La insoportable complejidad del Estado

Maquiavelo piensa que el mejor régimen de entre todos, es una República bien organizada (toma como ejemplo la República Romana): aquella que logra dar participación a los dos partidos de la ciudad para de esta manera contener el conflicto político dentro de la esfera pública. Maquiavelo, en términos stuard-millianos, tiene una visión del Estado propia de la antigüedad; la que consideraba que éste se encuentra necesariamente en una posición antagónica al pueblo que gobierna. Este es el contexto donde el Liberalismo forjó su mirada al Estado.

La respuesta moderna fueron los movimientos democratizantes: convertir a los magistrados en representantes de la sociedad, subvertir la división clásica y transformar el estado en un cuerpo más, en vez de uno antagónico, del tejido social. Esta idea, que ya estaba en la polis griega, está en la base de la visión socialista y republicana del Estado. De hecho, es donde el socialismo primigenio (el liberalismo de los pobres) se separa irreparablemente del liberalismo clásico.

Se pueden intuir los mitos-base de cada aproximación: el liberalismo parte del mito del hombre libre que vía pacto social (liberales clásicos) o violencia política (liberales ancap) «cede» parte de esa libertad en el Estado; el Socialismo (así como el conservadurismo, el nacionalismo, el nacional-liberalismo y otras hierbas) parte del mito del cuerpo social que genera sus propias instituciones y da legitimidad a las mismas.

Yo creo que estas dos aproximaciones al Estado hacen aguas. El siglo XXI exige otras perspectivas: el mundo lleva ya un tiempo volviéndose más complejo.

Mañana de biblioteca.

He estado rebuscando sobre comportamiento político pero no he encontrado mucho. Hasta que me he encontrado con un librito del profesor Juan Carlos Rodríguez, discípulo de Althusser y padre intelectual de la poesía de la experiencia. ¿Y el papel de la ideología como causa y efecto de la conducta política?

Sobre ideología sí he encontrado algo interesante: el modelo computacional de Thagard puede valernos por su dimensión aplicada; aunque está pensado originalmente para psicología de la ciencia, las estructuras cognitiva-conceptuales de una teoría científica y una ideología son me parece muy parecidas.

El programa conexionista de Thagard es en realidad una teoría de los mecanismos cognitivos del cambio conceptual que, según propone, se funda en cambios progresivos basados en la computación de relaciones de coherencia dentro de la estructura conceptual. Para ello, Thangard establece una gradación entre niveles de cambio epistémico (desde añadir un nuevo ejemplo/dato a la red hasta cambiar el principio organizador del árbol jerárquico): argumentando que son cosas como la adicción de nuevos ejemplos, reglas débiles o heurísticos a la red las operaciones más comunes; mientras que cambios de más calado estructural sólo se llevan a cabo para resolver déficits de coherencia interna serios.

Aplicando el modelo, una ideología sería una compleja red de axiomas, datos y creencias estructurada según una serie de principios organizadores (conceptos, clases y relaciones). La estructura se va reforzando en tanto las reglas que establecen conexiones entre nodos ganan peso gracias a un uso exitoso de ellas para explicar (y guiar comportamientos en) la realidad social. Del mismo modo, se debilita (y tiende a buscar heurísticos o nuevas reglas que la solventen) cuando el uso de las reglas se muestra ineficaz.

El caso es que como afirma Quine, el conocedor tiende a imponerse a la realidad; es decir, que las personas se inclinan a enfocar (e incluso ignorar) los datos y los hechos de tal forma que se mantengan intactos los principios organizadores de la red. Aunque claro, esto no siempre es posible.

Thagard piensa que existen dos grandes fenómenos de reemplazo conceptual: por descubrimiento y por instrucción. Reemplazo por descubrimiento sería el proceso por el que el hallazgo de nuevos datos y hechos hacen progresivamente insostenible reglas, clasificaciones y conceptos cada vez de mayor importancia organizativa: casos de este reemplazo se han dado, por ejemplo, en comunistas al viajar a democracias populares y ver la realidad en la que viven sus ciudadanos.

La instrucción es más eficaz que el descubrimiento tanto para reemplazar como para consolidar: las discusiones con defensores de nuestra ideología demuestran la coherencia de la misma pues se desarrollan con conceptos, datos y hechos con buen encaje dentro de su estructura (reforzando las reglas de relación); las discusiones con enemigos de nuestra ideología suponen un proceso constante de reestructuración relacional entre nodos. Un análisis histórico de los discursos de Blas Piñar en el Congreso de los Diputados muestra una evolución impresionante hacia posturas cada vez más democráticas y conciliadoras.

Ahora, tenemos una aproximación de cómo se forma, se consolida y se modifica la idelogía: toca extraer las consecuencias de esta aproximación para el espacio público y ver que hacemos. Estoy en ello…

Sentido de comunidad, sinsentido de Estado

Según Sarason, lo que define a una comunidad es precisamente el sentido de comunidad; esto es, «la percepción de la similitud con otros; el reconocimiento de la interdependencia con los demás; la voluntad de mantener esta interdependencia; y la sensación de que uno es parte de una estructura social superior estable.»

La importancia de la definición de comunidad (y en eso DeUgarte hace poco) viene de que en el nuevo escenario mundial todo parece contribuir a que modelos sociales basados en la comunidad real prevalezcan sobre los de comunidad imaginada (soreliana).

El otro día empecé a entender por qué hay teóricos políticos modernos que se obstinan en mantener la comunidad imaginada: Habermas y el patriotismo constitucional o el mismo Pettit, del que hablábamos el otro día, y su patriotismo republicano.

En un mundo de redes comunitarias, neo-venecias y localismos ¿Cómo gestionar los espacios de escasez natural? ¿Dónde queda y cuál es el papel de la ciudad (el Estado nace de la Ciudad, Maquiavelo dixit)? ¿Cómo desarrollar proyectos políticos en contextos de fragmentación social, insoportable levedad estatal y demás hierbas?

¿Renunciamos a lo político? ¿Inventamos un mito social?

Creo que la respuesta a las dos preguntas es «no»; ahora bien ¿Cómo lo hacemos? Empezaré a hilvanar mi propuesta como lo haría un psicólogo (ains): a ver si encuentro un modelo teórico para el comportamiento político; trastearé con él y veremos a dónde llegamos.

Las huelgas del transporte están siendo muy interesantes por varios motivos. Además de la histeria colectiva que están generado, es curiosa la reivindicación fundamental del paro: la exigencia de una ganancia mí­nima garantizada pase lo que pase.

Esta huelga es un huelga rara; una huelga en la que los propietarios (autónomos o cooperativistas en su mayoría) se alzan contra el gobierno. Estas movilizaciones están armadas sobre en la misma lí­nea de razonamiento que el neo-republicanismo de Pettit (el teórico polí­tico de cabecera del Presidente).

Según Pettit, debemos re-pensar la libertad en términos de no-dominación. Brevemente y siguiendo a Juan Antonio Cordero, el Estado está habilitado para crear las condiciones y estructuras sociales en las que los recursos cí­vicos de que se dispone como ciudadano hacen que la interferencia (y hasta la influencia) de los demás resulte demasiado difícil o demasiado costosa. Afirma que el Estado puede crecer hasta donde sea necesario para que el ideal de no-dominación se aplique. [Otro dí­a será el momento para charlar sobre los problemas de esta idea.]

Me preocupa que el Gobierno asuma con mayor o menor facilidad que los transportistas están «dominados»: no tienen recursos ni cívicos ni de otra clase como para evitar la influencia de los comercios sobre su actividad; y la reivindicación de una ganancia mí­nima es una fórmula lí­cita, ideológica y socialmente, para asegurar su no-dominación.

De aquí­ habrí­a un paso hasta la Renta Básica que en el mismo sentido garantizaría la no-dominación del Ciudadano. Esto si me preocupa, la Renta Básica (el subsidio más grande de todos los tiempos) es una medida tan populista como catastrófica para una sociedad de personas libres y autónomas.

No confundamos las huelgas con las merinas…

Mythos

Cada cierto tiempo siempre vuelvo a ciertos temas; temas que acarrean una porción considerable de mi biblioteca y numerosas libretas de notas a sus espaldas.

Hoy llovía. Y me metí a ojear una librería cerca de Traductores: en los estantes de cocina práctica he encontrado la «Necesidad del Mito» de Luis Alberto de Cuenca y alojado en él una bella frase de Dumézil.

El país que no tenga leyendas – dice el poeta – está condenado a morir de frío. Es harto posible. Pero el pueblo que no tuviera mitos estaría ya muerto.