Dronte

Psicología y algunas cosas más

¿Te dedicas a algo relacionado con la psicología? Eres la persona que busco

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Seamos sinceros, el Dronte no es Buzzfeed ni nada parecido: tenemos un número de visitas modesto aunque de calité de la buena. Aún y con todo, rara es la semana en que no llegan tres o cuatro correos del tipo; “Ey, Javi, busco a un no-sé-qué para no-sé-cuanto“. Y cada vez son más.

Hasta ahora, tirando de un hilo u de otro casi siempre he encontrado a alguien. Pero con la popularización del blog por América y el incremento progresivo de visitas, se me hace cada vez más difícil.

Así que he pensando que sería una buena idea hacer un pequeño directorio en el blog. Si te dedicas a algo relacionado con la psicología y ofreces tus servicios profesionales, rellena el formulario de abajo. No sólo busco a psicólogos clínicos, sino a todo tipo de especialistas desde analistas de datos a expertos en neurorehabilitación que tengan alguna relación con la psicología o disciplinas afines.

¿Requisitos? Que adoptéis un enfoque basado en la evidencia. Por lo demás, es todo gratuito, claro.  Una vez que os inscribáis nos pondremos en contacto con vosotros para conseguir el resto de la información que necesitamos para la base de datos (Datos de contactos, etc…).

El Directorio tiene la única función de ayudar a los usuarios a buscar lo que necesitan y a los profesionales a darle visibilidad a su trabajo.

¿Qué os parece? ¿Me ayudáis a difundir la iniciativa?

El camión de la comida

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Ayer estuve viendo ‘Chef’ y sí, voy a darle al spoiler. Un spoiler pequeño, eso sí, porque con haber visto el trailer ya deja de serlo. Pero spoiler al fin y al cabo. Es la historia de un chef aplatanado que tras una crítica injusta, un desmeleno en twitter y un ‘te-voy-a-partir-la-puta-boca’ monta un foodtruck de bocadllos cubanos. Y triunfa como los chichos.

Pero ésta no es una sólo una historia sobre volver a empezar. La del post, quiero decir. En el mercado de Bedford hay un chaval, ha soñado desde pequeño ser cocinero. “Problemas familiares” (esa forma aséptica de llamar a algo que empieza por un padre en la cárcel, continúa con una madre y una hermana heroinómanas y quién coño sabe cómo acaba) no le dejaron ir a la escuela de hostelería al (mal)acabar el colegio. Pero, ¿sabéis qué?, ha montado un pequeño puesto de hamburguesas y, bueno, no es macdonald’s pero no se puede quejar.

He estado pensando que no todas las profesiones tienen esta posibilidad. La verdad es que uno puede “ganarse la vida” (o ir tirando al menos) vendiendo hamburguesas en un puesto desde casi el minuto cero, pero difícilmente puede hacerlo en otras profesiones. ¿Existe el equivalente al “camión de comida” en el mundo de la psicología? ¿En alguno de los trabajos que suele hacer un psicólogo?

He estado pensando qué ‘carro de comida’ podría crear en caso de que quisiera o tuviera que empezar de cero y se me ocurren pocas cosas, la verdad. ¿Tenemos una crisis de “conceptos de negocio” en la psicología profesional?

¿Qué son los valores? Humanismo secular, psicología y otras divagaciones biográficas de fin de semana

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Un día, tomando unas pintas, unos compañeros del laboratorio me preguntaron que por qué leía ese mamotreto de las obras completas de Georg Simmel. Aquella, supongo, fue una de las cosas que les llevó a dejar de preguntarme por las cosas que leía.

Simmel me lo había recomendado Ernesto Quiroga para entender mejor la tradicion axiológica alemana de la que ellos (Fuentes Ortega y él) tomaban la idea de ‘valores objetivos’. Pero leyéndole se me había ocurrido algo: que los ‘valores’ eran el reverso emic de las funciones que ciertos bienes (materiales, éticos o sociales) tienen en una comunidad verbal determinada.

La idea era que ya sea por la progresiva atomización social o por la desactualización de las comunidades tradicionales, conlleva la desaparición de ciertos bienes sociales que permitían lo que llamaba hace un tiempo “hábitos de vida psicológicamente saludable”. No estoy de acuerdo con el nuevo ‘catolicismo’ de Fuentes Ortega, pero me planteaba qué pasaría si interveníamos mediante un lenguaje emic (ético) más que etic (psicológico).

Otro día si a alguien le interesa desarrollo el argumento, pero por no extenderme demasiado (y porque este post es para explicar cómo la psicología comunitaria me llevó al humanismo) pasaré a la acción: Convencí a los chicos (que, todo hay que decirlo, me llevaban varios litros de cerveza de ventaja) de que podía ser una buena idea poner esa tesis en práctica en los servicios psicológicos de la Universidad.

Hablamos con un buen número de los capellanes de la universidad (que tampoco eran muchos) para iniciar un programa en el que crear ‘grupos terapeúticos’ que bajo el discurso religioso estuvieran dirigidos por analistas de la conducta. La idea no cuajó: los capellanes se tomaban muy en serio su religión.

Queríamos usar un entorno ‘espiritual’ porque, como dice Hemant Mehta en el video de acá abajo, creíamos que hay cosas que las iglesias hacen muy bien.

Y nosotros queríamos aprovecharnos de ello: uno no se encuentra un arsenal retórico-persuasivo tan amplio todos los días. Así que ante la negativa, decidimos tirar para adelante y creamos, por nuestra cuenta y riesgo y a modo de piloto, un ‘grupo terapeútico humanista’. Os preguntaréis por las actividades que desarrollábamos:

- Acogíamos conferencias, talleres y debates abiertos al público sobre humanismo y cuestiones relacionadas.
- Organizábamos eventos y dinamizabamos espacios de participación social tanto entre humanistas de la zona como con el resto de la comunidad humanista de Cambridge.
- Promovíamos el “desarrollo personal” – por llamarlo de alguna manera-, desarrollando estrategias que vayan desde el apoyo personal persona-a-persona a programas comunitarios.
- Y organizábamos programas de servicio e intervención social.

Como ven, nada demasiado serio. De hecho, deliberadamente, tratamos de no psicologizar demasiado el grupo y basarnos en textos humanistas clásicos. Aún así los resultados del grupo piloto fueron BRUTALES, francamente buenos, vaya; mejoramos con mucho los resultados del resto de los grupos que trabajaban en el servicio.

Tras una acusación de «promoción encubierta de una confesión particular», decidimos cerrar el proyecto pero, a pesar de que la experiencia no dejaba de ser anecdótica, empecé a mirar y a interesarme por el movimiento humanista. Incluso a verlo con simpatía.

Desgraciadamente, aquella era la época del Nuevo Ateísmo y poca gente estaba interesada en “hacer vida comunitaria” más allá de criticar a la religión. Algo que por lo demás no me parecía mal: yo mismo fui miembro de Europa Laica. Pero no era lo que buscaba.

Hasta que de unos años a esta parte esto ha empezado a cambiar. Como decía hace un par de días, están surgiendo organizaciones y experiencias interesadas precisamente en reformular las ‘comunidades éticas’ en términos de ateísmo, agnosticismo y otras formas de increencia (desde la perspectiva de que no es algo para todos, pero sí para algunos).

Harían falta toneladas de investigación para afirmar que, al modo estoico o aristotélico de antaño, este humanismo secular de hoy podría actuar con una suerte de psicología preventiva para un importante número de personas. Por eso no lo afirmaré; pero esa es mi intuición. Toca seguir trabajando, pues.

Tú lo que estás es poco en forma

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Hoy desayunaba con el comienzo de una conversación tuitera entre Fabrizio Ferri y Antonio Ortiz.

Esta mañana en su blog, Fabrizio entraba al trapo del artículo que Michael Harris publicó el otro día en Salon. Explicaba que más que un problema del impacto de internet, el nuevo lugar común de “la pérdida de la capacidad de concentración” parece esconder cierta ansiedad.

A eso, Antonio Ortiz le decía que ese post se basaba demasiado en un a-mi-me-funciona y que no acababa de convencerle. O, dicho de otra forma, que “el hecho de que no haya efecto autopercibido por Fabricio no invalida la tesis [de Michael Harris] de que el ritmo, los cambios de contexto y los chutes continuos de datos impacten en nuestra concentración porque es presumible de que afecte a unos más que a otros y para unas tareas más que otras”.

Y la verdad es que mientras iba en el bus no dejaba de pensar en que estoy tan de acuerdo con Antonio que no puedo hacer otra cosa que darle la razón a Fabrizio.

Pero antes de meternos en harina, una leve puntualización: parece es que nos han contado una historia muy loca sobre lo que es la atención. Como si los seres humanos viniéramos de fábrica con una ‘capacidad de concentración’ determinada o algo así. Pero no es el caso.

Para ilustrar el asunto voy a tomar la analogía de Fabrizio que con una pequeña modificación se vuelve oportuna y esclarecedora:

“Trabajo pegado al ordenador todo el día y entre el poco tiempo que tengo y las cosas de la vida moderna paso más tiempo sentado en el coche/metro/bus que en mi casa. Pero, oye, ayer me dio por apuntarme para hacer la media maratón de Londres y no he podido acabarla de un tirón. De hecho, ya no puedo hacer el mismo ejercicio que antes que estaba apuntado a una peña y jugaba al fútbol todas las semanas: ahora me asfixio con subir una escalera. ¡El ordenador es el mal casi absoluto!”

Eso está pasado. La gente ha empezado a tener un estilo de vida cada vez más sedentario y, de repente, su capacidad física era menor. Y sí, claro, la vida sedentaria afecta a unos más que a otros y a unas tareas más que a otras. De hecho, nos hemos percatado del problema y muchos hemos reaccionado. Pero, ¿Cuál ha sido la reacción? ¿Un montón de gente clamando por abandonar las profesiones sedentarias y volver al monte a cortar troncos? Lo cierto es que no (o mayoritariamente no). La gente se ha puesto a correr (¡esa moda del running!) o a jugar al padel (en Granada me cuentan que ya ha casi más pistas que bares): algo, por lo demás, más sano y mucho muchísimo más útil.

Por más que le doy vueltas no se me ocurre ninguna razón para pretender que lo psicológico sea algo distinto. Al menos en este contexto. En términos generales, la atención, como cualquier otra competencia humana, es algo que se entrena y se desarrolla. El señor Harris se ha puesto a correr una maratón atencional sin estar en forma y en vez de llamarle lo que le llamaríamos si se hubiera puesto a correr un maratón ‘de verdad’ (¡inconsciente! ¡Saltabalates!), lo compadecemos y aceptamos su tesis de lo malas que son las nuevas tecnologías; porque en el fondo todos nos sentimos un poco como él.

Antonio tiene razón en que hay una presión social y laboral importante que hace que muchas personas tengan que dedicar mucho tiempo a una serie de actividades relacionadas con las nuevas tecnologías e internet que requieren de unas capacidades atencionales determinadas (porque eso de focalizar rápida y brevemente, leer en transversal, cambiar de temas y contextualizar sin problemas no dejan de ser otras facetas, digamos, ‘atencionales’). Lo que pasa es que esa misma presión hace que descuidemos otras facetas distintas: las más clásicas que hoy revindica Harris.

Por eso (y he aquí la genialidad inesperada de la argumentación de Fabrizio) la clave de todo este asunto está precisamente en el ‘a-mi-me-funciona’. El corazón de la alcachofa es que es una cuestión de entrenamiento personal y no un caso de decaimiento social.

No hay queolvidar que Internet no es heroína: ni provoca adicción ni machaca los “centros neuronales de la atención del cerebro”. Así que si lo que queremos es recuperar nuestra capacidad de concentración, habría que moderar nuestro entusiasmo ‘melancólico’ y plantearnos seriamente que igual lo que pasa es que estamos algo fondones. Psicológicamente hablando.

¿Por qué es interesante el interconductismo?

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Parece indicado empezar la serie de entradas sobre ‘interconductismo’ y la ‘taxonomía de la conducta’ explicando por qué pienso que estos temas son interesantes para cualquier aficionado a la psicología.

A diferencia de otros textos, esta serie de entradas sí que tiene un carácter didáctico: por lo que no tendría mucho sentido que me la pasara hablando de un sistema gris y de poca utilidad. Nada de eso, el  De hecho, el «interconductismo» hoy es una de las teorías (o meta-sistemas) psicológicas mejor situadas de cara al desarrollo de nuestra (querida) ‘ciencia’.

Así, tengo dos objetivos y una esperanza. Los objetivos son: 1) hacer accesibles los conceptos del «interconductismo» a cualquier persona con cierto interés en el tema independientemente de su orientación teórica y 2) convencer a los ‘lectores’ de que constituye una ‘psicología molar’ o ‘macropsicología’ que puede ser de gran utilidad a todos los psicólogos. Y la esperanza es que desde la lectura de estas entradas (deliberadamente descafeinadas) os den hambre de más y os inicien en este ‘sabor adquirido‘ que es el «interconductismo».

¿De dónde viene todo esto? Veamos. En los 70, se hacía evidente que la ciencia de la conducta había crecido y se le había quedado pequeño el traje que llevaba: estaba encorsetando la investigación, limitando sus avances cuantitativos y se mostraba poco flexible a la hora de encajar nuevos datos y evidencias empíricas.

Había dos formas, lógicas, de actuar: o arreglábamos y ampliábamos el que tenía o le hacíamos uno nuevo. Gente como Hayes o Donahoe se dedicaron a arreglarlo añadiéndo cosas al modelo conceptual; otros, como Emilio Ribes o Fuentes Ortega optaron por buscar un modelo nuevo.

[En concreto, Ribes recurrió al modelo de campo kantoriano, un viejo psicólogo que había propuesto teorías y esquemas conceptuales tan revolucionarios como poco conocidos.]

Durante estos 30 años, las dos vías anteriores han seguido evolucionando y han cosechado frutos importantes. Así, muchos de los problemas de la teoría de la conducta que Ribes señalaba en el 85 (causalidad mecanicista, análisis atomista, falta de desarrollos tanto evolutivos como evolucionistas, etc…) habría que borrarlos de la lista – o al menos matizarlos – a día de hoy.

¿Por qué el «interconductismo», entonces? Desde mi punto de vista (y reconozco que en esto es muy particular) no por una cuestión apriorística o filosófica. Pese a que personalmente sí creo que es más sensato tomar la conducta como interacción que como acción a secas o que esté convencido de que integra mejor que otras propuestas gran parte del conocimiento acumulado por la psicología actual, no creo que esos sean los argumentos más fuertes. Aún puede haber gente que quiere ‘arreglar’ otros modelos.

Lo bueno del «interconductismo» es que no sólo puede ser molar a tu orientación psicológica (es decir, la integra y la abarca), sino que si hacemos una lectura pragmática del mismo es una herramienta tremendamente útil y luminosa que no requiere necesariamente tatuarse frases del Tractatus de Wittgenstein o los ingeniosos gráficos de «Teoría de la Conducta». La psicología interconductista al estudiar la interacción permite más cosas, Horacio, de las que sueña tu psicología.

Más aún, y quizá por mis deformación cuantitativa,  el «interconductismo», a pesar de su nombre, es el mejor framework psicológico para integrar y conversar con la teoría de juegos aplicada y la ecología conductual humana. Y eso, como veremos, es un salto inmenso en su posibilidades analíticas que no es un asunto menor.

¿Por qué es interesante el interconductismo? Porque es la teoría que llevábamos tiempo esperando.

El humanismo secular sigue organizándose.

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Ya he contado alguna vez como la psicología comunitaria me llevó al mundo del humanismo secular. Pues por lo visto, el humanismo sigue organizarse en Estados Unidos. Siguiendo el ejemplo de Harvard y su capellán, el señor Greg Epstein, van tomando protagonismo las capellanías universitarias: la última en arrancar con fuerza es la de la Universidad de Yale. Supongo que es una vía interesante esta de normalizar las comunidades humanistas en la universidad para acabar por establecer una red a nivel general.

Medios como On Faith, dedicados al mundo religiosidad, ya incluye muchos artículos humanistas y parece que la blogosfera va creciendo poco a poco. Igual soy yo que la semana pasada fue el Congreso Humanista Internacional en Oxford y me dejó muy buen sabor de boca, pero parece que esto va cogiendo fuerza.

Y en España seguimos sin tener una organización digna de ese nombre. En fin: algún día tendré que ponerme a bloguear en serio sobre el tema.

Mi próximo libro se llama “Puta Depresión”

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Horas antes de que encontraran a Robin Williams en su casa de tiburón, tomando café con unos amigos surgió la posibilidad de escribir un librito/libelo sobre la depresión y publicarlo en Amazon (o en LeanPub, como la versión en inglés del Manual Cuadros). Un libro de los míos más cerca de un ensayo cómico sobre ciencia, cultura y psicología aplicada que de la autoayuda al uso. Una boutade llamada “Puta Depresión” destinada a cuatro tweets mal contados y un olvido largo e irrecuperable, vamos.

Y luego la idea ha ido tomando cuerpo (empujada por la cantidad de tonterías que se han soltado por la muerte de Williams) y, qué diablos, me han entrado ganas de rock’n’roll. Sí, señores, soy del tipo de persona dispuesto a dedicar su tiempo a demostrar que hay alguien equivocado en internet (y en tantos otros sitios): pero es que esa equivocación puede hacer y hace mucho daño. Demasiado.

Así que más cosas para hacer este verano: Escribir “Puta depresión”. Tengo un índice seminal (que podéis ver aquí) pero, claro, acepto y necesito todas las ideas e insultos de los que seáis capaces.

Pendientes para el verano

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Me he propuesto un par de cosas para este agosto al ralentí. La idea, como siempre, es ponerlo por escrito para que me podáis tirar de las orejas si al final no lo hago.

En primer lugar, y dado el éxito reiterado, voy a actualizar y ampliar “Emprender en Psicología“. Igual lo subo a Amazon o a LeanPub y lo pongo a la venta. No sé, por probar.

Y en segundo lugar, voy a empezar una serie de entradas sobre esa cosa llamada interconductismo. Creo que hacen falta ‘textos didácticos’ (más allá de libro de Valera) para acercarse a este framework psicológico y que seguramente mi perspectiva actual es muy buena de cara a encontrar ese equilibrio entre el experto y el neófito. A ver cómo se da la cosa.

¿Alguien da más? ¿Alguien pide algo?

Verano con h intercalada

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Ya ven que el verano está siendo aún más ajetreado de lo que había supuesto y no deja tiempo (ni conexión) para nada. Ni para leer: a mi feedly se le ven ya las costuras de lo relleno que está.  En un par de semanas estaré más libre, de «retiro semi-forzoso» de hecho, y me tendréis por aquí dando guerra. Los que estéis por aquí, claro. Que seguro que más de uno está en la tumbona a muchas millas de la conexión a internet más cercana.

Ahora es tiempo de charlatanes psicológicos de suplemento estival y dentro de poco será la hora de los expertos en el síndrome post-vacacional… Así que anda, sigan con salud.

Lo tuyo es puro teatro

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Las ‘vacaciones’, por definición, son ese momento de año en que tienes tiempo de leer un suplemento cultural publicado hace más de un mes. Aunque a decir verdad, para esta particular acepción de ‘vacaciones’ existe un sinónimo: retraso de 185 minutos en un vuelo de 2 horas.

Así que dadas las circunstancias propicias, comencé a leer el New Review del Observer y reconozco que estuve a punto de cerrarlo y ponerme a jugar al Angry Birds. La primera entrevista, a Rachel De-lahay, me pareció tan improbable que pensé que era una entrevista fake como las de la Quimera de Mora.

¿Quién creería probable que una dramaturga dijera, creyéndolas, estas palabras

«Yo quiero ser escuchada por todos, viejos y jóvenes, clase media y clase trabajadora. Quiero personas que se digan ‘Sí, a la mierda, voy a ir a la ciudad, al teatro y a tomarme unas copas después»

¡Qué envidia más insana! ¿Habrá algo más esperanzador que esa frase? Ya saben que mi respuesta, como la de Ester hace un par de días en un bellísimo post, es un ‘no’ sencillo y sin pretensiones. Nada nuevo para alguien que sólo quiere ampliar la imaginación moral de las personas.

Pd: Con este minipost queda inaugurada la ronda de microentradas veraniegas que este años he decidido llamar “Uno cortito”, :p

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