¿Qué es la descomposición?: ideas sueltas

La palabra ‘descomposición’ se refiere a la reducción del cuerpo de un organismo a formas más simples. Salvando el hecho de que la metáfora de la sociedad como organismo tiene raíces medievales, cuando hablamos de descomposición social nos estamos refiriendo a lo que parece un proceso que no se repite desde al menos el siglo XVIII.

La descomposición tal y como se vine enunciando últimamente tiene dos tesis: una es socio-tecnológica (la capacidad tecnológica de producir bienes de cualquier tipo aumenta rápidamente y, por tanto, el costo social disminuye casi a la misma velocidad) y la otra es política (el programa moral ilustrado, sobre el que se basaba la modernidad, ha perdido su operatividad socio-política).

Tesis socio-tecnológica.

Marx en su cuaderno «Formaciones económicas pre-capitalistas» (1858) estudia el tránsito de la comunidad igualitarias original hacia el capitalismo identificando varios modelos: el esclavista, el feudal y el asiático.

En síntesis, el proceso de «privatización» de los medios de producción está condicionado por las necesidades técnicas (y financieras) que estos mismos exigían. En el caso del modo de producción asiático o despotismo hidráulico, a diferencia del esclavista o el feudal, la inversión necesaria para realizar las construcciones hidráulicas que permitían la explotación de la tierra (aquí nos referimos exclusivamente al cultivo de arroz pues requiere cantidades ingentes de agua) requerían la creación de un sistema fiscal que permitiera «socializar» la inversión; borrando del escenario a latifundistas o señores feudales.

Existen otro ejemplos, como que la Reconquista fue el factor que ‘orientalizó’ el modo de producción de los Reinos del foco asturiano hasta la quiebra del Estado (con la guerra civil de Castilla): en lo que resultó una suerte de despotismo militar. En esencia, cuando los gastos de ciertos bienes públicos necesarios (alimentación, seguridad, etc…) necesitan un gran pulmón financiero se evoluciona hacia estado fuertes y fiscalmente solventes.

Así el nacionalismo «hard» (con el aumento de la presión fiscal que ocultaba) surgió en Europa a raíz del «Si vis pacem, para bellum» pre-Gran Guerra y se desarrolló en la carrera armamentística durante todo el siglo XX.

El primer gran signo del abaratamiento radical de la seguridad tiene como protagonista a Whitfiel Diffie, un matamático hippie cuyo hallazgo, la criptografía asimétrica, desmontó él solito los servicios de inteligencia de las principales potencias mundiales (con sus espías y todo). Lo hechos se sucedieron, tanto que, en 30 años, dos de mi pueblo en un vespino son potencia nuclear.

Tesis política.

No estamos hablando de un cambio en el número de actores internacionales. Eso es lo que ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se pasó de un escenario de Imperios a un escenario de Bloques. Nada de eso.

Hablamos de un cambio de vector. Si algo impidió que el mundo saltara por lo aires durante la guerra fría fue que ambos bloques compartían un pacto moral implícito: el programa moral de la Ilustración que, vía Kant y Popper por un lado y vía Marx y Habermas por el otro, latía en el corazón de los ambos.

Pero, ¿qué es el programa moral ilustrado? En esencia, lo que dice Todorov: Autonomía, Antropocentrismo y Universalidad.

Fue en los años 60 y 70 cuando la barbarie de la Guerra se trenzó con el sustrato filosófico de la Escuela de la sospecha y el artístico de las vanguardias crearon el caldo de cultivo sociológico perfecto para la ruptura del discurso ‘moderno’.

La posmodernidad es un monstruo amorfo producto de la combinación de una teoría social del siglo XIX y una teología de la mente autista, anti-científica y moralmente cuestionable. Pero eso no puede impedir que separemos el grano de la paja:  esto es, el reconocimiento de la explosión social de la diversidad de el relativismo cool.

Y si miramos la posmodernidad desde esa óptica (desde el reconocimiento de la diversidad), vemos rápido las consecuencias socio-políticas de ésta. Al devolvernos la capacidad de discutir sobre los fines, ya no hay UNA ‘base sagrada’ incuestionable (el programa ilustrado o el cristiano) sino TODAS las humanamente imaginables.

El planteo cambia radicalmente dado que con ‘bases sagradas’ diferentes las distintas partes no se reconocen como actores racionales sino como ‘locos’.

Conclusiones

Así, con las barreras de entrada a la arena ‘internacional’ por los suelos y la ausencia de estándares morales convierten al proceso que llamamos descomposición en un cambio, con la venia de Bueno, cualitativo. Las consecuencias son previsibles: lo decía De Ugarte en «11M: redes para ganar una guerra«:

Cada vez que una estructura social se abre, la primera respuesta no llega del más débil, sino del que disfrutaba de un pequeño monopolio local de poder. Acostumbrado al uso de la violencia para garantizar el mantenimiento de su estatus, será el primero en responder.

El Estado (junto con las industrias que se ven favorecidas por el ‘status quo’) se apresura a atacar a «sus enemigos». Así vemos cosas tan absurdas como la llamada Ley Sinde o tan peligrosas como el abandono de las escuelas e institutos. Y es que el control es más barato que la cohesión; o en términos de Maquiavelo, el miedo sale más económico que el amor.

Parece que eso es lo que debemos decidir como comunidad: si apostamos por el miedo o apostamos por el amor.