Por qué hay que ir a Naukas

Decía Italo Calvino que «las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos». Y de ciencia.

Leer más →

No quiero escribir en una lengua que puedas entender, quiero escribir en una en la que podamos conversar

“¡Más de cuarenta años llevo hablando en prosa sin saberlo!”, escribía Molière en ‘El burgués Gentilhombre’. Y es que la confusión entre habla y prosa es algo con una larga historia.

Leer más →

En el Nueva York de la Mancha

Pues sí, este año va a estar lleno de miguelitos y galianos. Y vino, azafrán, queso y melón y cordero. Nos vamos a los interminables llanos de la Mancha donde suenan las tamborradas a lo lejos.

Por un año, al menos, tienen casa en Albacete. Y quién sabe qué nos deparará el futuro.

Sí que se puede ganar la “guerra” contra las pseudociencias

Hoy Javier Yanes ha publicado un artículo muy interesante sobre “por qué no se puede ganar la guerra contra las pseudociencias“.  Como os podéis imaginar viendo el título de esta entrada,  yo no estoy del todo de acuerdo. Nada grave, cuestión de matiz.

Sinceramente no tengo datos para saber si estamos ganando o no esa “guerra” y aunque tiendo a pensar que vamos ganando, coincido con Yanes en que, en el mejor de los casos, se está haciendo de forma pírrica.

Me voy a repetir, pero la clave precisamente es que no es una guerra. O sea, entiendo perfectamente la metáfora bélica igual que la entiendo en el caso de la salud, pero en ninguno de los dos es una metáfora productiva. Y, oye, yo la uso mucho.

La superstición (y su desarrollo institucional como ‘pseudociencia’) no nace de la nada. Desde mi punto de vista (por lo demás, nada sorprendente) las pseudociencias son conductas como todas las demás que están mantenidas y modeladas por las consecuencias que tienen en el entorno en el que se desarrollan.

Siempre pongo el mismo ejemplo: claro que el cólera se puede “combatir” educando a la gente sobre cómo purificar el agua y cocinar bien los alimentos. Pero como mejor se “combate” el cólera es creando un buen sistema de saneamientos públicos. Las pseudociencias son, sobre todo, un problema social y las herramientas más útiles son las políticas públicas y las reformas sociales.

Se puede ganar la “guerra” contra las pseudociencias, lo que no se puede es matar moscas a cañonazos.

Sí, la ciencia es política

Tenía pensando esperar a la recopilación del domingo para recomendaros leer este artículo de Elizabeth Lopatto en The Verge. Pero creo que hoy es el día.

No estoy de acuerdo con todo lo que dice Lopatto, pero sí con lo esencial: la ciencia es una actividad profundamente política. Si algo hemos aprendido de las “guerras de la ciencia” de los 90, es que la ciencia se sostiene en dos ideas centrales: la esperanza de que, al final, la verdad prevalecerá y la convicción de que, eso por sí mismo, es un bien social.

Sin esas ideas, la ciencia (con todos sus hechos, teorías y tecnologías) se deshace como un azucarillo en agua tibia. Sólo hay que mirar ahí fuera para que antivacunas, negacionistas climáticos o charlatanes nos recuerden lo frágil que es la cosa científica.

Lo que pasa es que hay una diferencia fundamental entre decir que “la ciencia es la política” y “usar la ciencia para fines políticos”. La larga tradición china de colgar mandarines de la Gran Muralla no se debía a que los mandarines fueran intelectuales, se debía sobre todo a que eran intelectuales gubernamentales. Si queremos ciencia, hagamos política, no politiqueos.

Por qué no voy a ir al III Congreso Nacional de Psicología

No se si sabéis que este años se celebra en Oviedo el III Congreso Nacional de Psicología. Y, oye, yo iba a ir. Llevo tantos años escuchando hablar de las Convenciones de la APA que, claro, cuando organizan un sarao en España, apetece.

No obstante, no voy a ir. Este asunto me parece lo suficientemente importante como para quedarme en casa (o, si la cosa se tuerce mucho, en la calle Gascona). Que la psicología española es un chiringuito lo sabíamos de antes, pero, yo que sé, podían intentar ocultarlo.

Por lo demás, una pena: los congresos en Oviedo siempre han sido mi debilidad.

Popurrí semanal [1]

1. Imprescindible: Rewriting the Code of Life de Michael Specter en The New Yorker. Que se completa bastante bien con esto: 7 ways CRISPR, the powerful gene-editing tool, could change the world de Eliza Barclay y Brad Plumer  en Vox.

2. Iba a recomendaros este post en Médico Crítico, pero al final he cambiado de opinión y os voy a recomendar este otro: “No es la gripe, es que ya no te quiero” de Javier Padilla.

3. Esta semana ha muerto Derek Parfit. Una verdadera lástima. En serio, es uno de los filósofos más grandes de los últimos 50 años. Creo que lo más completo que he visto es esto de Vox.

4. Un hilo de twitter algo crítico con ‘Blackfish’, el documental. Bueno, algo no: brutalmente crítico y tela de entretenido. Muy recomendable ahora que ha muerto Tilikum, la orca que lo protagonizaba.

5. Why I hate Christmas de James Henry en New Republic. En texto es, originalmente, del año 1990, pero la revista lo ha publicado en la web esta navidad y la verdad es que tampoco hemos cambiado tanto.

6.Y hablando de cosas navideñas: Self-Driving Cars Will Make Organ Shortages Even Worse de Ian Adams y Anne Hobson en Slate.

7. El ocaso de la teoría de cuerdas de Arturo Quirantes en el Cuaderno de Cultura Científica

8. It’s Not Just All of the People Around You That Are Getting Fatter de Daniel Luzer en Pacific Standard.

9. History of philosophy with any gaps de Peter Adamson. Este podcast (al que llego muy muy muy tarde) es una cosa bestial y desproporcionada. Adamson está explicando la historia de la filosofía sin ningún hueco, a la manera de Rugde, “una jodida cosa tras la otra“: es decir, está intentando cubrir tooooda la filosofía sin importar la época, el género o la cultura del filósofo en cuestión.

Un comentario rápido sobre “Una tribu propia”

En los últimos años han aparecido dos libros sobre el autismo que han generado cierto revuelo: “In a different key. The story of autism” de  Donvan y Zucker, y “Una tribu propia” de Steve Silberman.

Sobre todo el último y no sólo por la horrorosa traducción del título (que desnaturaliza completo el título original).  Ambos libros, pero sobre todo el de Silberman que está traducido, son un alegato (un manifiesto, me atrevería a decir) del “movimiento a favor de la neurodiversidad“. Es decir, de la corriente de opinión, cada vez más extendida, que defiende que cosas que hasta ahora eran entendidas como trastornos o enfermedades (el autismo, el TDAH o la dislexia) en realidad son formas genuinas y legítimas de ser.

Por eso, este movimiento ha cargado durísimamente contra el tratamiento más efectivo contra el autismo: el análisis aplicado de la conducta.  De hecho, en “In a different key” ponen a Lovaas, el padre del enfoque aba para el autismo, a caer de un burro. Sacando citas en las que llamaba a los niños autistas “pequeños monstruos… [con] pelo, nariz y boca – pero no personas el sentido psicológico del término“.

Es lógico que el debate sea descarnado, ya digo. No se trata tanto de un debate técnico, como de un debate político en el sentido amplio del término. Y, como todos los temas importantes de nuestra época, es un puñetero barrizal.

Es importante, sí. Fundamentalmente porque, como explicaba muy bien Sam Fellowes, la imagen social de cada una de esas condiciones influye, y mucho, en la construcción de la identidad personal de los que las tienen.  Es decir, el hecho de que el autismo sea un trastorno (o no) no es algo inocuo y sin consecuencias.

Por eso me preocupa que estas nuevas concepciones se basen en mitos, imprecisiones y manipulaciones históricas para aquilatar sus puntos de vista. No hace falta. Se pueden reivindicar tanto la neurodiversidad como el ‘enfoque terapéutico’ sin hacer una lectura moralista y torticera de los últimos cien años. Más que nada, porque basar las posiciones políticas y éticas en argumentos falaces solo lleva a la negación y al descrédito.

¿Se nos está hundiendo el maldito barco?

Hoy en el microcosmos de mi casa, y mientras comía roscón, le he cambiado al subtitulo al blog. Es una chorrada (ahora, con el nuevo diseño, ni siquiera se ve), pero me parece una de las consecuencias lógicas de las conversaciones de los últimos tiempos.

Ayer, Noah Sasson, profesor de la Universidad de Texas en Dallas, reflexionaba sobre cómo introducir conceptos de una ciencia que se encuentra en un mal momento.

Mi trabajo como profesor de Psych 101 (Introducción a la psicología) es introducir a los estudiantes los conceptos fundamentales en psicología e inspirarlos a querer aprender más.
Pero el trabajo es complicado porque, de hecho, hay muchos descubrimientos ‘clásicos’ son mucho más débiles que como se suelen presentar en Psych 101.

El error fundamental de atribución es pequeño si es que existe. Los descubrimientos de Milgram solo se sostienen bajo unas condiciones muy específicas. Las descripciones habituales de Kitty Genovese o de Phineas Gage son mitos más que hechos. Las conclusiones del experimento de la Cárcel de Stanford sólo son para unos pocos.

Sonreír no te hace feliz. Tu ego probablemente no se agota. La imitación neonatal puede no ser nada. Así que, ¿qué?

Sasson sigue hablando de cómo soluciona él este problema, pero no es un problema aislado. Hace menos de un mes, Christopher Ferguson publicó un paper en el que acusaba a los textos introductorios de ‘adoctrinar’ en temas controvertidos y leyendas urbanas.  Así, sin paños calientes. Y hay más gente trabajando en el tema. Mucha.

Y es que ese parecer ser el tema de nuestro tiempo, el corazón de la alcachofa.   ¿Qué hacemos con todo esto? ¿Se nos está hundiendo el maldito barco? ¿Tiene sentido todo esto de la psicología más allá de la pseudociencia, la neurocháchara y la mitos urbanos de los 50?


Desde hace un par de años o tres, mi forma de entender la psicología ha cambiado. Trabajar de forma más sistemática la historia de nuestros esfuerzos por comprender por qué hace la gente las cosas que hace me ha hecho mirar las cosas con otros ojos.

No quiero decir que tenga mejores respuestas, lo que tengo son otras formas de plantear esas mismas preguntas.

Preguntas especialmente graves si tenemos en cuenta que parece que nos enfrentamos a problemas muy importantes (el cambio climático, el fin de los antibióticos, las nuevas técnicas de ingeniería genética, el resurgir del radicalismo en la escena internacional, etc…) que tienen mucho que ver con el comportamiento humano. Al final, siempre volvemos a lo mismo, al corazón de la alcachofa. Toca volver a la batalla.

Nadie se acuerda de Jesse Gelsinger

Y eso es, a la vez, un alivio y un problema. A las tres menos diez de la mañana del 17 de septiembre de 1999, Jesse Gelsinger tuvo el honor de convertirse en la primera persona en morir a causa de la terapia génica. Gelsinger tenía una rara deficiencia de la OTC.

Esta enfermedad impide el correcto procesamiento del amonio en el hígado y suele producir la muerte al poco de nacer. Lo curioso del caso es que en el caso de Gelsinger no era genética y eso hacía que tuviera una calidad de vida bastante aceptable.

También lo convertía en la persona indicada para ayudar a encontrar tratamientos contra la enfermedad. Con esa idea en la mente, Gelsinger entró en el programa piloto que estaba llevando a cabo la Universidad de Pennsylvania. El 13 de septiembre recibió el vector viral y cuatro días después murió debido a una reacción de hipersensibilidad masiva.

No fue un problema de la técnica. El informe de la FDA fue bastante convincente: la muerte se debía a una negligencia médica. Poco importó, aquel escándalo hizo que la década de los 2000 fuera una década perdida para la investigación en modificación genética.

El otro día, a propósito de algunos problemas que parece tener la técnica que permite los famosos “bebés con tres padres“, reflexionaba en Xataka sobre esto mismo: sobre cómo la recepción social de los peligros y oportunidades de las nuevas técnicas es un asunto fundamental.

Olvidarnos de Gelsinger significa, también, olvidarnos de que en cualquier momento todo el mundo de posibilidades que dibuja la ingeniería genética puede frenarse en seco. Olvidarnos de que un fallo mal gestionado puede acabar con la tecnología más importante que hemos creado para eliminar (buena parte de) el sufrimiento humano.

Decía Pinker que lo mejor que pueden hacer los expertos en bioética es “echarse a un lado y no molestar” y, en parte, lleva razón. Pero hay una tarea de activismo ético, tecnológico y social que hay que hacer si no queremos dejar pasar el tren de la historia.