Tumbados en el suelo

No había nieve en las azoteas, ni mantecados en las alacenas, pero era fin de año. Estábamos los de siempre y alguno nuevo y alguno menos. Formábamos un círculo entre los árboles, sentíamos el frío afilado de la vaguada cerca del río, nos mirábamos como tratando de intuir las historias que contaban las arrugas, los cortes y las marcas de expresión.

  • «¿Y si despedimos el año tumbados en el suelo?»
  • «¿Por qué?»
  • «Porque así, por muy bueno o muy malo que haya sido este año, el año que viene sólo podremos ir hacia arriba»

Algún día tendré que dejar las tradiciones tontas producto de lunas largas y los recuerdos felices de la infancia, pero no será esta noche. Adiós, 2015; perdona que no me levante.

Ayer me acordé de Rosalía

Ayer, casi sin querer, me acordé de un poema de Rosalía de Castro.  Nunca me ha entusiasmado su obra porque, sentimental como soy, siempre acabo cayendo enredado en el misterwonderfullismo becqueriano; porque hay en Rosalía una saudade que a mi se me hace mala e indigesta; un punto de esperanza también, es cierto, pero sobre todo mucha melancolía; y porque… no sé.

Tiendo a pensar que la poesía española moderna nació en Castro de Ortoño, en los alrededores del mercado de la calle Feria y en San Pedro de Metapa. Y que tomó cuerpo en Moguer, tan cerquita de Palos, donde se presentó pura y vestida de inocencia.   Pero, otras veces, estoy seguro de que toda la poesía moderna viene de una sola imagen.

Rosalía dio a Juan Ramón muchas cosas y muy pronto (como los mayos largos y alegres), pero hay una imagen que es especialmente preciosa y terrible. Juan Ramón llegó a Sevilla con ganas de hacerse pintor y encontró milagrosamente con las Follas Novas.

Baixaron os ánxeles
adonde ela estaba,
fixéronlle un leito
coas prácidas alas,
e lonxe a levano
na noite calada.
Cando á alba do día
tocóu a campana,
e no alto da torre
cantóu a calandria,
os ánxeles mesmos,
pregada-las alas,
«¿Por qué -marmurano-.
por qué despertela…?

‘Dulce sono’ se llama este poema. Es más largo, pero ya en ese trozo está la imagen entera. Aquel Juan Ramón de poquísimos años, justo a los pies de ese poema, escribió otro

¡Campanas, no cantéis, que váis a despertarlo!
Murió riendo el niño, murió el niño soñando
con vírgenes y lirios y celestiales cánticos.
Cuando nació la aurora, los ángeles azules lo llevaron…

Y volvió una y otra vez a los niños muertos, a los cementerios y al color azul. Y otra y otra más. Esta, por ejemplo, me eriza la piel cada vez que la visito

Vengo de ver a la niña;
tiene la boquita abierta,
y sus ojitos parados
miran muertos de tristeza.
Se la ha llevado el otoño;
no sé por qué, me da pena,
y me acuerdo de los niños
que mueren en primavera.

Ahí, en el niño Juan Ramón que teme y piensa y escribe sobre la muerte, están los cien años de después. Todo juntos. Sin aditivos, sin colorantes.

Ayer, casi sin querer, me acordé de un poema de Rosalía; uno que habla de los bosques perdidos de la niñez. Y me gusta acordarme de Rosalía, porque siempre acabo pensando que si de tanto dolor pudieron surgir las gacelas de Lorca, los mares de Alberti, las cebollas de Hernández, las calles de Celaya o la mirada de Panero; entonces, y me da igual como suene, es que existe esperanza. Sobre todo, si tú te la imaginas.