¿Quién se ha llevado a mis cristianos?

Playa de Regla, agosto de 1936. Tras sacarlo de su casa y pasearlo a rastras por el centro de Chipiona, un grupo de requetés tiene encañonado a un exministro de la República. El pobre hombre tiene 40 años y, como último deseo, pide a los boinas rojas un momento de silencio y tranquilidad. Allí, frente al Golfo de Cádiz, se arrodilla y reza tembloroso un padrenuestro.

Unos pocos días antes ya había gastado toda la suerte que le quedaba cuando unos señoritos de Jerez, afilados a Falange, habían entrado en su casa borrachos como cubas y con la idea de matarlo allí mismo por Dios y por España. Sabía, porque lo había comprobado ya en carne propia, que estaba solo y que nadie iba a brindarle la protección que necesitaba.

No era un diputado comunista, ni un líder socialista. No formaba parte de la intelectualidad azañista, ni siquiera de los estirados liberal-conversadores de Alcalá-Zamora. El hombre que estaba de rodillas en la playa de Regla era Manuel Giménez Fernández, uno de los tres ministros que la CEDA consiguió meter en el gobierno de Lerroux en octubre del 34.

‘El Debate’, un mítico periódico católico del primer tercio del siglo XX que fue cerrado por el gobierno republicano, enterrado por el franquista y que ahora ha recuperado la ACdP, consideraba sus proyectos “encíclicas hechas leyes”. Sin embargo, eso no era garantía de mucho.

Su proyecto de Ley de Reforma Agraria fue tan «radical» en su aplicación de la doctrina social de la Iglesia que la rumorología del momento aseguraba que un diputado del integrista Partido Agrario llegó a decir en Cortes que «de seguir así el ministro de Agricultura, terminaremos en cismáticos griegos».

Cuando pienso en el intelectual cristiano en España pienso en Giménez Fernández en aquella playa de Regla, como podría pensar en Álvaro López Núñez el 30 de septiembre de ese mismo 36 cuando lo fusilaron junto a su hija en la tapia de la Almudena. O, si quieren un ejemplo más equidistante, en Alfredo Mendizábal al enterarse ya en París de que, casi en la misma semana de 1937 y de forma independiente, la nacional Comisión Depuradora del Profesorado Universitario y el republicano Ministerio de Instrucción Pública habían decidido removerlo de su cátedra de Elementos de Derecho Natural de la Universidad de Oviedo por el simple hecho de presidir el Comité Español por la Paz Civil y Religiosa.

Como podría pensar en Luigi Sturzo y el largo exilio al que Pio XI, de acuerdo con el gobierno de Mussolini, lo condenó. Da un poco igual en quién piense. Todos tienen algo en común: son cosa del pasado. Postales de un mundo que ya no existe. Estas semanas, Diego S. Garrocho ha conseguido colar una pregunta muy interesante y que ha hecho correr ríos de tinta: «¿Dónde están los cristianos?».

La «intelectualidad cristiana», en realidad. «Está la izquierda cultural, el marxismo talmúdico, la socialdemocracia, el populismo de izquierdas, el de derechas, el liberalismo erudito, el de audiolibro, los ecologistas, la izquierda de derechas, la Queer Theory, los conservadores estetizantes, la tardoadolescencia revolucionaria, el extremo centro, los del carné de un partido, los del otro carné… Y está, por supuesto, el catolicismo excesivo y de bandería», dice Garrocho. «Están todos, absolutamente todos en un ejercicio de afinación sinfónica, todos menos la intelectualidad cristiana»

Aparentemente, lo que dice Garrocho es verdad. Sin embargo, a poco que rascamos podremos comprobar que, en realidad, si falta la intelectualidad cristiana, también falta la socialista, la republicana, la liberal y la conservadora. La larga sucesión de avatares que cita el joven profesor de filosofía de la Autónoma de Madrid son caricaturas. Intelectuales clásicos reflejados en los espejos cóncavos del Callejón del Gato, si me permiten parafrasear a Valle.

Hay activistas, expertos, tertulianos, tuiteros, podcasters, gente que escribe columnas de opinión y, en fin, algún bloguero suelto, ya ven. Intelectuales, intelectuales, lo que se dice intelectuales… se pueden contar con los dedos de una mano. Y es normal: los intelectuales son un raro rol social que surgió en una coyuntura social, mediática y cultural muy determinada, una coyuntura que, simplificando, arranca con Dreyfus, muere con Internet y, como el «beso en la boca» de Axe Bahía, es cosa del pasado. Para bien o para mal.

Buscar a los intelectuales cristianos tiene más que ver con el mundo en que creemos que vivimos que con el mundo de verdad. Tanto es así que, puestos a discutir, iría a la pregunta original de Garrocho, a la que da título a su tribuna: ¿Dónde están los cristianos? No, en serio, ¿Dónde están? En los últimos 15 años, el número de católicos ha caído un 24% (pasando del 78% a 59%). Es más, si nos ceñimos a los practicantes, veremos que solo el 20% de la población se considera como tal (en 2005 eran el 26%). Mientras tanto, los ateos, agnósticos e indiferentes han pasado del 20% a 36%.

Y, aquí entre nosotros, va a ir a peor.

Mientras dedicamos todo este tiempo a discutir sobre por qué no hay cristianos en la vida pública estamos obviando el verdadero ‘elefante en la habitación’, la verdadera raíz del problema: lo que no hay son cristianos y solucionar esto, a medida que la inercia social vaya desapareciendo, sí va a ser un problema.

Imagen | Jon Tyson

Un plan de siete años (que probablemente tampoco voy a cumplir)

Ya sabéis que no cuento las cosas porque anhele en mi fuero interno ser una estrella de Instagram, sino porque me bullen tantas cosas por la cabeza que tengo tendencia a ir dejando un cadáver de ideas tras de mis pasos. Hablar de mis planes en público es una forma de, no sé, comprometerme. Sí, ya, no hace falta que me lo digáis.

Es que, veréis, llevo mucho tiempo dándole vueltas a cómo hacer algo que quiero hacer desde que tengo uso de la razón: escribir ficción. Sí, soy consciente de que en este momento estaréis pensando, «pero, Javi, si tienes más cuento que Callejas, ¿qué más ficción quieres?».

Touché. Por querer, quiero llevar eso hasta el siguiente nivel, ver cuál es mi mejor bola en ese partido. Y tampoco es un capricho esto que os digo, por tonto que parezca lo siento casi una obligación. Aunque me da una pereza enorme, es lo que se me da bien. No en plan me van a dar el Nobel o aparta Cervantes que ya me vandalizan la estatua a mi, no. En plan, no «mejor que otros», sino «lo mejor de mi».

Pese a que no se note en este post escrito a paradinha, tengo cierto colmillo narrativo que, incluso sin entrenarlo, me ha acompañado toda la vida y que, en fin, algo habrá que hacer con él.

Pero reconozco que no sé muy bien qué, ni cómo, ni cuando. He dicho que me da pereza y es cierto, pero no porque no me guste. Más bien porque, en todos los grandes proyectos narrativos en los que me he metido, he fracasado miserablemente. Tengo una novela, sin ir más lejos, que he reescrito siete veces y no. Un montón de proyectos a medias a los que siempre encuentro alguna excusa para postergar.

En fin. Que me he propuesto intentar remediarlo. ¿Cómo? Acabando cosas. Cosas que estarán mal, fatal. Que me dará vergüenza mandar a editoriales, pero que espero me ayuden a desarrollar las habilidades que me faltan.

Y para eso me he dado siete años. ¿Por qué no? Si no fracaso también en este plan, llegaré a la crisis de los cuarenta con la inercia necesaria para llorar mis penas en un buen puñado de novelas, ensayos o a lo que sea que me lleve esta aventura.

¿Cómo medirlo? Para dejarme de zarandajas, mi objetivo es tener dos obras al año (independientemente de la extensión, el género y otros factores). Sí, ya, no hace falta que me lo digáis. Es un objetivo: no uno especialmente asequible, pero, a la hora de avaluarlo, es el mejor que se me ocurre. Ya avisé que iba a ser un desastre, pero (visto lo visto) mejor así.

Fracasaré sin duda, porque uno ya se conoce y tal y tal. Pero bueno, mejor que quede claro y a la vista de todos. Así tampoco podré decirme nunca que nunca me propuse intentarlo.

Seis semanas en casa

Voy a explicarlo, sí. No porque vaya a leerlo mucha gente; al contrario, espero. Más bien porque es una manera de explicármelo a mí mismo (por si me da por flaquear). Durante unas seis semanas (día arriba, día abajo) voy a «estar fuera». Metafóricamente, claro. No está la cosa como para «estar fuera» literalmente, ya me entendéis.

La razón más inmediata es que mañana empiezo lo que me queda de baja de paternidad. Prestación, lo llaman. Mi mujer es médico y, aunque hasta ahora ha estado de maternidad, tiene que incorporarse ya, mes y medio antes de lo previsto. Cosas de la pandemia, ya sabéis. De hecho, mucho ha tardado porque, hace meses ya, que se puso a disposición del servicio. Afortunadamente, habíamos guardado mis días.

Lo que pasa es que mi «estar fuera» va a ir un poco más allá. He estado dándole muchas vueltas y he decidido que voy a aprovechar para intentar desconectar. No recuerdo la última vez que lo hice, de verdad, y tampoco estoy muy seguro de que me vaya a servir de mucho. Pero siento que es algo que tengo que hacer (porque, además, tampoco voy a tener muchas más oportunidades de hacerlo).

No tendría mucho sentido ocultar que todo esto de la epidemia me ha dejado un poco tocado. Quizás no tanto a nivel personal (aunque también, pero, en fin, mi carácter ayuda a sobrellevar las estocadas), como a nivel profesional. Estoy muy contento del trabajo que hacemos en Xataka, ojo; no hablo de eso.

Es algo más profundo: sobre la confianza en las instituciones, sobre el papel de la prensa en un mundo como el nuestro, sobre lo que sucede como oportunidad para entender mejor lo que somos y lo que queremos ser. Si logro formularlo de una forma sintética, vuelvo y os lo cuento.

Así que, aquí me tenéis, a punto de borrar las apps de redes sociales, con el podcast de vacaciones y la voluntad de concentrarme en las cosas pequeñas. Volveré, supongo, en cuatro o cinco semanas para preparar mi reéntre. Ya veremos qué utilidad tiene todo esto. Si es que la tiene, que ya es mucho decir.

Más de 100 novelas (que la gente me cuenta que son) divertidas

El otro día pregunté en Twitter por «novelas divertidas» y la verdad es que la respuesta ha sido abrumadora. Seguir el hilo puede ser complejo, os copio todas las recomendaciones (creo que no me dejo ninguna).

En el futuro, iré modificándola para sacar algunas y meter otras, pero si estáis buscando algo que leer, aquí hay más de 100 recomendaciones ordenadas, básicamente, por el orden twittero.

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El misterioso caso del paper censurado: ¿Qué pasó realmente con el artículo de Hill y Tabachnikov?

El 7 de septiembre de 2018, la revista Quilette publicó un texto explosivo. Un artículo matemático había sido censurado no una, sino dos veces por el sencillo motivo de exponer un punto de vista «ofensivo» para el «activismo académico» feminista de Estados Unidos. La historia rápidamente se ha convertido en un ejemplo casi paradigmático de la lucha entre la ideología y la ciencia que esta última está empezando a perder. En los últimos días, el asunto ha vuelto al debate público como  contra la censura científica. 

Sin embargo, a poco que nos ponemos a indagar sobre lo que realmente sucedió con el paper de la discordia, nos damos cuenta de que las cosas no encajan. Sorprendente y inexplicablemente. Si nos encontramos ante un ejemplo tan claro de censura científica, es razonable pensar que habría sido estudiado con detalle para poder implementar medidas que impidan que vuelva a pasar.  No es el caso y eso, nos os voy a engañar, me intriga.

No es un interés nuevo. Llevo mucho tiempo preocupado por la capacidad de mecanismos académicos como el «peer review» para contener los incentivos perversos, los conflictos de interés y las llamadas ‘guerras culturales’. Por eso, el “misterioso caso del paper censurado” me viene como anillo al dedo para entender mejor qué está pasando. 

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Catorze

Resulta que estaba leyendo que Incognitosis, el blog de mi querido Javi Pastor, cumple catorce añazos y, de repente, he pensando: «Arch, el cumpleaños del blog».

Si hacemos caso a esto, esto o, incluso, esto, aquí también cumplimos catorce. O ‘catorze’, como decimos en el pueblo. Fue el 3 de abril… Madre mía, qué retraso que llevo.

En lo importante

No me gusta estar de acuerdo con la gente en lo importante. Es decir, me gusta coincidir en las cosas menudas, en lo trivial, en lo decorativo. En sacar la basura cuando toca, en no cantar canciones de Mecano a voz en grito en mitad de la noche o, mira, no cantarlas en absoluto; en dar los buenos días en el descansillo. En ese tipo de cosas, en lo superficial, soy capaz de llevar (y muy bien) el estar de acuerdo.

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