estamos haciendo historia. Y no miro a nadie.

Psiquiatras asesinos debidamente organizados

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Internet tiene estas cosas. Cosas que “son para comérsela a chillaos” que dirían en mi pueblo. Llevo meses leyendo a oscuras, en secreto y llena de morbo una web demasiado extraña: Psiquiatría Net. Esta web se dedica casi en exclusiva a reseñar a psiquiatras haciendo el cafre. Es… ¡El Caso de la Psiquiatría!

¿Que no me creéis? Sus últimos post son: “Condenan a psiquiatra acusado de abusar sexualmente de paciente en el Hospital de Victoria“, “Detienen a psiquiatra forense y a penitenciario por Coimeros” o, cágate lorito, “Cae el Presidente del COlegio de Psiquiatras de Yucatán por asesinar a un colega“. Otra más: “Un psiquiatra mata en Buenos Aires a su vecino porque le molestaban los perros“.

Si soy sincero no sé qué objetivo tiene el blog. Pero, bueno, no deja de ser una lectura muy entretenida (y macabra) para los sábados por la tarde.

Escribir a veinte manos

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Salgo de mi retiro blogueril de estos días para ponerme el gorro de gurú: Hace tiempo que vengo diciendo que uno de los problemas de la industria editorial es precisamente que se sostiene sobre escritores individuales. Si la industria quería ser solvente debe introducir la ‘sala de guionistas’ en su ciclo de producción. Eso permitiría una mejor calidad y una mayor cantidad, dos condiciones fundamentales para que un negocio prospere en el entorno digital.

Hoy Jose Luis Ibáñez habla sobre el tema aplicado al mundo del best seller.  Da igual sí lo producido es ficción, divulgación o libros técnicos: ese (me parece que) es el camino.

El camión de la comida

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Ayer estuve viendo ‘Chef’ y sí, voy a darle al spoiler. Un spoiler pequeño, eso sí, porque con haber visto el trailer ya deja de serlo. Pero spoiler al fin y al cabo. Es la historia de un chef aplatanado que tras una crítica injusta, un desmeleno en twitter y un ‘te-voy-a-partir-la-puta-boca’ monta un foodtruck de bocadllos cubanos. Y triunfa como los chichos.

Pero ésta no es una sólo una historia sobre volver a empezar. La del post, quiero decir. En el mercado de Bedford hay un chaval, ha soñado desde pequeño ser cocinero. “Problemas familiares” (esa forma aséptica de llamar a algo que empieza por un padre en la cárcel, continúa con una madre y una hermana heroinómanas y quién coño sabe cómo acaba) no le dejaron ir a la escuela de hostelería al (mal)acabar el colegio. Pero, ¿sabéis qué?, ha montado un pequeño puesto de hamburguesas y, bueno, no es macdonald’s pero no se puede quejar.

He estado pensando que no todas las profesiones tienen esta posibilidad. La verdad es que uno puede “ganarse la vida” (o ir tirando al menos) vendiendo hamburguesas en un puesto desde casi el minuto cero, pero difícilmente puede hacerlo en otras profesiones. ¿Existe el equivalente al “camión de comida” en el mundo de la psicología? ¿En alguno de los trabajos que suele hacer un psicólogo?

He estado pensando qué ‘carro de comida’ podría crear en caso de que quisiera o tuviera que empezar de cero y se me ocurren pocas cosas, la verdad. ¿Tenemos una crisis de “conceptos de negocio” en la psicología profesional?

El humanismo secular sigue organizándose.

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Ya he contado alguna vez como la psicología comunitaria me llevó al mundo del humanismo secular. Pues por lo visto, el humanismo sigue organizarse en Estados Unidos. Siguiendo el ejemplo de Harvard y su capellán, el señor Greg Epstein, van tomando protagonismo las capellanías universitarias: la última en arrancar con fuerza es la de la Universidad de Yale. Supongo que es una vía interesante esta de normalizar las comunidades humanistas en la universidad para acabar por establecer una red a nivel general.

Medios como On Faith, dedicados al mundo religiosidad, ya incluye muchos artículos humanistas y parece que la blogosfera va creciendo poco a poco. Igual soy yo que la semana pasada fue el Congreso Humanista Internacional en Oxford y me dejó muy buen sabor de boca, pero parece que esto va cogiendo fuerza.

Y en España seguimos sin tener una organización digna de ese nombre. En fin: algún día tendré que ponerme a bloguear en serio sobre el tema.

Verano con h intercalada

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Ya ven que el verano está siendo aún más ajetreado de lo que había supuesto y no deja tiempo (ni conexión) para nada. Ni para leer: a mi feedly se le ven ya las costuras de lo relleno que está.  En un par de semanas estaré más libre, de «retiro semi-forzoso» de hecho, y me tendréis por aquí dando guerra. Los que estéis por aquí, claro. Que seguro que más de uno está en la tumbona a muchas millas de la conexión a internet más cercana.

Ahora es tiempo de charlatanes psicológicos de suplemento estival y dentro de poco será la hora de los expertos en el síndrome post-vacacional… Así que anda, sigan con salud.

Lo tuyo es puro teatro

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Las ‘vacaciones’, por definición, son ese momento de año en que tienes tiempo de leer un suplemento cultural publicado hace más de un mes. Aunque a decir verdad, para esta particular acepción de ‘vacaciones’ existe un sinónimo: retraso de 185 minutos en un vuelo de 2 horas.

Así que dadas las circunstancias propicias, comencé a leer el New Review del Observer y reconozco que estuve a punto de cerrarlo y ponerme a jugar al Angry Birds. La primera entrevista, a Rachel De-lahay, me pareció tan improbable que pensé que era una entrevista fake como las de la Quimera de Mora.

¿Quién creería probable que una dramaturga dijera, creyéndolas, estas palabras

«Yo quiero ser escuchada por todos, viejos y jóvenes, clase media y clase trabajadora. Quiero personas que se digan ‘Sí, a la mierda, voy a ir a la ciudad, al teatro y a tomarme unas copas después»

¡Qué envidia más insana! ¿Habrá algo más esperanzador que esa frase? Ya saben que mi respuesta, como la de Ester hace un par de días en un bellísimo post, es un ‘no’ sencillo y sin pretensiones. Nada nuevo para alguien que sólo quiere ampliar la imaginación moral de las personas.

Pd: Con este minipost queda inaugurada la ronda de microentradas veraniegas que este años he decidido llamar “Uno cortito”, :p