Por qué hay que ir a Naukas

Decía Italo Calvino que «las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos». Y de ciencia.

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Sí que se puede ganar la «guerra» contra las pseudociencias

Hoy Javier Yanes ha publicado un artículo muy interesante sobre «por qué no se puede ganar la guerra contra las pseudociencias«.  Como os podéis imaginar viendo el título de esta entrada,  yo no estoy del todo de acuerdo. Nada grave, cuestión de matiz.

Sinceramente no tengo datos para saber si estamos ganando o no esa «guerra» y aunque tiendo a pensar que vamos ganando, coincido con Yanes en que, en el mejor de los casos, se está haciendo de forma pírrica.

Me voy a repetir, pero la clave precisamente es que no es una guerra. O sea, entiendo perfectamente la metáfora bélica igual que la entiendo en el caso de la salud, pero en ninguno de los dos es una metáfora productiva. Y, oye, yo la uso mucho.

La superstición (y su desarrollo institucional como ‘pseudociencia’) no nace de la nada. Desde mi punto de vista (por lo demás, nada sorprendente) las pseudociencias son conductas como todas las demás que están mantenidas y modeladas por las consecuencias que tienen en el entorno en el que se desarrollan.

Siempre pongo el mismo ejemplo: claro que el cólera se puede «combatir» educando a la gente sobre cómo purificar el agua y cocinar bien los alimentos. Pero como mejor se «combate» el cólera es creando un buen sistema de saneamientos públicos. Las pseudociencias son, sobre todo, un problema social y las herramientas más útiles son las políticas públicas y las reformas sociales.

Se puede ganar la «guerra» contra las pseudociencias, lo que no se puede es matar moscas a cañonazos.

Sí, la ciencia es política

Tenía pensando esperar a la recopilación del domingo para recomendaros leer este artículo de Elizabeth Lopatto en The Verge. Pero creo que hoy es el día.

No estoy de acuerdo con todo lo que dice Lopatto, pero sí con lo esencial: la ciencia es una actividad profundamente política. Si algo hemos aprendido de las «guerras de la ciencia» de los 90, es que la ciencia se sostiene en dos ideas centrales: la esperanza de que, al final, la verdad prevalecerá y la convicción de que, eso por sí mismo, es un bien social.

Sin esas ideas, la ciencia (con todos sus hechos, teorías y tecnologías) se deshace como un azucarillo en agua tibia. Sólo hay que mirar ahí fuera para que antivacunas, negacionistas climáticos o charlatanes nos recuerden lo frágil que es la cosa científica.

Lo que pasa es que hay una diferencia fundamental entre decir que «la ciencia es la política» y «usar la ciencia para fines políticos». La larga tradición china de colgar mandarines de la Gran Muralla no se debía a que los mandarines fueran intelectuales, se debía sobre todo a que eran intelectuales gubernamentales. Si queremos ciencia, hagamos política, no politiqueos.

Por qué no voy a ir al III Congreso Nacional de Psicología

No se si sabéis que este años se celebra en Oviedo el III Congreso Nacional de Psicología. Y, oye, yo iba a ir. Llevo tantos años escuchando hablar de las Convenciones de la APA que, claro, cuando organizan un sarao en España, apetece.

No obstante, no voy a ir. Este asunto me parece lo suficientemente importante como para quedarme en casa (o, si la cosa se tuerce mucho, en la calle Gascona). Que la psicología española es un chiringuito lo sabíamos de antes, pero, yo que sé, podían intentar ocultarlo.

Por lo demás, una pena: los congresos en Oviedo siempre han sido mi debilidad.

¿Se nos está hundiendo el maldito barco?

Hoy en el microcosmos de mi casa, y mientras comía roscón, le he cambiado al subtitulo al blog. Es una chorrada (ahora, con el nuevo diseño, ni siquiera se ve), pero me parece una de las consecuencias lógicas de las conversaciones de los últimos tiempos.

Ayer, Noah Sasson, profesor de la Universidad de Texas en Dallas, reflexionaba sobre cómo introducir conceptos de una ciencia que se encuentra en un mal momento.

Mi trabajo como profesor de Psych 101 (Introducción a la psicología) es introducir a los estudiantes los conceptos fundamentales en psicología e inspirarlos a querer aprender más.
Pero el trabajo es complicado porque, de hecho, hay muchos descubrimientos ‘clásicos’ son mucho más débiles que como se suelen presentar en Psych 101.

El error fundamental de atribución es pequeño si es que existe. Los descubrimientos de Milgram solo se sostienen bajo unas condiciones muy específicas. Las descripciones habituales de Kitty Genovese o de Phineas Gage son mitos más que hechos. Las conclusiones del experimento de la Cárcel de Stanford sólo son para unos pocos.

Sonreír no te hace feliz. Tu ego probablemente no se agota. La imitación neonatal puede no ser nada. Así que, ¿qué?

Sasson sigue hablando de cómo soluciona él este problema, pero no es un problema aislado. Hace menos de un mes, Christopher Ferguson publicó un paper en el que acusaba a los textos introductorios de ‘adoctrinar’ en temas controvertidos y leyendas urbanas.  Así, sin paños calientes. Y hay más gente trabajando en el tema. Mucha.

Y es que ese parecer ser el tema de nuestro tiempo, el corazón de la alcachofa.   ¿Qué hacemos con todo esto? ¿Se nos está hundiendo el maldito barco? ¿Tiene sentido todo esto de la psicología más allá de la pseudociencia, la neurocháchara y la mitos urbanos de los 50?


Desde hace un par de años o tres, mi forma de entender la psicología ha cambiado. Trabajar de forma más sistemática la historia de nuestros esfuerzos por comprender por qué hace la gente las cosas que hace me ha hecho mirar las cosas con otros ojos.

No quiero decir que tenga mejores respuestas, lo que tengo son otras formas de plantear esas mismas preguntas.

Preguntas especialmente graves si tenemos en cuenta que parece que nos enfrentamos a problemas muy importantes (el cambio climático, el fin de los antibióticos, las nuevas técnicas de ingeniería genética, el resurgir del radicalismo en la escena internacional, etc…) que tienen mucho que ver con el comportamiento humano. Al final, siempre volvemos a lo mismo, al corazón de la alcachofa. Toca volver a la batalla.