«Si no he de inspirar amor…»: Frankenstein y la reivindicación de la mirada

«How I, then a young girl, came to think of,
and to dilate upon, so very hideous an idea?»
– Mary Shelley

«Nací en Ginebra. Mi familia es una de las más ricas de la ciudad». Hace justo 200 años, el 1 de enero de 1818, la pequeña Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones llevó a imprenta una gran historia de amor.

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Y un día, de repente, dejé de opinar

Así son las cosas. Ya no podréis decir que nadie os ha avisado. Un día amaneces y la alhacena de la cocina se ha llenado de cereales, bollos y patatas fritas. Otro en cambio, estás contando calorías con la precisión de un detector de ondas gravitacionales. En un momento colgarías a noséquién en la verga mayor del mástil de mesana y, al siguiente, estás mirando en wikipedia qué es eso de vergas y mesanas porque, reconozcámoslo, no eres ni Melville, ni Jack London. Tampoco, gracias a Dios, eres Pérez Reverte.

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En el Nueva York de la Mancha

Pues sí, este año va a estar lleno de miguelitos y galianos. Y vino, azafrán, queso y melón y cordero. Nos vamos a los interminables llanos de la Mancha donde suenan las tamborradas a lo lejos.

Por un año, al menos, tienen casa en Albacete. Y quién sabe qué nos deparará el futuro.

Sí que se puede ganar la “guerra” contra las pseudociencias

Hoy Javier Yanes ha publicado un artículo muy interesante sobre “por qué no se puede ganar la guerra contra las pseudociencias“.  Como os podéis imaginar viendo el título de esta entrada,  yo no estoy del todo de acuerdo. Nada grave, cuestión de matiz.

Sinceramente no tengo datos para saber si estamos ganando o no esa “guerra” y aunque tiendo a pensar que vamos ganando, coincido con Yanes en que, en el mejor de los casos, se está haciendo de forma pírrica.

Me voy a repetir, pero la clave precisamente es que no es una guerra. O sea, entiendo perfectamente la metáfora bélica igual que la entiendo en el caso de la salud, pero en ninguno de los dos es una metáfora productiva. Y, oye, yo la uso mucho.

La superstición (y su desarrollo institucional como ‘pseudociencia’) no nace de la nada. Desde mi punto de vista (por lo demás, nada sorprendente) las pseudociencias son conductas como todas las demás que están mantenidas y modeladas por las consecuencias que tienen en el entorno en el que se desarrollan.

Siempre pongo el mismo ejemplo: claro que el cólera se puede “combatir” educando a la gente sobre cómo purificar el agua y cocinar bien los alimentos. Pero como mejor se “combate” el cólera es creando un buen sistema de saneamientos públicos. Las pseudociencias son, sobre todo, un problema social y las herramientas más útiles son las políticas públicas y las reformas sociales.

Se puede ganar la “guerra” contra las pseudociencias, lo que no se puede es matar moscas a cañonazos.

Sí, la ciencia es política

Tenía pensando esperar a la recopilación del domingo para recomendaros leer este artículo de Elizabeth Lopatto en The Verge. Pero creo que hoy es el día.

No estoy de acuerdo con todo lo que dice Lopatto, pero sí con lo esencial: la ciencia es una actividad profundamente política. Si algo hemos aprendido de las “guerras de la ciencia” de los 90, es que la ciencia se sostiene en dos ideas centrales: la esperanza de que, al final, la verdad prevalecerá y la convicción de que, eso por sí mismo, es un bien social.

Sin esas ideas, la ciencia (con todos sus hechos, teorías y tecnologías) se deshace como un azucarillo en agua tibia. Sólo hay que mirar ahí fuera para que antivacunas, negacionistas climáticos o charlatanes nos recuerden lo frágil que es la cosa científica.

Lo que pasa es que hay una diferencia fundamental entre decir que “la ciencia es la política” y “usar la ciencia para fines políticos”. La larga tradición china de colgar mandarines de la Gran Muralla no se debía a que los mandarines fueran intelectuales, se debía sobre todo a que eran intelectuales gubernamentales. Si queremos ciencia, hagamos política, no politiqueos.