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Un comentario rápido sobre «Una tribu propia»

En los últimos años han aparecido dos libros sobre el autismo que han generado cierto revuelo: «In a different key. The story of autism» de  Donvan y Zucker, y «Una tribu propia» de Steve Silberman.

Sobre todo el último y no sólo por la horrorosa traducción del título (que desnaturaliza completo el título original).  Ambos libros, pero sobre todo el de Silberman que está traducido, son un alegato (un manifiesto, me atrevería a decir) del «movimiento a favor de la neurodiversidad«. Es decir, de la corriente de opinión, cada vez más extendida, que defiende que cosas que hasta ahora eran entendidas como trastornos o enfermedades (el autismo, el TDAH o la dislexia) en realidad son formas genuinas y legítimas de ser.

Por eso, este movimiento ha cargado durísimamente contra el tratamiento más efectivo contra el autismo: el análisis aplicado de la conducta.  De hecho, en «In a different key» ponen a Lovaas, el padre del enfoque aba para el autismo, a caer de un burro. Sacando citas en las que llamaba a los niños autistas «pequeños monstruos… [con] pelo, nariz y boca – pero no personas el sentido psicológico del término«.

Es lógico que el debate sea descarnado, ya digo. No se trata tanto de un debate técnico, como de un debate político en el sentido amplio del término. Y, como todos los temas importantes de nuestra época, es un puñetero barrizal.

Es importante, sí. Fundamentalmente porque, como explicaba muy bien Sam Fellowes, la imagen social de cada una de esas condiciones influye, y mucho, en la construcción de la identidad personal de los que las tienen.  Es decir, el hecho de que el autismo sea un trastorno (o no) no es algo inocuo y sin consecuencias.

Por eso me preocupa que estas nuevas concepciones se basen en mitos, imprecisiones y manipulaciones históricas para aquilatar sus puntos de vista. No hace falta. Se pueden reivindicar tanto la neurodiversidad como el ‘enfoque terapéutico’ sin hacer una lectura moralista y torticera de los últimos cien años. Más que nada, porque basar las posiciones políticas y éticas en argumentos falaces solo lleva a la negación y al descrédito.

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Ciencia de la Conducta Historia

El que se Pinker, ajos come.

 

Como es miércoles (día del espectador) y además es la Fiesta del Cine, os dejo una charla con Steven Pinker. El formato se centra menos en las opiniones y teorías de Pinker que en su carrera profesional. Por eso es más interesante de lo que podríamos pensar a primera vista. Ya sabéis que tengo cierta debilidad por la parte más humana y social de la ciencia.

https://www.youtube.com/watch?v=A1UDIL-0uPk

 

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Cuando chocan el activismo y la ciencia

Muy muy muy interesante esta charla de Alice Dreger, autora de Galileo’s Middle Finger un libro donde habla sobre como chocan el activismo y la ciencia. Todo muy paradójico porque este mismo año, Dreger dimitió de la Universidad Northwestern precisamente porque intentaron censurar un trabajo sobre sexo oral consensuado entre pacientes y enfermeras que ella había editado.

La charla, que no incluye sexo oral, es, como digo, muy interesante y trata alguno de los temas sobre los que vengo reflexionando en los últimos meses.

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Psicología. Guía de viajes | Primera Parada: La Cárcel de Stanford

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Toda ciencia tiene sus historias. Son el alioli de la fideua, el atrezzo de las obras del teatro o los besos a bebés de los políticos norteamericanos: no son estrictamente necesarias, pero, oye, qué difícil sería tragar todas esas fórmulas sin un vaso fresquito de historias para acompañarlas. La física tiene a Newton bajo el manzano; la medicina, a las vacas de Jenner; y la genética, a los guisantes de Mendel.

La psicología no iba a ser menos, claro. Tenemos a aquella neoyorquina, Kitty Genovese, asesinada a navajazos mientras la ciudad miraba sin hacer nada; a Ash y nuestra sorprendente capacidad para la conformidad; a las descargas homicidas de Milgram o a los monos de Harlow; al pequeño Albert, a la docena de niños sanos de Watson y a muchas cosas más. Algo de Freud seguro que también tenemos en la alacena de historias, cuentos y mitologías psicológicas.

Por eso, en Rasgo Latente hemos decidido hacer una especie de ‘Guía de Viajes’ por las historias de la psicología. Como con todo, las historias más conocidas, por turistificadas, se han sobredimensionado y han perdido autenticidad. También hay historias pequeñas, diminutas, que mantienen todo su encanto y veracidad.

Primera parada: La cárcel de Stanford.

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«Como su nombre indica». Antisemitismo en la Historia de la psicología

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En los últimos días, a propósito del llamado caso Zapata, ha vuelto a los medios el tema del antisemitismo, la judeofobia y el antisionismo.

No es fácil combatir el odio de este tipo (la xenofobia, el machismo, la homofobia) y una de las dificultades claras es que sus límites son difusos. Ante las matanzas indiscriminadas, los abusos físicos o los campos de concentración, las manifestaciones más sutiles de odio o discriminación pueden pasar desapercibidas, pese a tener un impacto muy considerable.

Otro día hablaré sobre la discriminación de colectivos (mujeres, nativos en las colonias, afroamericanos en EEUU, etc.) en la psicología y de la salud mental. Pero hoy, aprovechando que el Pisuerga pasa por Dueñas y sin querer meterme en camisa de once varas, quería hablar del antisemitismo y de su posible impacto en el desarrollo de la psicología.

Al lío: ¿Sabéis dónde podemos encontrar un fenómeno importante de judeofobia en la historia de la psicología? En la psicología americana de principios del siglo XX.

«Rasgos judíos»

En el año 1870, un 9% de la población (unas 80.000 personas) era judía. Para 1915, ese porcentaje ascendía al 28%, es decir, un millón cuatrocientas mil personas. Y como respuesta a esto, la prensa neoyorkina de la época no escatimó en halagos hacia ese casi 30% de la población: avaros, criminales, deshonestos, codiciosos, especulativos, ostentosos, materialistas, feos, sucios, mal educados, tribales, autodefensivos, cobardes, antipatriotas, o poco dispuestos a asimilarse a la cultura americana.

Ambas cosas llegaron a las puertas de la Universidad de Columbia. Por un lado, la composición de los estudiantes pasó de un 11.35% de estudiantes judíos en el curso 1909-1910 a un 32.7% en en curso 1918. Por otro, tenemos documentos que evidencian un activa política institucional para poner trabas en su acceso a Columbia y enviarlos a los alumnos judíos al City College de la Ciudad de Nueva York (Abraham Maslow, por ejemplo, fue redirijido exitosamente al City College).

Aunque podemos encontrar otros casos generalizados de antisemitismo de este tipo en la academia norteamericana (como, por ejemplo, en los departamentos de literatura inglesa), el problema es que durante las primeras tres décadas del siglo XX, Columbia fue, en cierta forma, el centro institucional de la psicología norteamericana produciendo presidentes de la APA, directores de departamentos e investigadores prominentes.

Con Robert s. Woodworth a la cabeza, se instaló un ‘programa’ extenso e informal para bloquear el acceso de los judíos al trabajo en la Universidad. Woodworth, que fue miembro del claustro de Columbia durante casi 60 años, sirvió como director administrativo de psicología entre 1911 y 1926, fue presidente del APA en el 14 y primera medalla de oro de la asociación en 1956. Su longevidad, prestigio, poder e influencia hizo que la mayoría de los estudiantes de psicología en este centro pasaran por sus manos ya fueran en calidad de profesor, director o ‘recomendador’ para puestos de empleo.

Tenemos numerosas cartas de «recomendación» en las que desanima a posibles empleadores aduciendo precisamente los ‘rasgos judíos’ de los candidatos. Y es curioso porque, en los documentos de Woodworth, solo los judíos son identificados por criterios étnicos o religiosos. Una de esas cartas comienza directamente con esta frase (que da nombre al post y a un artículo muy interesante sobre el tema de Andrew Winston):

Dr. Aaron Nadel es, como su nombre lo indica, judío.

Ya estaba dicho todo.

Un mundo poco amigable para los judíos

En su autobiografía, Theodore Sarbin recordaba una reunión de ‘asesoramiento’ que mantuvo con en 1937 con el director del departamento de psicología de la Ohio State University, Harold E. Burtt.

Él quería que supiera que le sería prácticamente imposible encontrarme un trabajo académico porque era judío, a pesar de que era la política del departamento encontrar puestos de trabajo académico para todos los estudiantes de doctorado. Que él conociera, sólo dos o tres miembros de la APA eran judíos [NdT: hasta la 2ªGM la APA era una asociación fundamentalmente de investigadores]. Luego pasó a asegurarme que, personalmente, él no tenía prejuicios, pero los departamentos de psicología solían reclutaban a gentiles, hombres blancos, sobre todo desde que los trabajos eran escasos debido a la Gran Depresión. Él quería que yo supiese los hechos y que no albergara muchas ilusiones de convertirme en académico. Por eso, pensando en mí, me instó a considerar otras opciones «.

Así, Sarbin (que a la larga sería uno de los teóricos más importantes de role theory y de la hipnosis) empezó su carrera como psicoterapeuta. Y, como él, tantos otros.

Por poner solo otro ejemplo del impacto de este fenómeno, se conserva una carta de Boring a Jacob Levine fechada en 1936 en la que le avisa, antes de empezar a estudiar, de sus problemas para colocar a estudiantes judíos y le recomienda que, si finalmente se decide ir a Harvard, lo haga como «una aventura intelectual» sin esperanza de encontrar empleo académico.

Y Boring (que desde su despacho de Harvard había seguido la política oficiosa de ‘desmotivar’ a los, según sus propias palabras, malos judíos) sabía de lo que hablaba de primera mano. Tanto así que fue uno de los que alentaron la crítica a estas prácticas.

Edwin Boring conoció a Kurt Lewin en el Congreso Internacional de Psicología del 29 en Cambridge, aunque desde bastantes años antes seguís su trabajo en Alemania. En 1930, cuando tuvo problemas para que la Universidad de Stanford aceptara a Lewin como profesor visitante, se empezó a dar cuenta de que la definición de ‘mal judío’ era más subjetiva de lo que parecía.

Aún así, el verdadero infierno tuvo lugar cuando, ya en 1933 y ante la necesidad imperiosa de salir de Berlin, fue imposible encontrar alguna universidad que le contratara. Conservamos al menos 26 cartas de las que envió Boring a sus colegas en los principales (y no tan principales) departamentos de psicología del país. El resultado fue que Kurt Lewin (¡Kurt Lewin!) solo consiguió una plaza temporal en la Facultad de Económicas de la Universidad de Cornell.

Si a un psicólogo prestigioso, consolidado y, todo hay que decirlo, encantador como Lewin le era imposible encontrar trabajo en ningún departamento de EEUU, ¿qué podía esperar un joven estudiante de psicología de la academia?

¿Qué impacto tuvo el antisemitismo en la psicología americana?

Descubrir este fenómeno relativamente desconocido permite hacernos muchas preguntas: ¿Qué impacto tuvo esta marginación sistemática en la psicología académica americana?

No podemos olvidar que estamos hablando de la discriminación de un tercio de los universitarios en Columbia y otros muchos en el resto de las universidades americanas. Graduados a los que se les animaba a buscar salidas profesionales lejos de la academia (como la psicoterapia) y se les cerraban, sin grandes sutilezas, las puertas hacia la investigación.

¿Fue este tapón una de las causas que el psicoanálisis norteamericano gozara de su periodo de esplendor entre las décadas de los cuarenta y los ochenta? ¿Podemos achacar a este fenómeno el distanciamiento entre la psicología clínica y la de investigación? ¿Su incapacidad tradicional para entenderse?

En la historia oficial se asocian el ascenso del psicoanálisis en EEUU (y el posterior de las terapias humanistas) a la llegada masiva de inmigrantes europeos tras la Segunda Guerra Mundial, pero poco se habla de el caldo de cultivo tan propicio que se encontraron: centenares de psicólogos asqueados con el sistema científico-académico que les había expulsado.

En resumen, y ya os dejo, ¿fue el antisemitismo un factor importante que retrasó décadas la aparición de una psicología clínica científica y basada en la evidencia? Y hasta aquí puedo leer.

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Cuando la psicología quiso cambiar el mundo

El 16 de noviembre de 1989 un pelotón del batallón Atlácatl bajo las órdenes del General René Emilio Ponce entró en la Universidad Centroamericana. No se puede decir que fuera una sorpresa, la noche del 11 de noviembre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), aprovechando que buena parte del estado mayor de la defensa salvadoreña estaba en una reunión latinoamericana en Guatemala, había lanzado la que sería la mayor ofensiva urbana de toda la guerra civil. Ya desde esa misma noche, se ordenó a todas las emisoras de radio conectar con la radio Cuscatlán que, controlada por la Fuerza Aérea, llenó su escaleta de acusaciones y amenazas. Cosas como «Ellacuría es un guerrillero. ¡Que le corten la cabeza!» o «Deberían sacar a Ellacuría para matarlo a escupidas» se repitieron durante toda la noche y los días sucesivos hasta que el Mayor Cháves Cáceres tomó el control el 14. Ese era el clima.

Y la tensión fue en aumento.

Hacia las seis y cuarto de la tarde del lunes 13, Martín-Baró consiguió hablar por teléfono con un jesuita americano y confirmó lo que ya se sospechaba, que un grupo de militares impedía “entrar o salir de la universidad”.

Pese a todo, no está claro si los miembros de la universidad temían realmente por su vida. Por un lado, el Avui barcelonés publicó el día 15 una entrevista con el rector Ellacuría en la que se le preguntaba si tenía miedo por las amenazas

“Nunca. No tengo miedo. No es un sentimiento que normalmente me invada. ¡Sería tan irracional que me matasen! No he hecho nada malo.”

Por el otro, cuando esa misma noche, la del 15, sonó el teléfono en la casa de Valladolid de Alicia Martín-Baró, ésta pudo escuchar como su hermano («distante, sereno y asustado») le explicaba que estaban virtualmente rodeados por el ejército: «Espera, escucha, escucha, ¿oyes como suenan las bombas?». Le dijo casi al final de la conversación. Entonces, Alicia acertó a preguntar: «Nacho, ¿cuándo se va a arreglar eso?». Y él respondió: «Tiene que haber muchas muertes, muchas muertes todavía».

Sea como sea, un poco más tarde, ese 15 de noviembre pasadas las once de la noche un destacamento se reunió en el aparcamiento. Hay pocos testimonios fiables de esa madrugada, pero el resultado es el mismo: murieron fusiladas ocho personas.  Ellacuría, MontesLópez, Moreno, López y López, las dos (madre e hija) Ramos y Martín-Baró.

De éste último, son las últimas palabras que nos han llegado de aquella noche. Al ver que los soldados apuntaban con sus fusiles a Elba Ramos y a su hija Celina, dijo “Ustedes son carroña”. “Ustedes son carroña”. Y esa sola frase bien vale la primera entrada del año.

¿Y si hacer psicología fuera un acto de barbarie?

Hace un par de días, entré en una farmacia de San Miguel de Cabo de Gata. En la fila, justo delante de mí, había un muchacho de piel negra y expresión cansada. Pidió un par de cosas en mal español y, cuando ya había pagado, le dijo a la farmacéutica que le dolía la garganta y tenía fiebre: «¿Tiene algo para esto?». Ella lo miró y dijo que no podía venderle antibióticos sin receta médica. Cuando el muchacho dudó, ella le preguntó si es que no podía ir al médico. Él cogió la bolsa de medicinas y salió corriendo, sin más.

Dejé la cola y traté de detenerlo (por razones que no vienen al caso, teníamos una receta de amoxicilina que no íbamos a utilizar), pero el muchacho había cogido su bicicleta y estaba ya demasiado lejos. Me encontré a oscuras, solo en una calle vacía mientras veía difuminarse la silueta con su cara invadida por el miedo grabada en la cabeza y una impotencia amarga palpitando en el pecho.

No he podido dormir bien estos días. He convivido con injusticias a lo largo de mi vida, pero, en este mes moribundo de diciembre lleno de balances y planificaciones, esta injusticia particular me ha traído de regalo todos los demonios: los psicólogos que alimentaron ese monstruo llamado Guantánamo, los abusos, los peligros, los fraudes, el miedo, la mirada altiva y desinteresada, la vergüenza. Me he preguntado insistentemente si, parafraseando a Adorno, «¿Hacer psicología después de Auschwitz es un acto de barbarie?». Le he dado vueltas a la cama sin poder podía dejar de ver una psicología que rendida al adocenamiento,  la tristeza y la cómplicidad. Y, entonces, recordé a Martín-Baró.

Un psicólogo olvidado

Martín-Baró ingresó como novicio en la Compañía de Jesús con 18 años. Desde entonces vivió, por orden consecutivo, en Orduña, Villagarcía, San Salvador, Quito, Bogotá, San Salvador, Frankfurt, Lovania, Eegenhoven y de nuevo en San Salvador donde comenzó a estudiar psicología mientras enseñaba teología en la UCA.

En 1977 obtuvo la maestría en ciencias sociales en la Universidad de Chicago y dos años más tarde, en 1979, el doctorado en psicología social y organizativa con una tesis sobre la densidad poblacional en la clases bajas salvadoreñas. Terminados sus estudios regresó a San Salvador y a la UCA, donde reanudó sus clases de psicología. Desde 1981 fue vicerrector de distintas áreas y desde 1982 director del departamento de psicología.

Nacho, como le conocían en la UCA, tenía, digámoslo ya, la pluma fácil. Publicó once libros y una larga lista de artículos. Tenemos textos escritos por él que hablan sobre el último Premio Nóbel de literatura o sobre James Bond, sobre el machismo o la marihuana.  De todas formas, tanto para lo que a nosotros nos interesa (la psicología) como para su obra en general, los años que van desde el 79 al 89 fueron la década más fructífera de Martín-Baró. Y aunque coincidieron todos ellos con la guerra civil salvadoreña, otra reposición del conflicto tipo de esa partida de Risk que fue la Guerra Fría; eso no impidió que su obra tuviera una amplia repercusión en la psicología iberoamericana.

En cambio, pese a ser español, su influencia no ha llegado nunca a cruzar el charco. No sé si su doble condición de cura católico e intelectual liberacionista fue lo que invisibilizó su obra en España (donde los grises no combinan con casi nada). Pero la realidad es que Martín-Baró es una de las grandes referencias internacionales en la psicología social y comunitaria.

La respuesta de Martín-Baró

Porque Martín-Baró, más que cura o revolucionario, fue un psicólogo. Un psicólogo que se preguntó obsesivamente qué hacer en un país que, poco a poco, se desangraba por las costuras. Un psicólogo que encontró una psicología desde Centroamérica, una psicología construída

en el calor de los acontecimientos, en medio de un cateo policial al propio hogar, tras el asesinado de algún colega o bajo el impacto físico y moral de la bomba que ha destruido la oficina donde se trabaja. Estas vivencias […] permiten adentrarse en el mundo de los oprimidos, sentir un poco más de cerca la experiencia de quienes cargan sobre sus espaldas de clase siglos de opresión y hoy intentan emerger a una historia nueva. Hay verdades que sólo desde el sufrimiento o desde la atalaya crítica de las situaciones es posible descubrir

Si me permiten la referencia, aunque no sea bien comprendida, su respuesta fue netamente católica al seguir la idea de que las tensiones entre la verdad (la ciencia) y el amor (el compromiso social) se tienen que resolver pragmáticamente, porque la resolución última y unívoca reside únicamente en Dios. En este sentido, de las tres grandes críticas que, como nos cuenta Luis de la Corte, el jesuita realizó a la psicología social («la falta de proyección social de la psicología social», «la escasa solidez teórico-epistemológica del conocimiento psicosocial y sus problemas de validez externa» y «la carencia de proyecto ético-normativo en el corazón de la psicología comunitaria») solo la tercera me parece hoy fundamental.

Una psicología que quiera cambiar el mundo

Entre tantos malos enfoques, sesgos interesados e aislamientos académicos, la tercera crítica es la parte más interesante e innovadora del pensamiento de Martín-Baró. Y, tristemente, la que ha quedado oculta por la delirante ideologización de los que han recogido su testigo. En palabra del mismo Martín-Baró se trataba, «ante todo, de un esfuerzo por elaborar una psicología social que junte el rigor científico con el compromiso social, que saque provecho de todo el acervo de conocimientos elaborados en otros lugares y desde otras inquietudes, pero los replantee críticamente a la luz de los problemas propios de los pueblos centroamericanos en estas décadas finales del siglo XX».

Hace pocos días discutíamos sobre la relación entre la ideología y la ciencia, entre los valores y los hechos, entre el amor y la verdad. No es una relación sencilla. Pero mi opción personal es martín-bariana: el compromiso de la ciencia no es sólo cognitivo, sino ético.

Si esto suena atrevido, problemático o posmoderno, «baste recordar (como decían Aguiar, Francisco y Noguera) que la ciencia social más madura y refinada, la economía, posee una rama de saber económico fundamental para la disciplina, que es la llamada economía del bienestar». Dentro del ámbito de la economía, se llama ‘economía normativa’ a la subdisciplina que estudia la eficiencia (sí, la de Pareto y las demás). «Por otro lado, también la filosofía analítica contemporánea ha desarrollado un saber práctico, a saber, la ética social normativa. [Y] en particular, la ética social de raíz rawlsiana que ha sabido aislar una teoría (la justicia como equidad) que trabaja sobre los conceptos de libertad, igualdad y reciprocidad. Con ella, ciertamente, [la ética] no ha influido tanto como los economistas; pero cuenta con esos conceptos, están bien definidos y articulados teóricamente y son políticamente muy poderosos».

Ese es el gran legado del padre Ignacio: la búsqueda de una psicología normativa, un proyecto ético. Una psicología que en lugar de diseñar programas de torturas, tenga por bandera la valentía y el compromiso del Martín Baró que la madrugada de aquel 16 de noviembre, y olvidando los cañones que le apuntaban, pronunció aquellas palabras, aquellas escalofriantes palabras, “Ustedes son carroña”.

Esa es la psicología a la que debemos aspirar: una psicología que quiera cambiar el mundo. Éste es mi propósito de año nuevo: intentarlo. Feliz 2015.