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El psicólogo y los terroristas

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Hoy hemos acabado de publicar la serie sobre Radicalización, terrorismo y psicología en Rasgo Latente. Durante el mes pasado hemos hablado sobre qué es el terrorismo, sobre qué no es y sobre cómo combatirlo.

¿Por qué jóvenes nacidos y educados en Madrid, Bruselas o Londres se van a luchar, poniendo en riesgo su vida, por la yihad? ¿Qué pasa por la cabeza de alguien que deja su vida en Occidente y se va a Oriente Medio con la idea de alistarse al Estado Islámico? ¿Por qué vuelven y pasan años sin llamar la atención y, de repente, deciden asesinar a catorce personas en el centro de París? >>

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¿Faltan tests en castellano?

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Por cosas de la vida, he estado echándole un ojo a los recursos que elaboran en el Buros Center for Testing: el Test in Print (una especie de páginas amarillas de la evaluación) y el Pruebas Publicadas en Español (su versión en lengua castellana).

Algunos datos: El PPE recoge 422 tests contra los 3003 del TIP. Es cierto que es la primera edición del PPE y, por distintas razones (algunas relacionadas con su penetración real en el mercado hispano), puede que recoja menos de las que realmente hay comercializadas.

También podemos saber sobre qué tipos de tests tienen más oferta en cada lengua. Quitando la categoría ‘miscelánea’, las tres categorías más importantes son tests de Personalidad (un 30.9% del PPE frente a un 21.4% del TIP), Vocacionales (un 15.4% frente a un 19.8%) y Tests de Inteligencia (un 12.1% frente a un 7.1%).

Las dos categorías más pequeñas del PPE son ‘Ciencias’ y ‘Estudios sociales’ que no recogen ninguna prueba frente a las 46 (un 1.5%) y las 31 (un 1.0%) del TIP, respectivamente.

Me parecen interesantes muchas cosas, pero sobre todo la escasa oferta en castellano comparándola con la oferta en inglés. Y me pregunto si es esto señala que tenemos una demanda gigantes que no estamos siendo capaces de cubrir. ¿faltan tests en castellano? ¿Sobran en inglés? No sé. O sí que lo sé, pero le seguiré dando vueltas.

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¡Feliz día de la Psicología!

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En los últimos días del mes de febrero de 1575, en un taller de Baeza, don Juan Bautista de Montoya imprimió un libro. Y no cualquier libro. El Examen de Ingenios de Juan Huarte de San Juan influyó durante años en el pensamiento occidental sobre diferencias individuales.

En conmemoración de aquello y desde 1983, los 24 de febrero celebramos en España el día de la psicología. Así que me tomo el día libre, ya si eso nos vemos mañana. ¡Feliz día de la Psicología!

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¿Qué es un metaánalisis?

Hace un rato lo he preguntado a los psicólogos (sobre todo aplicados) que me siguen en Twitter pero me ha parecido una mala estrategia para hacerme una idea del asunto. Así que aquí tienen en formato de encuesta anónima. Gracias por responder y si pueden, ¡Difúndanlo!

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¿Por quién doulan las campanas?

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No sé si sabéis que estos días hay una polémica entorno a las doulasel colegio de enfermería ha denunciado que la están liando parda. Por lo leído, y sin entrar en la polémica, las doluas acompañan a las mujeres embarazadas antes, durante y después del parto.

Pero yo venía solo a trazar una línea. Fue escuchar lo del acompañamiento y acordarme de «¿Dónde está mi tribu?«, un libro del que he hablado otras veces y que explica el importante papel de las relaciones personales y las relaciones sociales  en una vida (psicológica y socialmente) saludable. En Rasgo Latente he hablado largo y tendido del papel de las comunidades verbales en la vida de las personas. Unas comunidades que están atravesando problemas.

O sea, y hablando en plata, las doulas, los coachs y los libros de autoayuda me parecen una (mala) respuesta del mercado al repliege de las comunidades, una respuesta a toda ese gente que está perdida sin estructuras comunitarias que definan y actualicen sus valores, ni personas que den una respuesta a sus problemas vitales.

A esto tenemos que darle una vuelta.

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Pon un @rasgolatente en tu vida

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Hoy, contraprogramando las elecciones griegas, nace Rasgo Latente, un blog de psicología para el debate público y el cambio social. Juan Ramón Barrada,  Guido Corradi, un humilde servidor y muchísimos colaboradores nos hemos propuesto  reivindicar la psicología como una forma de mejorar la sociedad y de cambiar el mundo.

Y arrancamos fuerte cuestionando los mitos que sobrevuelan la alimentación y el terrorismo.  Oh, yeah.

Tengo pendiente un post sobre cómo ha acabado mi sui géneris búsqueda de trabajo. Pero ya os adelanto una cosa… me veréis mucho por allí. ¡Qué aproveche!

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Los españoles no tienen ni puta idea de nada

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«En estos días democráticos, cualquier investigación sobre la fiabilidad y las peculiaridades de los juicios populares es de interés». Y en días como hoy que se alarman En el artículo que comienza por esa frase, Francis Galton presentaba un curioso experimento que, con el tiempo, se ha convertido en uno de los argumentos prodemocráticos más usados.

En Plymouth, durante el transcurso de la feria anual de ganado conocida como West of England Fat Stock and Poultry Exhibition, se invitó a los visitantes a acertar el peso de un buey.  Tras examinar las estimaciones de los 800 participantes, Galton descubrió que la estimación media fue de 547 kilos. Teniendo en cuenta que el peso real del animal era de 543 kilos, Galton concluyó que «este resultado, en mi opinión, concede más crédito a la fiabilidad de un juicio democrático de lo que podría haberse esperado».

Como dice Luri, del que he tomado las traducciones anteriores, «¡Lástima que en las elecciones democráticas los partidos políticos no nos pidan que calculemos el peso de un buey!». Porque, como también dice Luri, hay algunas observaciones del propio Galton que atenúan el optimismo de las conclusiones. «El juicio de los participantes no estaba influenciado ni por pasiones ni por la oratoria partidista; la mayoría eran granjeros experimentados en estos cálculos y, por último, señala que 30 estimaciones fueron descartadas por ser consideradas erróneas o ilegibles».

Al fin y al cabo, ¿es qué acaso la opinión pública tiene ni puta idea de algo?

Hoy, Tom Stafford, en Mind Hacks, nos recordaba que la ‘opinión pública británica’ creía que de cada 100 libras dedicadas a ayudas sociales, 24 son defraudadas (cuando la cifra real ronda los 70 peniques) o que el tanto por ciento de inmigrantes en Reino Unido representa el 31%, cuando es del 13%. No he buscado cifras en España porque sinceramente prefiero seguir viviendo en la ignorancia.

Desde ayer los medios andan preocupados por la posibilidad de que el atentando del Charlie Hebdo acabe por asentar un estado de opinión antiislámica en Europa. Y es que seamos serios, es hora de decirlo en voz alta: si ‘el pueblo’ es una amalgama de adolescentes idiotas y manipulables, si «la clase obrera es machista, es racista, es xenófoba» ¿por qué la democracia y no más bien, yo-qué-sé, la nada?

¡Vivan las caenas (aunque sean de televisión)!

Aunque, bueno, vale, un segundo, quizás me estoy pasando de frenada. El mismo Stafford habla sobre si la opinión pública es un buen termostato con datos del último libro de Will Jennings.

Según cuenta Jennings, el público puede estar mal informado acerca de las cosas, pero aún así sus percepciones cambian de manera apropiada. Así, por ejemplo, podemos ser engañados sobre la tasa de desempleo absoluto, pero podemos discernir con notable precisión si el desempleo es cada vez mayor o menor. Miren como «covarían» la tasa de desempleo y la preocupación percibida en Inglaterra desde los 80:

Miren como

Esto me ha recordado el trabajo de Barrada sobre peso percibido e índice de masa corporal. Es interesante porque, a diferencia del «peso de Galton» y contra el argumento de Luri, en el «peso de Barrada» sí que intervienen pasiones, ilusiones y, qué diablos, retóricas interesadas.

Las conclusiones de esa y otras investigaciones son que somos bastante buenos estimando nuestro propio peso, ¡excepto en los extremos! ¿Se imaginan que pasara eso en la política? ¿Que fuéramos bastante buenos percibiendo la realidad política excepto en los extremos (es decir, los que tienen mucha y muy poca formación/interés en la cosa pública)? ¡Qué cosa más rematadamente brillante serían las democracias homologadas!

No sé si era en El Ala Oeste de la Casa Blanca donde decían que el gran legado del único presidente estadounidense con doctorado, Woodrow Wilson, fueron un montón de ideas brillantes que llegaron muertas a la escena internacional. Es una boutade, pero es sugestiva.

No es cosa de mi negociado dar argumentos sobre la democracia. En todo caso, la tarea del psicólogo es examinar si en una democracia occidental los individuos tienen la capacidad de hacer elecciones autónomas (no en el sentido de ‘libres’, sino de ‘no controladas por terceros’). En general, parece que eso es así. Parece que ese conjunto de paletos que conforman cualquier país de Europa, una vez capeado el temporal, de recuperar una idea clara de cual es el problema real que representan la inmigración y el terrorismo. Sea cual sea.

No se me preocupen demasiado.

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Sobre padres primerizos

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«Siento que lo que debe sentir la madre es algo diferente en la medida en que ella lo ha llevado dentro, lo ha sentido crecer y moverse dentro dentro. Eso debe significar que la conexión emocional que debe crearse es extraordinaria y no creo que ningún tío pueda nunca entender eso»

Bob. Padre primerzo, Hace poco Anja Wittkowski y algunos colegas entrevistaron a un grupo de padres primerizos y encontraron muchos testimonios como el de Bob. El tema fundamental de todas las conversaciones fue la experiencia de «separación»; no solo de su vida social y familiar sino de su pareja y del embarazo. Es decir, muchos incipientes padres sientes que están pasando cosas increíbles a su lado y no están invitados a la fiesta. Esa sensación se suma a lo que tradicionalmente llamaríamos no tener ni puñetera idea.

No se puede decir que sea algo sorprendente, aunque sí poco atendido. He estado curioseando por las librerías y prácticamente todos los libros sobre el tema están orientados a la maternidad. Curioso, como digo.

Las conclusiones del estudio son básicamente dos: a) que podría ser buena idea crear equivalentes «paternos» a los cursillos y grupos pre-parto y b) que sería beneficioso reconceptualizar el «rito de paso» de la paternidad como un proceso continuo que no acaba con el nacimiento sino que evoluciona continuamente.

Cuenta Carolina del Olmo, autora del muy interesante ¿Dónde está mi tribu?, que al principio, durante el embarazo, todos los consejos del tipo «reúnete con gente» le parecían gilipolleces. «Si nunca hemos querido estar con otros, por qué íbamos a quererlo ahora. Mi chico y yo vamos a estar como Dios en nuestra casa como siempre», se decía.

Más tarde, vino la realidad, vió que sí que estaba más sola que la una y unas vacaciones familiares le hicieron comprender que como decía el viejo dicho (creo que africano) para criar un niño hace falta un pueblo entero. Vamos que hacen falta redes, para los padres también.

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Cuando la psicología quiso cambiar el mundo

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El 16 de noviembre de 1989 un pelotón del batallón Atlácatl bajo las órdenes del General René Emilio Ponce entró en la Universidad Centroamericana. No se puede decir que fuera una sorpresa, la noche del 11 de noviembre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), aprovechando que buena parte del estado mayor de la defensa salvadoreña estaba en una reunión latinoamericana en Guatemala, había lanzado la que sería la mayor ofensiva urbana de toda la guerra civil. Ya desde esa misma noche, se ordenó a todas las emisoras de radio conectar con la radio Cuscatlán que, controlada por la Fuerza Aérea, llenó su escaleta de acusaciones y amenazas. Cosas como «Ellacuría es un guerrillero. ¡Que le corten la cabeza!» o «Deberían sacar a Ellacuría para matarlo a escupidas» se repitieron durante toda la noche y los días sucesivos hasta que el Mayor Cháves Cáceres tomó el control el 14. Ese era el clima.

Y la tensión fue en aumento.

Hacia las seis y cuarto de la tarde del lunes 13, Martín-Baró consiguió hablar por teléfono con un jesuita americano y confirmó lo que ya se sospechaba, que un grupo de militares impedía «entrar o salir de la universidad».

Pese a todo, no está claro si los miembros de la universidad temían realmente por su vida. Por un lado, el Avui barcelonés publicó el día 15 una entrevista con el rector Ellacuría en la que se le preguntaba si tenía miedo por las amenazas

«Nunca. No tengo miedo. No es un sentimiento que normalmente me invada. ¡Sería tan irracional que me matasen! No he hecho nada malo.»

Por el otro, cuando esa misma noche, la del 15, sonó el teléfono en la casa de Valladolid de Alicia Martín-Baró, ésta pudo escuchar como su hermano («distante, sereno y asustado») le explicaba que estaban virtualmente rodeados por el ejército: «Espera, escucha, escucha, ¿oyes como suenan las bombas?». Le dijo casi al final de la conversación. Entonces, Alicia acertó a preguntar: «Nacho, ¿cuándo se va a arreglar eso?». Y él respondió: «Tiene que haber muchas muertes, muchas muertes todavía».

Sea como sea, un poco más tarde, ese 15 de noviembre pasadas las once de la noche un destacamento se reunió en el aparcamiento. Hay pocos testimonios fiables de esa madrugada, pero el resultado es el mismo: murieron fusiladas ocho personas.  Ellacuría, MontesLópez, Moreno, López y López, las dos (madre e hija) Ramos y Martín-Baró.

De éste último, son las últimas palabras que nos han llegado de aquella noche. Al ver que los soldados apuntaban con sus fusiles a Elba Ramos y a su hija Celina, dijo «Ustedes son carroña». «Ustedes son carroña». Y esa sola frase bien vale la primera entrada del año.

¿Y si hacer psicología fuera un acto de barbarie?

Hace un par de días, entré en una farmacia de San Miguel de Cabo de Gata. En la fila, justo delante de mí, había un muchacho de piel negra y expresión cansada. Pidió un par de cosas en mal español y, cuando ya había pagado, le dijo a la farmacéutica que le dolía la garganta y tenía fiebre: «¿Tiene algo para esto?». Ella lo miró y dijo que no podía venderle antibióticos sin receta médica. Cuando el muchacho dudó, ella le preguntó si es que no podía ir al médico. Él cogió la bolsa de medicinas y salió corriendo, sin más.

Dejé la cola y traté de detenerlo (por razones que no vienen al caso, teníamos una receta de amoxicilina que no íbamos a utilizar), pero el muchacho había cogido su bicicleta y estaba ya demasiado lejos. Me encontré a oscuras, solo en una calle vacía mientras veía difuminarse la silueta con su cara invadida por el miedo grabada en la cabeza y una impotencia amarga palpitando en el pecho.

No he podido dormir bien estos días. He convivido con injusticias a lo largo de mi vida, pero, en este mes moribundo de diciembre lleno de balances y planificaciones, esta injusticia particular me ha traído de regalo todos los demonios: los psicólogos que alimentaron ese monstruo llamado Guantánamo, los abusos, los peligros, los fraudes, el miedo, la mirada altiva y desinteresada, la vergüenza. Me he preguntado insistentemente si, parafraseando a Adorno, «¿Hacer psicología después de Auschwitz es un acto de barbarie?». Le he dado vueltas a la cama sin poder podía dejar de ver una psicología que rendida al adocenamiento,  la tristeza y la cómplicidad. Y, entonces, recordé a Martín-Baró.

Un psicólogo olvidado

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Martín-Baró ingresó como novicio en la Compañía de Jesús con 18 años. Desde entonces vivió, por orden consecutivo, en Orduña, Villagarcía, San Salvador, Quito, Bogotá, San Salvador, Frankfurt, Lovania, Eegenhoven y de nuevo en San Salvador donde comenzó a estudiar psicología mientras enseñaba teología en la UCA.

En 1977 obtuvo la maestría en ciencias sociales en la Universidad de Chicago y dos años más tarde, en 1979, el doctorado en psicología social y organizativa con una tesis sobre la densidad poblacional en la clases bajas salvadoreñas. Terminados sus estudios regresó a San Salvador y a la UCA, donde reanudó sus clases de psicología. Desde 1981 fue vicerrector de distintas áreas y desde 1982 director del departamento de psicología.

Nacho, como le conocían en la UCA, tenía, digámoslo ya, la pluma fácil. Publicó once libros y una larga lista de artículos. Tenemos textos escritos por él que hablan sobre el último Premio Nóbel de literatura o sobre James Bond, sobre el machismo o la marihuana.  De todas formas, tanto para lo que a nosotros nos interesa (la psicología) como para su obra en general, los años que van desde el 79 al 89 fueron la década más fructífera de Martín-Baró. Y aunque coincidieron todos ellos con la guerra civil salvadoreña, otra reposición del conflicto tipo de esa partida de Risk que fue la Guerra Fría; eso no impidió que su obra tuviera una amplia repercusión en la psicología iberoamericana.

En cambio, pese a ser español, su influencia no ha llegado nunca a cruzar el charco. No sé si su doble condición de cura católico e intelectual liberacionista fue lo que invisibilizó su obra en España (donde los grises no combinan con casi nada). Pero la realidad es que Martín-Baró es una de las grandes referencias internacionales en la psicología social y comunitaria.

La respuesta de Martín-Baró

Porque Martín-Baró, más que cura o revolucionario, fue un psicólogo. Un psicólogo que se preguntó obsesivamente qué hacer en un país que, poco a poco, se desangraba por las costuras. Un psicólogo que encontró una psicología desde Centroamérica, una psicología construída

en el calor de los acontecimientos, en medio de un cateo policial al propio hogar, tras el asesinado de algún colega o bajo el impacto físico y moral de la bomba que ha destruido la oficina donde se trabaja. Estas vivencias […] permiten adentrarse en el mundo de los oprimidos, sentir un poco más de cerca la experiencia de quienes cargan sobre sus espaldas de clase siglos de opresión y hoy intentan emerger a una historia nueva. Hay verdades que sólo desde el sufrimiento o desde la atalaya crítica de las situaciones es posible descubrir

Si me permiten la referencia, aunque no sea bien comprendida, su respuesta fue netamente católica al seguir la idea de que las tensiones entre la verdad (la ciencia) y el amor (el compromiso social) se tienen que resolver pragmáticamente, porque la resolución última y unívoca reside únicamente en Dios. En este sentido, de las tres grandes críticas que, como nos cuenta Luis de la Corte, el jesuita realizó a la psicología social («la falta de proyección social de la psicología social», «la escasa solidez teórico-epistemológica del conocimiento psicosocial y sus problemas de validez externa» y «la carencia de proyecto ético-normativo en el corazón de la psicología comunitaria») solo la tercera me parece hoy fundamental.

Una psicología que quiera cambiar el mundo

Entre tantos malos enfoques, sesgos interesados e aislamientos académicos, la tercera crítica es la parte más interesante e innovadora del pensamiento de Martín-Baró. Y, tristemente, la que ha quedado oculta por la delirante ideologización de los que han recogido su testigo. En palabra del mismo Martín-Baró se trataba, «ante todo, de un esfuerzo por elaborar una psicología social que junte el rigor científico con el compromiso social, que saque provecho de todo el acervo de conocimientos elaborados en otros lugares y desde otras inquietudes, pero los replantee críticamente a la luz de los problemas propios de los pueblos centroamericanos en estas décadas finales del siglo XX».

Hace pocos días discutíamos sobre la relación entre la ideología y la ciencia, entre los valores y los hechos, entre el amor y la verdad. No es una relación sencilla. Pero mi opción personal es martín-bariana: el compromiso de la ciencia no es sólo cognitivo, sino ético.

Si esto suena atrevido, problemático o posmoderno, «baste recordar (como decían Aguiar, Francisco y Noguera) que la ciencia social más madura y refinada, la economía, posee una rama de saber económico fundamental para la disciplina, que es la llamada economía del bienestar». Dentro del ámbito de la economía, se llama ‘economía normativa’ a la subdisciplina que estudia la eficiencia (sí, la de Pareto y las demás). «Por otro lado, también la filosofía analítica contemporánea ha desarrollado un saber práctico, a saber, la ética social normativa. [Y] en particular, la ética social de raíz rawlsiana que ha sabido aislar una teoría (la justicia como equidad) que trabaja sobre los conceptos de libertad, igualdad y reciprocidad. Con ella, ciertamente, [la ética] no ha influido tanto como los economistas; pero cuenta con esos conceptos, están bien definidos y articulados teóricamente y son políticamente muy poderosos».

Ese es el gran legado del padre Ignacio: la búsqueda de una psicología normativa, un proyecto ético. Una psicología que en lugar de diseñar programas de torturas, tenga por bandera la valentía y el compromiso del Martín Baró que la madrugada de aquel 16 de noviembre, y olvidando los cañones que le apuntaban, pronunció aquellas palabras, aquellas escalofriantes palabras, «Ustedes son carroña».

Esa es la psicología a la que debemos aspirar: una psicología que quiera cambiar el mundo. Éste es mi propósito de año nuevo: intentarlo. Feliz 2015.

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La civilización y los pimientos

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Toda la Historia de la Humanidad no es más que una lucha permanente contra nuestros sesgos.

Por mucho que nos empeñemos no dejamos de ser un amasijo de bichos tremendamente inteligentes, hirientemente bellos y irremediablemente gilipollas. Por eso, poco a poco y con innumerables sacrificios hemos ido construyendo instituciones que nos mantienen a raya y evitan nuestra tendencia natural al progromo.

Los artículos de Ricardo Galli sobre el voto electrónico (y 2) muestran la distancia abismal que existe entre lo que necesita un sistema de votación para ser seguro y lo que necesita un sistema de votación para que nos sintamos seguros. Un huevo y una castaña que diría a aquel.

Hoy en The Guardian nos hablaban sobre la privacidad online. Léanlo si tienen un rato, pero por si acaso se lo resumo: nuestra privacidad nos importa un pimiento. Si Ricardo III cambiaba a gritos su reino por un caballo, nosotros venderíamos el nuestro por cuatro perras en el CashConverter.

Y eso es así porque nos vale con la apariencia de control: como los adolescentes que esconden su mundo entre las tapas de un diario «bien escondido» de sus padres, ese candado de plástico es toda la garantía necesitamos. Los mayores secretos del mundo (los de cada uno) estarían escondidos detrás de un candado de plástico si, y perdonandme el exceso retórico, el proceso civilizatorio no hubiera tenido algo de éxito (el poco éxito que ha tenido). Pero la civilización es una elección, nuestra elección. Y no, esta vez no les estoy contando ninguna historia de miedo.