Hace tiempo, yo quería ser profesor universitario: siempre me ha gustado la idea de tener libertad para ir buscando cosas nuevas, pensando nuevos contextos, construyendo nuevos mundo; y creía que la Universidad lo permitía. El caso García Montero (berrinche de niños) me ha hecho recordar por qué ya pensarlo me da escalofríos: la Universidad que también se erigió por el «Quaerere Deum», ha dejado de ser comunidad para ser diálogo de sordos. Requiescat in pace, Universitas.

Persona frente a tierra.

Rondaría el año 821 a.u.c. cuando algunos judíos antioqueños acusaron a Saulo de violar la Ley y trataron de matarlo. Es encarcelado pero apela a su derecho, como ciudadano romano, de ser juzgado en Roma.

Esta es una historia que siempre me llamó la atención; recuerdo que en clase de religión nos explicaban que fue una argucia muy ingeniosa. Una argucia en un mundo en el que la ley se regía, en su aplicación, por el principio de personalidad frente al principio de territorialidad (en honor a la verdad, no fue excesivamente ingeniosa: tras nueve años de toma y daca lo decapitaron; lo que por otro lado era consecuencia de su ciudadanía romana pues la decapitación era considerada un «privilegio»).

Los romanos tenían esas cosas y no, no me refiero a decapitarse mutuamente: hablo de respetar los community standards de los pueblos que conquistaban. El tema se acabó con el Edicto de Teodorico que rompe con el principio de personalidad e instaura el de territorialidad en la tradición continental (y de ahí al feudalismo).

Las realidades identitarias que están emergiendo (y las que quedan) hacen pensar ¿Volveremos al principio de personalidad? ¿Acabará la globalización con Teodorico? ¿La igualdad ante la ley del Estado Nacional pasará a ser una critocracia pluriárquica y libertaria?

Excurso: ¿Fue el Imperio Romano una «venecia» cuyo consejo de administración fueron los Patricios y su senado?