Arde Granada

En Granada está el cuarto distrito más pobre de Andalucía, el Distrito Norte. No ha faltado la denuncia pública, artículos como los del otro día, en Ideal, vienen sucediéndose desde hace años y han servido de poco.

No hace demasiado tiempo comentaban que había «moneda» propia en el Distrito y hace un par de días el PSOE denunció que el número de hogueras en las plazas y los paseos (a fuerza de no querer controlarlo) se ha vuelto incontrolable.

Aunque en términos absolutos lo que estamos viendo es una muestra importante de incivismo; en términos relativos, las hogueras en el Distrito Norte no son algo excesivamente preocupante. Al fin y al cabo, la Ciudad sigue funcionando. Ahora bien, lo que es sin duda es sintomático: es un síntoma de nuestra menguante hambre de justicia social, equidad y libertad.

Por eso, las preguntas pertinentes son ¿Está nuestra ciudad integrada? ¿Es eficiente? ¿Es resiliente? ¿Estamos creciendo hacia donde debemos crecer? y lo más importante ¿crecemos hacia donde queremos crecer?

¿Un problema de cohesión social?
Hace pocos meses Aguiar, junto con otros sociólogos, propuso la posibilidad de que el concepto de «cohesión social» fuera el núcleo de una nueva rama de la sociología: la sociología normativa. A semejanza de la economía del bienestar y de la «ética social normativa» (en esencia, la propuesta rawlsiana) proponen desarrollar una saber técnico que nos ayude a crear sociedades bien integradas, prósperas y resilientes.

Después de los disturbios de Oldham y Bradford en el verano de 2001, el gobierno de Su Majestad creó una comisión para analizar el estado de las ciudades inglesas. Los resultados de la comisión parecen confirmar la intuición de Aguiar y otros al señalar la importancia de la cohesión social. Así coincidimos nosotros también.

Dado que la propuesta de abordar «analítica» y «normativamente» el concepto de cohesión social no se encuentra más que en un estado embrionario, utilizaré algunos estudios teóricos sobre el tema para enmarcar el problema y las distintas soluciones.

Factores y políticas hacia la cohesión social
Vamos a usar un modelo de cinco factores para descomponer la cohesión social en elementos técnica y políticamente más manejables:

– Mejorar las condiciones materiales:
Las condiciones materiales son un factor fundamental para la cohesión social; en particular, la bibliografía nos apunta al empleo, a los ingresos, a la salud, a la educación y a la vivienda. Las relaciones entre y dentro de las comunidades sufren cuando las personas carecen de trabajo y soportan dificultades como deudas, ansiedad, baja autoestima, mala salud, escasa formación y, en general, malas condiciones de vida. Estas necesidades son básicas para un tejido social fuerte y son indicadores importantes de progreso social.

– Reforzar las relaciones pasivas:
El orden social, la seguridad y la ausencia de miedo es lo que podemos llamar «relaciones sociales pasivas» (la tradición liberal llama a este factor “libertad negativa”). La tolerancia y el respeto a los demás, junto con la paz social y la seguridad, son los rasgos distintivos de una sociedad urbana estable y armoniosa.

– Impulsar las relaciones activas:
El tercer factor se refiere a las interacciones positivas, los intercambios y las redes entre individuos y comunidades; las «relaciones sociales activas» (la tradición liberal llama a este factor “libertad positiva”). Estos contactos y las conexiones son recursos potenciales ya que ofrecen a las personas y organizaciones mecanismos de apoyo mutuo, información, confianza y crédito.

– Promover la inclusión:
El cuarto factor es sobre el alcance de la inclusión social o la integración de las personas en las instituciones principales de la sociedad civil (Ayuntamiento, Consejos de Distrito, asociaciones de vecinos, etc…). También incluye el sentido de las personas de pertenecer a una ciudad y de la fuerza de las experiencias compartidas, las identidades y los valores comunes.

– Garantizar la equidad:
Por último, la equidad se refiere a la movilidad social dentro de la ciudad. A si el diseño institucional permite cierta igualdad en el acceso a oportunidades; si la estructura social es plástica o no; y si existe cierto alineamiento entre los intereses individuales y los de la Ciudad.

La cohesión como objetivo prioritario
Esos cinco factores no solo nos dibujan el cuadro de la cohesión, sino que nos dan una metodología (de método, camino) para lograrla. En sucesivas entradas trataré de explicar cómo.

¿Tienen mente las organizaciones?

Primero fue la conducta. Después, todo lo demás.

Desde que Chomsky escribiera aquella burda refutación del conductismo, el estudio de «la mente» desde la óptica cognitiva ha dado grandes resultados. Aunque, quizá como contraprestación, ha emborronado las ideas generales que se tenían de la conducta y la conciencia.

Sin entrar a debatir el «problema duro de la conciencia», y «cajas chinas» al margen, los modelos cognitivo-computacionales de la mente van, implícitamente, todos cogiditos de la mano por el mismo camino. A ver si lo explico con salero…

La existencia de animales heterótrofos (los que guardan una relación distal con el entorno) es lógica y evolutivamente pre-cognitiva. Los mecanismos cognitivos surgen, posteriormente, para refinar la conducta; eso son la memoria, el razonamiento, el factor g y los demás heurísticos.

Citoyen lleva razón en que la consistencia es, en todo caso, un hipótesis auxiliar poco exigente. Pero por trivial, no deja de serlo.

Las organizaciones modernas tienen estructuras para refinar y hacer más efectiva sus acciones. Las preferencias americanas son exageradamente consistentes porque existe una cosa llamada «Departamento de Estado». En cambio, la Italia de Maquiavelo (o el Sacro Imperio) era un conjunto de proto-estados en plena adolescencia (sin «mente»), el resultado es un follón del carajo, alianzas y traiciones. Y aún en estos casos algo de consistencia y pensamiento estratégico había.

La economía neoclásica hacía asunciones muy básicas no ya sobre psicología, sino más bien sobre etología (tanto monta, monta tanto); pero a la larga se ha visto forzada a introducir un número mayor de hipótesis auxiliares y tenemos un psicólogo Nobel de economía para ilustrarlo. Es cierto que podemos dar pasos con una hipótesis tan floja como la de «consistencia», pero no llegamos ni muy lejos, ni muy bien.

El despiste del conductismo

Citoyen, el autor del magnífico blog «la Ley de la Gravedad», pregunta si es despistado. La cuestión, es cierto, tiene ramificaciones profundas en filosofía de la mente y de las ciencias cognitivas. En general, su entrada es buen resumen de dos des aproximaciones metodológicas al estudio del comportamiento (que, como veremos, al final son parte de la misma).

Lo que voy a tratar de explicar es que la posición «conductista/funcionalista» que propone, no puede ser en absoluto neutral en cuanto al funcionamiento interno de la mente. O, más bien, que del esfuerzo por mantener dicha neutralidad resulta algo poco útil. No obstante, aunque el asunto es claro en psicología, puede que se me esté escapando algo en torno a la cuestión económica. Ya veremos.

La historia de la psicología científica, una vez dejó atrás la pesadilla del mentalismo, ha ido oscilando entre dos grandes concepciones del comportamiento, que aquí llamaremos, «conductismo metodológico» y «conductismo sustantivo o radical».
– El conductismo metodológico toma a la conducta como indicador, justo como dice Citoyen que hace la economía.
– El conductismo sustantivo busca, en cambio, la estructura funcional de la misma; es decir, define el comportamiento en virtud de su, digamos, «contenido intencional», de su objetivo.

El problema del «conductismo metodológico», como percibió pronto Skinner, es que bajo su pátina de neutralidad necesita ir introduciendo hipótesis auxiliares para sostener una teoría predictiva. Así, Hull y Tolman empezaron a introducir variables (biológicas o teóricas) desde muy pronto.
Es interesante caer en la cuenta de que la psicología cognitiva e incluso el materialismo eliminativo es una consecuencia histórica del «conductismo metodológico».

Y es que para que una función de utilidad sea relevante, ha de ser predictiva (o podamos hacer un uso predictivo de ella); y para ello, debe añadir a su estructura descriptiva esa serie de hipótesis auxiliares que ¡ajá! versan sobre el funcionamiento de la mente. En el caso de Samuelson, la consistencia; si no partimos de que existe la posibilidad de que haya una conducta consistente, no hacemos economía, hacemos el tonto.

Al nivel que nos interesa, no vale que las hipótesis auxiliares no pretendan la descripción de los mecanismos cognitivos: lo hacen.

Democracia económica: Un discurso que hay que hacer

La crisis ha hecho que muchos despierten del sueño dogmático del Fin de la Historia. Se abre la puerta para lecturas «débiles» de la tesis de Fukuyama, que manteniendo los logros del proyecto moderno (que nos son pocos) acojan la idea fundamental que nos escupió a la cara la posmodernidad: que la diversidad es irreductible. La nación como representación («un hombre, un voto») ha saltado en pedazos mostrándonos una estructura compleja que sobrevive en virtud de la misma interacción de su cuerpo social.

Ahora, en muchos casos, queda un sentimiento de orfandad. Prolifera el hambre sueños mejores, de ideas y programas nuevos. Lo que muchos olvidan es que las revoluciones no se hacen inventando algo nuevo, sino re-ordenando lo que ya existía. Es la mirada de «bricoleur» la que a través de los siglos ha separado y ensamblado piezas pre-existentes para crear algo radicalmente nuevo.

Es eso lo que las Indias buscan en la Democracia Económica. En este sentido, de Ugarte sostiene en su ultimo post que el cooperativismo anda en plena «indefensión aprendida», yo creo más bien que el Movimiento Cooperativo clásico es incapaz de dar el paso que él propone.

Sobre todo, porque al discurso cooperativo le falta lo más importante de un discurso público, el Nosotros. No encuentro el enlace, pero el mismo David nos recordaba como Enrique V en su arenga a las tropas, el día de San Crispín, construye un nosotros radicalmente nuevo: «[e]l que hoy vierta conmigo su sangre será mi hermano; por villano que sea, este día le hará de noble rango». Este día, esta batalla, esta idea es la base de ese nuevo nosotros, ese nuevo sujeto social que impulsa el discurso shakespeariano.

El cooperativismo se ha quedado en los valores, ha desistido de las «ofertas»; se ha quedado en los compromisos íntimos, los de la comunidad inmediata, los de el nosotros con letra minúscula. Ha sido incapaz de articular un discurso renovador porque cada cooperativa tiene un árbol que no le deja ver el bosque.

Hubo muchas veces que las cooperativas presentaron batalla (Guide, Le Vooruit, Mondragón, etc…) pero al final quedaron instrumentalizadas por discursos y objetivos exógenos. Pero ahora empieza el siglo de la fraternidad, tenemos los conceptos, la tecnología y las metáforas para cerrar el discurso cooperativo y prepararnos para la guerra.

Si se gana o se pierde, Dios dirá. Conste que yo (más radical o más ciberpunk) creo que la clave sigue estando en las ciudades: aunque no negaré que las filés son bastante atractivas.